En defensa de la cultura morisca

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La cultura morisca o la población morisca era el conjunto de población nazarí que se había sometido a los Reyes Católicos en 1492 y, aunque en un principio tenían derecho a guardar sus costumbres, lenguas y religión, se esperaba una conversión sincera por parte de los mismos. Como no fue así, los Reyes promulgaron una pragmática de conversión forzosa en 1502.

Algunos de los bautizados asumieron el catolicismo, como de hecho pasó en un parte de la nobleza granadina, estableciendo matrimonios con la élite cristiana. Por el contrario, muchos otros continuaban (de manera privada o pública) con su forma de vida musulmana ante los ojos de las autoridades cristianas. Éstas, afanadas en erradicar toda forma de apostasía o atisbo de costumbres musulmanas, endurecieron el control sobre las mismas llegando incluso a la celebración de un sínodo en 1565. Tan sólo dos años después, el rey Felipe II, consciente de la situación promulgó la pragmática sanción de 1567, la cual se hizo pública de la mano de Pedro de Deza, presidente de la Real Chancillería de Granada.

La sanción contemplaba prohibiciones como el uso de la lengua arábiga, el modo de vestir “a la morisca” o la celebración del viernes, además de la anulación de contratos hechos en lengua árabe. Sin embargo, lejos de ser aceptada unánimemente por la población morisca, fue el comienzo de una liza de cuatro años que culminaría con la deportación y dispersión de entre 60.000 y 80.000 moriscos por toda Castilla, hubieran o no participado en el conflicto.

La guerra 1568-1571

Los rebeldes eran conscientes de que Felipe II apenas tenía guarniciones en la ciudad de Granada, por lo que (aparentemente) no era difícil levantarse en armas contra los cristianos viejos. Las tropas las dirigía Faraz Aben Farax y estaban compuestas por jóvenes de ámbito urbano que estaban organizados por barrios y dirigidos por capitanes, y por moriscos perseguidos por la justicia que huían a la sierra para integrarse en cuadrillas dirigidas por un capitán en el ámbito rural (bandoleros). Los primeros no secundaron el levantamiento del Albaicín, perdiendo ahí la oportunidad de hacerse con el control de la capital. Los segundos, por su parte, tendieron banderas desde 1567 mostrando su claro compromiso religioso con el alzamiento desde la Navidad de 1568.

Las tropas moriscas alcanzaron el número de 25.000 gracias al miedo que infundían Farax Aben Farax y sus 200 monfíes, entre los que se encontraban Gonzalo el Seniz, El Nacoz o El Partal. No obstante, el armamento de los moriscos fue siempre escaso y obsoleto debido a la extensa legislación que anteriormente les había prohibido poseer armas, de tal modo que sus armas eran propias del ámbito rural como hachas u hondas. Aunque fueron muy pocos aquellos que pudieron desempolvar las armas de sus antepasados de la época nazarí, fueron suficientes para exhibir las banderas de la Guerra de Granada y mostrar así su orgullo por su pasada resistencia ante sus Católicas Majestades. La contraofensiva cristiana se hizo de rogar, por lo que la población morisca tuvo tiempo de llevar a cabo sus tácticas ‘propias del agro’, además de hacer uso de su conocimiento de veredas, barrancos y tronchas que les dotarían de mayor movilidad.

Una de estas tácticas ‘propias del agro’ fue el uso del propio urbanismo de las casas, usando la situación laberíntica de las mismas para esconder trampas mortales, como las que sufrieron los Tercios de Italia en la batalla de Serón. Se usaron las parcelas de regadío como fosos naturales, se rompieron las acequias para provocar su inundación y poder así retrasar el avance de la caballería e incluso se atrincheraron en villas situadas en cotas altas para ralentizar la artillería y arcabucería cristiana. Una estrategia apoyada por un grupo de argelinos, turcos y berberiscos que acudieron a la llamada de sus hermanos en la fe, de entre los que se destacó un grupo de 400 escopeteros del capitán turco El Hoscein.

Una guerra cuyas etapas de victorias y derrotas empezarían a ver su culminación en el invierno de 1570, cuando Don Juan de Austria, hermano del rey, destruye Galera. Finalmente, el verdadero golpe de mano vino en 1571 con la entrada en las Alpujarras, donde entraría a fuego y sangre destruyendo casas, cultivos y asesinando, o haciendo esclavos, a todo morisco que halló a su paso, mermando así la moral de la población morisca. Una estocada a la moral morisca que se hizo patente con la división de sus fuerzas entre los partidarios de continuar con el conflicto y quienes pensaron que era hora de una rendición negociada, idea que se visualizó en las múltiples rendiciones que tendrían lugar durante el otoño de ese mismo año. Sin embargo, hubo otros muchos moriscos que decidieron seguir resistiendo refugiándose en cuevas, muriendo asfixiados por el humo de las hogueras que provocaban los cristianos en sus entradas para obligarles a salir de las mismas.

 

Bibliografía:

  • BARRIOS AGUILERA, Manuel, “Granada y su reino tras la Guerra de las Alpujarras”, Desperta Ferro, 25 (2018), pp. 50-55.
  • BUNES IBARRA, Miguel Ángel de, “La ayuda exterior de los moriscos. El Magreb y el Imperio otomano”, Desperta Ferro, 25 (2018), pp. 44-48.
  • CASTILLO FERNÁNDEZ, Javier, “Las operaciones militares”, Desperta Ferro, 25 (2018), pp. 20-29.
  • ESTEBAN RIBAS, Alberto Raúl, “El asedio de Galera”, Desperta Ferro, 25 (2018), pp. 30-36.
  • MESA GALLEGO, Eduardo de, “A fuego y a sangre”, Desperta Ferro, 25 (2018), pp. 38-42.
  • RUIZ IBÁÑEZ, José Javier, “La comunidad morisca de Granada y la situación interna de la Monarquía Hispánica”, Desperta Ferro, 25 (2018), pp. 6-11.
  • SÁNCHEZ RAMOS, Valeriano, “El ejército morisco (1568-1571)”, Desperta Ferro, 25 (2018), pp. 12-17.

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