Una orden ‘franciscana’ en tiempos franquistas: La Orden de Cisneros (I)

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Su historia

Antes de explicar en qué consiste la Orden de Cisneros, detengámonos en el personaje a la que fue encomendada dicha orden, que no es otro que el arzobispo de Toledo Jiménez de Cisneros. Francisco Jiménez de Cisneros, Gonzalo entre sus más allegados, nació en Torrelaguna en 1436 apenas 15 años antes que su reina Isabel, hacia quien profesó un profundo respeto, y murió en 1517 en aras de reunirse con Carlos de Austria. Nacido en el seno de una familia de hidalgos pobres, poco imaginaba lo que el futuro le depararía a tan asiduo estudioso y devoto cristiano, pues pasó de ser un humilde franciscano a estar en el centro de la esfera pública, como gobernador de los reinos de Castilla.

Una vida dedicada al servicio del Estado y a Dios, pues tales eran los pilares de los reinos de Castilla y Aragón, que le permitieron granjearse tanto amigos como no pocos enemigos, pues el poder era un sino demasiado deseado por los poderosos aristócratas de la Época Moderna.

Comenzó a dedicarse al cuidado espiritual de sus coetáneos de Uceda en 1466, cuando le fue asignado dicho arciprestazgo para mayor disgusto del entonces arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña. Este primer avance en su carrera eclesiástica se vio momentáneamente eclipsado debido al encarcelamiento que tuvo que padecer de manos de dicho arzobispo. Sin embargo, sus plegarias serían escuchadas, pues pronto pasaría a ocupar los cargos de capellán mayor de la catedral de Sigüenza y vicario general de dicha diócesis.

Empero, estas circunstancias hicieron mella en el ánimo de tan buen hombre, pues su avanzar como siervo de Dios suponía entablar enemistad con no pocos adversarios, cuyo poder podía sumir a dicho sacerdote en la peor de las condenas, la pérdida de su propia libertad. Con tan ardua y compleja divisa, no quedaba sino preguntarse si el camino de Dios era realmente su senda, una crisis espiritual (no poco justificada) que le llevó a encontrar respuestas entre los hermanos franciscanos. Fue este encomendarse en Cristo, o saber tener paciencia, lo que vería sus merecidos frutos cuando su serenísima alteza Isabel le llamaría a su servicio en 1492.

Una oportunidad que no fue recibida por el franciscano, pues era consciente de que el poder conlleva un gran equilibrio y responsabilidad y dado a que no pocos “hombres de Dios” de su época preferían dedicar sus esfuerzos a la acumulación de riquezas y no al servicio de sus fieles. Su principal valedor, el arzobispo de Toledo Pedro González de Mendoza, le encomendó entre sendas amonestaciones a aceptar tal servicio, pues no debía contradecir los designios de su reina.

Con un espíritu reformador, y con ansias de que su ejemplo fuese un modelo a imitar, llevó a cabo en 1494 una profunda renovación de la orden franciscana, dado que una orden encomendada a la regla de San Francisco debía distinguirse por una estricta observancia espiritual. Gracias a esta búsqueda del bien común y el saber granjearse el favor de su reina le llevarían a detentar el báculo arzobispal de la diócesis de Toledo en 1495.

El hombre tras la historia

En sus poco más de ochenta años de vida, pasó de ser un humilde sacerdote a ostentar los máximos cargos de la Iglesia y del Estado del reino de Castilla. No en vano, en su epitafio reza lo siguiente: “…Uní la púrpura al sayal, el casco al sombrero. Fraile, caudillo, ministro, cardenal, junté sin merecerlo la corona a la cogulla cuando España me obedeció como a rey”.

Una brillante faceta política, no pocas veces eclipsada por las figuras de los grandes reyes a los que sirvió (Isabel, Fernando y Carlos), que permitió mantener la unidad y el orden social necesarios para que España pudiera conformarse como una portentosa potencia en el marco europeo. Un saber hacer propio de quien está destinado a gobernar y no de quien está destinado a servir a los demás, fruto de su amor por el estudio y el trabajo. Amén de ello, recopiló todo el saber arábigo de entonces para cimentar el saber de la Universidad Complutense, de la que fue su fundador.

Sin olvidar su faceta como fiel amigo de recomponer el ánimo de todos aquellos que le confiaron sus cuitas, siendo un fiel ejemplo el de la propia reina pues, más que un confesor con el cual redimir sus pecados, fue un amigo con el cual apaciguar su alma y dar sosiego a su espíritu. Su querida y respetada reina pronto vería cómo su salud y ánimo se resquebrajaban al son de las dificultades que padecía, pues esta efímera vida se había empeñado en someter a prueba su entereza. En 1504 exhalaba su último aliento la mujer a la que tanto alentó, para proseguir, cual experto auriga, con el buen gobernar de su católica majestad.

Años después, acompañaría a Isabel en tan silencioso trance, cayendo un claro ejemplo de acopio de virtudes en el olvido, pues no sería hasta siglos muy posteriores (el siglo XVI) cuando fue objeto historiográfico bajo la sombra de sus Católicas Majestades. Tal aguardar en las sombras permitió, a la figura de Cisneros, tener un esplendor propio bajo la esencia de una orden militar en tiempos tan oscuros como la época franquista, circunstancias que explicaremos en el próximo artículo.

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