La resistencia rusa que acabó con el primer emperador francés

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Con este, se pretende continuar un artículo anterior titulado La Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), para llamar la atención sobre otro profundo error militar y político que dio al traste con el rutilante Primer Imperio francés: la destrucción de la Grand Armée de Napoleón I en la Campaña de Rusia de 1812; como con posterioridad, la Guerra Franco-Prusiana de 1870 que supuso la caída del Segundo —y último— Imperio francés de Napoleón III. En efecto, Bonaparte estaba obsesionado por el dominio absoluto de toda Europa, que pasaba por bloquear y doblegar a la única potencia que, precisamente, basaba su poderío e independencia en su capacidad naval y ultramarina, el Reino Unido de la Gran Bretaña. En este juego, junto con el cada vez más complejo y desgraciado dominio de la península ibérica (especialmente en la España guerrillera), una de las piezas claves era ganarse al colosal imperio euro-asiático ruso que dominaba y amenazaba desde el este.

Desde la espectacular victoria de Austerlitz en 1805, el zar Alejandro I se había avenido a firmar la paz con Francia y a someterse como aliado a Napoleón. Pero los deseos de este de que Rusia no comerciara con Gran Bretaña bajo ningún concepto se toparon con la realidad de un imperio zarista dependiente económicamente de las manufacturas de la talasocracia británica. Por otra parte estaba el contencioso del Gran Ducado de Varsovia, títere napoleónico que el imperio de los zares quería recuperar. Como en su momento hizo en la mencionada España, y muy al estilo napoleónida, Bonaparte decidió someter personalmente a Rusia mediante un escarmiento contundente, una invasión en toda regla, que quiso que fuera un rápido y esplendoroso paseo militar.

Aunque fue advertido de lo incierto de la empresa, dada la magnitud en territorio y en población de la inmensa Rusia, y llevado también de una cierta fiebre mesiánica por atacar al mismo símbolo del despotismo político —no veía la viga en el ojo propio—, Napoleón realizó un inmenso esfuerzo de preparación desde todos los puntos de su dominio y concentró en la frontera del imperio ruso el más grande ejército de tierra conocido hasta entonces en Europa, un contingente de ochocientos mil soldados, más un gran número de personas adheridas, auxiliares y acompañantes, que fue, además, conocido, como el Ejército de las Veinte Naciones, más de un millón de personas en movimiento; esto es, casi una cruzada contra el ‘monstruo asiático’. Y sin mediar declaración explícita de guerra, comenzó su internamiento en la madre Rusia por el río Niemen en un caluroso 23 de junio de lo que sería el fatídico año de 1812.

Pero todo el poderío juntado por Napoleón no bastó para intimidar a un minusvalorado enemigo, que sólo contaba en principio con la mitad de efectivos militares. Lejos de encontrarse unos adversarios dispuestos a someterse al francés, encontró unos dignos contrincantes que nunca claudicaron; hasta estuvieron dispuestos a incendiar sus propias tierras y casas antes que doblegarse ante el extranjero, por muy emperador que fuera. Estos extremos fueron relatados por el propio Napoleón en los boletines de su Grande Armée. Los militares rusos, parte por estrategia, pero más por la circunstancia del rápido avance francés, optaron por ir retrocediendo y dejando la tierra quemada, para ganar tiempo (en espera del invierno), para reclutar más fuerzas y para dificultar el abastecimiento de la maquinaria bélica napoleónica. De esta manera, aparte de su único triunfo en campo abierto en Borodino, el ‘gran ejército’ avanzó rápidamente con el objetivo de tomar Moscú, símbolo, pero no capital, de Rusia, que fue alcanzada en septiembre aunque los franceses pasearon por una ciudad casi desierta. Napoleón esperaba entonces la capitulación rusa, pero los rusos replicaron su entrada en la ‘ciudad santa’ con un incendio pavoroso. Vladimir N. Zemtsov nos lo describe con las siguientes palabras:

“El Gran Incendio de Moscú, que destruyó tres cuartas partes de la ciudad y segó las vidas de varios millares de heridos rusos, fue fruto de múltiples factores: el predominio de los edificios de madera en la urbe, la partida de la práctica totalidad de los habitantes (de una población de más de 270.000 personas se quedaron en unas 10.000); el pillaje por parte de los soldados del ejército napoleónico y de los merodeadores y heridos del ejército ruso que permanecieron en Moscú, además de los vecinos; y las condiciones climatológicas”.

Esta destrucción obligó a Napoleón, después de solo seis semanas de ocupación, a emprender la retirada después del 19 de octubre, que quiso teñir de una prudente y hasta heroica dignidad. Para más inri, las maniobras rusas le forzaron a retomar el camino quemado de ida, el de Smolensko, no pudiendo acceder a los territorios del sur, mejor provistos. Con todo, el patio europeo empezaba a estar inquieto, aprovechando que el grueso del ejército imperial francés estaba entretenido y hasta enfangado en las interminables estepas rusas. Amén de la imparable descomposición de la situación española, los flancos sueco y otomano se empezaban a mostrar peligrosamente desafiantes. Para más problema, pronto el ‘general invierno’ haría su decisiva aparición, en noviembre, con el preludio de un otoño podrido de lluvia y barro. La singular adversidad del clima ruso haría especialmente penoso este repliegue, que tenía que hacerse a fuerza de una botas que pronto se desgastarían y que convertirían el camino de vuelta en una verdadera agonía, a la vez que los rusos empezarían a hostigar las cada vez más debilitadas columnas imperiales con continuos y fulminantes ataques.

El cansancio de las tropas era evidente entre los propios y los extraños. Los rusos estaban al tanto de los erráticos movimientos imperiales gracias a la información de los muchos desertores y a una buena red de espías, que iban indicando a diferentes grupos de partisanos, tropas más o menos regulares, como ir golpeando en los cuerpos y en el ánimo del enemigo. La iniciativa fue creciendo en el bando ruso, que como vemos pasó de retirarse a ir ampliando su ofensiva sobre el ejército napoleónico empleando una táctica de ‘guerras parciales’. Dentro de la guerra irregular, debemos hablar de la guerra de partisanos o pequeños grupos de ejército que, en mayor o menor coordinación con el Estado Mayor, trataban de cortar las comunicaciones de los enemigos y realizaban cualesquier actos que ayudaran a derrotarlos, como sabotajes, toma de prisioneros, escaramuzas y golpes de mano, etcétera.

Las acciones de los partisanos o, mejor, la guerra de guerrillas —palabra y concepto muy español— tuvieron éxito debido a la longitud y la débil defensa de las líneas de comunicaciones de la Grande Armée y por su defectuosa organización de la retaguardia; por el contrario, brillaron la coordinación ejercida por el jefe ruso, mariscal Kutúzov, desde su cuartel de Tarutino, la habilidad de los cosacos para este tipo de guerra y, sobre todo, el apoyo masivo de la población, mayoritariamente campesina, que se fundió con su ejército en el ideal de una ‘guerra patriótica’ que acertadamente supo impulsar el gobierno ruso.

De hecho, posteriormente, en la historiografía de la época soviética, esta guerra, amén de considerarse un antecedente de la Gran Guerra Patriótica de 1940-1945, se interpretó de acuerdo con los postulados marxistas como una gloriosa lucha armada popular. En el caso de esta Guerra de 1812, los ‘cuerpos volantes’ eran unidades militares temporales creadas por el mando para incursiones a corto plazo y realizaban dos acciones: incursiones breves sobre ciertos puntos débiles o bien batidas prolongadas en la retaguardia enemiga. Un ejemplo de ello fue el victorioso cuerpo de Orlov-Denísov.

Por su lado, los partisanos se agrupaban en partidas separadas del ejército y creadas para todo tipo de actividad militar que también hacían largas batidas, se enquistaban en las líneas de comunicaciones del enemigo y lo acosaban con ataques incesantes. Su ventaja fue su carácter furtivo y la rapidez de sus movimientos, sus asaltos por sorpresa y una veloz retirada, con escaso coste de recursos; y también un fuerte componente popular que conseguía la ayuda de los civiles sobre el terreno. Entre todo, se consiguió que Napoleón volviera a traspasar la frontera del río Niemen el 14 de diciembre de 1812 con el rabo entre las piernas.

Pero si el clima y la respuesta del ejército y el pueblo rusos contribuyeron a la casi destrucción del gran ejército de Napoleón, no hizo menos la propia descomposición interna del mismo, también ante el fracaso ruso, como antes la derrota a plazos en España y ante Gran Bretaña. A la postre, casi todos los supervivientes de esta infausta expedición fueron los que se pasaron al ejército ruso, sobre todo los contingentes no franceses. El corso había arriesgado demasiado al poner la mayor parte de su maquinaria militar en la empresa de la toma de Rusia. El desmantelamiento de su Grande Armée dejaría a su ejército reducido a una quinta parte, demasiado poco como para volver a tener a Europa bajo su bota.

A su vuelta de Rusia serían los propios alemanes los que se levantarían contra él. En primer lugar, la sangría de hombres fue tan abrumadora como inútil. Más que el plomo, el acero y el fuego, fue la congelación y el tifus lo que terminó con la vida de la mayor parte de los soldados, aparte de la gran cantidad de inválidos que dejó. Los médicos no pudieron remediar las heridas y las enfermedades de guerra más allá de las amputaciones en vivo, por mucho que se ensayaran los primeros métodos ambulatorios (ambulancias). La intendencia se desarticuló, pues también murieron las bestias de carga (unos 200.000 caballos), y los suministros de alimento y agua, ropa y calzado desaparecieron, dejando si cabe más a la intemperie al otrora bizarro ejército francés. Por no hablar de las innumerables piezas de artillería que no pudieron ser transportadas en tan calamitosa huida.

En definitiva, que perdido su gran ejército, el imperio de Napoleón empezó a esfumarse, en dos fases: cuando tras perder la Batalla de París (con protagonismo especial de los rusos), fue obligado a exiliarse de Francia a la isla italiana de Santa Helena en 1814; y cuando partió definitivamente a la isla británica de Elba, en medio de la nada atlántica, en 1815, tras sucumbir en la batalla de la belga Waterloo, para morir amargamente en 1821. Quienes quieran deleitarse con estos desgraciados hechos no tienen más que leer el famoso novelón de Lév Tolstoi, Guerra y Paz, versionado en mil y un filmes americanos y rusos de inusitados metrajes.

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