La relación de Trump con Rusia: una historia para no dormir

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El subtítulo del libro Conspiración, del periodista del diario británico The Guardian, Luke Harding, Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones, no representa en realidad la verdadera pregunta que revolotea a lo largo de las más de 300 páginas de esta obra. La pregunta del millón es, en realidad, de ser cierta esa ayuda: ¿Por qué?

A lo largo de todo el trabajo de investigación que supone esta obra, el autor habla claramente de que existió delito de colusión que, según el Diccionario de la Real Academia, significa: “Pacto ilícito en daño de tercero”. Y lo sustenta en un sinfín de relaciones que se remontan a la década de los años 80.

En las páginas 311 y 312, Harding resume por qué, se mire donde se mire en el entorno el presidente, aparece un rastro ruso. Y se pregunta: ¿A quién nombró secretario de Estado? A Rex Tillerson, quien gozaba de la confianza de Moscú, habiendo sido condecorado tiempo atrás con la Orden de la Amistad. ¿Y como Asesor de Seguridad Nacional? A Michael Flynn, beneficiario de honorarios rusos no declarados. ¿Y como director de campaña? A Paul Manafort, confidente de oligarcas ex soviéticos. ¿Y como asesor de política exterior? A Carter Page, un presunto ‘activo’ de Moscú que entregó documentos a espías rusos. ¿Y como secretario de Comercio? A Wilbur Ross, un empresario con inversiones relacionadas con Rusia. ¿Y como abogado personal? A Michael Cohen, que se carteó por correo electrónico con el secretario de prensa de Putin. ¿Y como socio comercial? A Félix Sater, hijo de un capo de la mafia rusoamericana. Por no hablar del yerno del presidente, Jared Kushner, que al rellenar los documentos de acreditación de seguridad nacional, olvidó reseñar sus encuentros y contactos con el embajador ruso en Washington, Serguéi Kisliak, y con el banquero igualmente ruso Sergéi Gorkov. “Era –dice Harding- como si Putin hubiera desempeñado un papel en el nombramiento del gabinete Trump”.

La clave: Christopher Steele, ex MI6

Como si de una película de espías se tratara, aunque a lo peor esa es la realidad, hay un personaje clave en el descubrimiento de todas estas pistas y suposiciones –hasta ahora. Se trata del exmiembro del SIS británico (más conocido como MI6) Christopher Steele, retirado del servicio, pero directivo de una empresa de inteligencia privada (Orbis). Él fue el que, por encargo de un cliente, desarrolló una investigación secreta sobre las relaciones de Donald J. Trump con el Kremlin. Ahí estaba todo. Desde el dinero hasta el sexo. El dinero era el que le ligaba a Moscú desde hacía décadas. Sus torres de apartamentos albergaban propiedades por valor de casi cien millones de dólares, cuyos titulares proceden de Rusia. Por no citar la compra por un empresario, igualmente ruso, de una antigua mansión del magnate en Florida, que arrojó unos beneficios para el vendedor de 50 millones de dólares. Cuando el trabajo de Steele fue filtrado y llegó a manos de la inteligencia norteamericana y a la opinión pública, el escándalo estalló. Steele había estado destinado en Moscú desde 1990 a 1993, por lo que fue testigo de la caída de la URSS.

En realidad, el robo de las decenas de miles de correo electrónicos de los servidores del Comité Nacional Demócrata, su difusión posterior y su uso en la campaña presidencial, fue solo un eslabón más de la cadena de relaciones amasadas durante años entre Trump y el Kremlin, según el informe de Steele. El hackeo en sí no era lo grave, podía pasar como una acción más de ese silencioso y permanente tira y afloja entre servicios de inteligencia. Lo relevante, lo novedoso es que se utilizase para interferir en una campaña electoral, nada menos que en la del presidente norteamericano.

Putin y Trump en la Cumbre del G-20 en Alemania

Mike Hayden, que había sido director de la NSA y de la CIA, habló con Harding sobre este asunto y calificó lo sucedido como una campaña de influencia encubierta diseñada para sembrar la confusión y desconcertar a los votantes estadounidenses, muchos de los cuales ya eran escépticos respecto a la candidata demócrata.

Repercusión en España

Según los análisis que se han publicado en la prensa, fundamentalmente en el diario El País, elaborados por expertos en el seguimiento de campañas en la red, Rusia no ha sido ajena tampoco a una cierta campaña de información en torno al proceso catalán. La difusión a través de motores y cuentas falsas de noticias manipuladas o ‘alternativas’, a través de distintas redes sociales, han convertido todo lo relacionado con el proceso independentista catalán en un asunto de interés internacional, aunque con un planteamiento contrario al posicionamiento del Gobierno de Madrid.

No ha de extrañar, por eso, que la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, se haya referido en su discurso con motivo de la Pascua Militar el pasado 6 de enero, a “la amenaza que las campañas de injerencia y desinformación o el uso delictivo del ciberespacio suponen para la Defensa Nacional y para el propio ciudadano”.

“Nos enfrentamos –dijo- a la consolidación de un nuevo campo de batalla en el que la influencia sobre la toma de decisiones del titular de la soberanía, en nuestro caso el pueblo español, es el objetivo de las acciones que en él se llevan a cabo. La proliferación de desinformación y noticias falsas distribuidas de forma masiva buscan manipular la percepción del ciudadano para orientarla en favor de intereses de terceros divergentes de los nuestros”.

Para terminar añadiendo que “debemos tomar conciencia de que no estaremos completamente seguros si no consideramos esta nueva forma de enfrentamiento como uno de los dominios más peligrosos; ese será uno de los retos más importantes que tendremos que abordar”.

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