Algunas observaciones sobre el poco original y siempre novedoso juego de la Literatura

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1) Vale. Aceptamos a la Barney como escritora.

En 1915 conoció a la escritora norteamericana Natalie Clifford Barney, a la que estuvo unida sentimentalmente unos cuarenta años, casi hasta el final de sus días.

La frase que acabo de reproducir pertenece al catálogo de la exposición ‘Amazonas del arte nuevo’, que editó la Fundación MAPFRE en el año 2008. En ese catálogo, además de estupendas reproducciones de cuadros, se pueden leer textos muy interesantes, como el texto de Linda Nochlin que trata de responder a una pregunta que yo me he hecho más de una vez: “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”. Pero hoy no vamos a abordar una cuestión tan sencilla de responder y tan complicada de analizar como ésta. Y nos vamos a limitar a aclarar ciertas cosas, o a tratar de ampliar ciertas afirmaciones, que, no sé si a otros lectores, pero a mí me han resultado chocantes.

Como la frase con la que he empezado el artículo, cuya autora es Ángeles Villalba Salazar. Porque lo primero que he pensado al leerla ha sido: “¿La Barney escritora? Yo no la definiría así”. Quien no tenga el gusto de conocer a la susodicha pensará: “Bueno, será una famosa escritora de la época, con sus libros conocidos, sus clubs de fans, sus estudios y críticas y todo eso”. Y no, de eso nada. Libros libros, la guapetona amazona no tiene demasiados, y los que tiene no son para nada conocidos, ni tampoco tuvieron gran aceptación en su momento (de hecho se los editó ella misma, y en la mayoría de los casos luego los rechazó, calificándolos de “torpes e ingenuos”). Y lo de guapetona amazona no lo digo por el título de la exposición, sino porque a la Barney, entre otras muchas cosas, le gustaba montar a caballo, y porque en verdad era guapa, guapa para los cánones de la época y guapa para nuestro gusto actual (lo cual es más difícil, ya que por entonces les gustan un poco más… bueno, no lo diremos para no ofender). Pero si uno mira sus fotos de juventud verá que era una rubia muy hermosa, lo que se dice un auténtico bombón, pero desesperadamente lesbiana para fastidio de sus múltiples admiradores. Y lo mejor de ella era que le encantaba provocar, que no ocultaba para nada su condición sexual y que esa condición funcionaba como el motor intelectual y sentimental de toda su vida. Claro que la tía era rica rica, rica de verdad, vamos que estaba forrada y por tanto, guapa y con pasta, y encima viviendo en el París de principios de siglo, pues hacía lo que le salía de los… Bueno, ya me entienden… Y entre esas cosas que hacía, además de tener tórridos romances con mujeres tan interesantes como ella, estaba la ocupación caprichosa y poco original, aunque muy loable, de escribir poemas de amor. ¿Y algo más? Bueno sí. Pero no mucho más.

La verdadera importancia literaria de Natalie C. Barney está en haber servido como modelo literario para otras escritoras. O para otras novelas muy conocidas en su época, como la famosa Idilio Sáfico (‘famosa’ por ser muy leída, aunque no abiertamente, pues era una novela de esas que se tienen escondidas detrás del librero, libre de miradas indiscretas), y sobre todo por aparecer como personaje en El pozo de la soledad, la novela de la sí oficialmente escritora Marguerite Radclyffe Hall. Pero además de ser un personaje literario, además de hacer sus pinitos en la poesía (con un estilo arcaizante, hay que decir), además incluso de ser amiga de escritores, de luchar por dar visibilidad a las mujeres escritoras, ayudándolas a divulgar sus obras, y de regentar durante un tiempo su propio salón literario (todos ellos pasatiempos poco originales pero muy loables), para mí lo más importante de ella es su propia vida, el cómo la vivió, y lo que pensó y dejó escrito, muchas veces en los lugares más insospechados (como su epitafio). Por tanto, y eso no es poco, su mejor producción, al menos para mí, es su propia autobiografía. Esa es la suerte de algunas personas, y la Barney, que no tenía un pelo de tonta, lo reconoció abiertamente: “Si yo tuve una ambición era convertir mi propia vida en un poema”. Y con esas palabras quería marcar distancias respecto a la vida y obra de su amante Reneé Vivien, a la que intentó salvar y ayudar hasta el final, porque la Barney podía ser infiel, desvergonzada y alocada (y muy pesada, cuando se encaprichaba de alguien) pero era muy amiga de sus amigas y desde luego no dejaba tirada a nadie. Y si había que estar aguantando las crisis y depresiones de una buena amiga, o una vieja amante, pues se estaba, y punto, que no todo era alegría y jolgorio en su vida, aunque su apariencia y sus bromas constantes hacían pensar en lo contrario.

Barney se empeñó en algunas cruzadas imposibles: alejar de la prostitución a Liane de Pougy (una prostitución de muy altos vuelos: tenías que tener una gran fortuna y algún que otro título nobiliario para poder tener el placer de, en palabras de Balzac, ser “arruinado por semejante mujer”), salvarle la vida literalmente a la siempre suicida Reneé Vivien y convencer a todo el mundo de que la homosexualidad no era un vicio deliberado, que no era algo reprochable ni feo y que “no perjudicaba a nadie”.

En 1915 conoció a la pintora Romanie Brooks, que también era rica pero, a diferencia de ella, había tenido una infancia de esas calificadas para simplificar como “muy desgraciada”, y la ayudó a vivir y trabajar durante prácticamente el resto de su vida. Y aunque fracasó en la mayoría de los casos, aunque no pudo apartar del mal camino a Liane ni pudo salvar del abrazo fatal de la muerte a la poeta que “transformaba en polvo y ceniza todo lo que tocaba”, y aunque ninguno de sus escritos sobre Safo gozó de la aceptación del gran público, su vida supone una extraña combinación de hedonismo, valentía, honestidad, frivolidad y lealtad, lo cual me lleva, pasado el primer momento de desorientación, a aceptarla como escritora, como verdadera escritora, por mucho que su obra no figure en los manuales serios de la literatura, aunque ningún sesudo crítico le preste la menor atención, aunque ni ella misma se tomara muy en serio como poeta, aunque sus obras teatrales no fueran más que un agradable pasatiempo para ricos y excéntricos y no cruzaran el umbral de su jardín de su casa parisina (carecían de un argumento coherente y “probablemente confundirían hasta al público más empático”, dice Karla Jay) y aunque, para terminar, en las pocas biografías que existen sobre ella (como la de Suzanne Rodriguez, editada en castellano por Circe en el 2004, o la de la ya citada Karla Jay) se resalte mucho más su radical lesbianismo que sus logros literarios. Y además, ¿quién soy yo para negarle valor a sus palabras? Que tuviera o no talento para la literatura es algo secundario, al menos en el caso de la Barney. Ella le puso ganas, ganas de verdad, y aunque nunca figurará en las antologías de la literatura del siglo XX, no por eso deja uno de ser escritor, ¿a qué no?

Así pues, aceptamos a la Barney como escritora. Y que siga el juego…

2) El proxeneta literario ( o cómo vivir de la obra de tu mujer).

Si la Barney no es Colette, Colette tampoco es la Barney. Para empezar se casó. Y se casó con su proxeneta. Con la persona que la forzó a hacer algo que ella no pensaba hacer (al menos en un principio, luego le cogió el gusto) y que vivió de ella, de manera solapada, discreta, silenciosa y no culpable (¿han conocido ustedes a algún proxeneta con escrúpulos?) mientras pudo. Sí, su propio marido. El hombre en el que ella había depositado ingenuamente sus sueños románticos. ¿O es que Colette no tiene derecho a tener sueños románticos, digo yo?

Todo se remonta al año 1893. Colette, con veinte añitos recién cumplidos se casa con el maduro y espabilado ‘Willy’ (o dicho de otro modo: Jacques Henry Guthier-Villars, un escritor bastante conocido en ese momento). Si Colette piensa dedicarse a algo es al teatro. Asiste y participa en veladas teatrales de esas que hoy llamaríamos amateurs. En una de esas veladas conocerá a Natalie Barney. Sin embargo, sus pasos trazan trayectorias divergentes. Colette se acabará metiendo de lleno en el teatro, o mejor dicho en el Music-Hall, pero eso es otra historia. Y en cualquier caso no será hasta 1906. De manera que volvamos a su recién estrenado matrimonio. Al principio ella no es consciente de lo que ocurre. Ni conoce realmente al hombre con el que se ha casado. Pero Willy, cuyo trabajo ‘de escritor’ y modo de ganarse la vida consiste básicamente en firmar obras que no son suyas, ve el potencial de su esposa. Y como buen comerciante de palabras, su agudo olfato le dice dónde hay que poner más picante y cuál es la medida justa. A cada cual hay que reconocerle el mérito que se merece. Willy empuja a Colette a la escritura. Gana dinero con ella. Fomenta las partes más picantes de sus aventuras escolares y consigue que se vendan como churros. Para Willy la literatura no es más que un negocio y Colette resulta una inversión muy rentable. La hace trabajar y trabajar (y de paso, claro está, le pone los cuernos). Colette aguanta hasta 1906. Entonces hace dos cosas que hoy son de lo más normales pero que en la Francia de principios de siglo XX aún no estaban del todo bien vistas: divorciarse y empezar a escribir por su cuenta y riesgo. Y firmando sus obras con su nombre. Y le irá bien. Le irá muy bien.

El caso de Colette no es el único. Pero es de los últimos. Las mujeres escritoras, como pronto descubrió Colette, ya nunca más iban a necesitar a sus maridos para publicar.

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