San Jerónimo, patrón de los traductores

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En este artículo vamos a separarnos un poco por primera vez de los temas que suelo tratar para hablar un poco sobre la profesión  que deseo ejercer y para la cual me estoy formando: traductor. La traducción es una actividad profesional que podemos comparar, a modo de símil, con la artesanía; el traductor es un artesano que trabaja con las lenguas, que son el material con el que el traductor hace su labor. Al igual que muchas otras profesiones, los traductores también tienen su patrón: San Jerónimo ―compartido con los libreros y los eruditos―, cuya figura es el tema sobre el que va a versar el presente artículo.

San Jerónimo, patrón de los traductores, los libreros y los eruditos
San Jerónimo, patrón de los traductores, los libreros y los eruditos

San Jerónimo nació, según nos revela él mismo en uno de sus escritos, hacia el año 347 en la ciudad de Estridón, situada entre las antiguas regiones romanas de Dalmacia y Panonia, y que fue destruida por los godos. Criado en una familia pudiente, a los doce años se le envió a estudiar a Roma para iniciar su formación y convertirse en un futuro funcionario del Estado. Pronto demostró su gran interés por la lectura de los clásicos y la retórica, y pasados unos años de su llegada a Roma decide convertirse al cristianismo para, posteriormente, dedicarse a la vida ascética y al estudio de las Sagradas Escrituras. A lo largo de su vida visitó numerosos lugares y ciudades de Europa y Oriente con el fin de ampliar sus conocimientos; en Antioquía empezó a estudiar griego, y de allí se marchó al desierto de Calcis en Siria, donde permaneció tres años y aprendió nociones de hebreo. En el 381 vuelve a Roma, donde trabajó como secretario del Papa Dámaso ocupándose de la correspondencia entre Oriente y Occidente gracias a su conocimiento de lenguas extranjeras. En esta etapa es cuando comienza su estudio en profundidad de las Sagradas Escrituras. El propio Papa le encarga la revisión de todas las traducciones existentes de la Biblia hasta entonces y una traducción del propio libro sagrado. Tras la muerte del Papa Dámaso, San Jerónimo se establece de forma definitiva en Oriente, concretamente en Belén, donde mejora sus conocimientos de hebreo y vive como monje del 388 hasta su muerte en el 420. En esta etapa alcanzará las mayores cotas de productividad creativa con la culminación de la mayor obra de su vida: la traducción del hebreo al latín del Antiguo Testamento ―aunque contaba también con la versión griega Septuaginta― y la revisión de la versión existente en latín del Nuevo, lo que dio lugar a Vulgata, una traducción de la Biblia para el pueblo ―de ahí su nombre― y el texto bíblico oficial de la Iglesia católica desde su finalización en el 405 hasta 1979, año en el que fue promulgada la Neovulgata.

También debemos destacar de San Jerónimo su legado de reflexiones en torno a la traducción como proceso y como producto en una época en la que no existía en absoluto el concepto de traductología o ciencia que estudia la traducción. Estas reflexiones provenían directamente del ejercicio de la práctica, y eran recopiladas en los prólogos y prefacios de sus traducciones con el objetivo de explicar el por qué de sus decisiones a la hora de traducir. San Jerónimo ya era consciente del valor de la traducción como puente lingüístico-cultural; de la necesidad de una buena formación humanística para ser traductor; del papel de autor que desempeña el traductor; de la necesidad de conocer perfectamente no sólo la lengua de origen, sino también la de destino, pues sin su dominio no se puede transmitir el sentido del texto de forma correcta; de la necesidad del traductor de leer cualquier libro que le pueda ayudar a comprender un texto; de la importancia de la búsqueda de documentación y de traducciones anteriores; de la imperiosa necesidad de un análisis previo del texto y de la idoneidad de trabajar primero sobre el texto para, a partir de su comprensión, facilitar su traducción. Su gran legado de tratados sobre los temas traducidos es una gran aportación realizada de forma consciente y deliberada por el propio San Jerónimo a las futuras generaciones de traductores. También mencionaba en sus escritos los diferentes problemas con los que se encuentra el traductor: gramaticales, léxicos, de sentido, culturales, cognitivos, textuales, lingüísticos y extralingüísticos; su receta para sortearlos se obtenía a través del estudio, la formación clásica y la constante lectura. Por otra parte, uno de los mayores debates sobre la traducción y que, a su vez, supone una cuestión de vital importancia dentro de la traductología es si la traducción debe realizarse palabra a palabra del texto original o si bien se debe tener en cuenta el sentido de una unidad textual mayor. San Jerónimo expresó su opinión respecto a esta cuestión en sus escritos, afirmando que debía tenerse en cuenta el sentido de unidades textuales completas de mayor entidad que la palabra excepto en textos sagrados, ya que su contenido consistía en palabras de origen divino que debían ser respetadas a rajatabla. Llama poderosamente la atención que este debate en el que participó San Jerónimo no se ha resuelto hasta bien entrado el siglo XX con la aportación de las teorías traductológicas más modernas, confiriendo a la postura de San Jerónimo un carácter moderno e innovador que no encontraría un apoyo totalmente ratificado hasta fechas más contemporáneas.

El Moisés de Michelangelo Buonarroti
El Moisés de Michelangelo Buonarroti

Respecto al sentido de los textos a la hora de traducir y, en concreto, de textos sagrados ―los cuales no deben traducirse de forma totalmente literal, aunque sí con un enorme respeto y cuidado―, existe una leyenda urbana que afirma que San Jerónimo cometió un error de sentido al traducir la Biblia que desencadenó numerosos ejemplos de representación pictórica y escultórica del profeta Moisés con cuernos. Este asunto es de un grandísimo interés y existe una amplia bibliografía sobre el tema, pero lo cierto es que no existió ese error como tal, sino que, al ser las lenguas entes vivos y cambiantes, debemos exonerar de toda culpa a San Jerónimo, que era un traductor muy culto y experimentado, y buscar el origen de esta leyenda urbana en una simple variación del significado simbólico de los cuernos, que en la Antigüedad simbolizaban poder, fortaleza y sabiduría, mientras que en la Edad Media se les otorgaba relación con el demonio. Esta evolución del significado asociado a la simbología ha sido fuente de numerosos malentendidos e interpretaciones erróneas. Para una mayor inmersión en el tema, es absolutamente recomendable la lectura de este artículo de María Barbero en La Linterna del Traductor, la revista de la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes (ASETRAD).

Por último, debemos indicar que San Jerónimo es uno de los cuatro grandes Padres latinos de la Iglesia católica y fue proclamado Doctor de la Iglesia en 1295 por el papa Bonifacio VIII, lo cual da una idea de la relevancia del personaje dentro de la Iglesia católica. A su vez, concluimos con que fue una figura relevante dentro del mundo de la traducción y un pionero de la traductología. Esperamos que el artículo haya dado a conocer a este importante personaje y haya acercado ligeramente al lector al mundo de la traducción y la traductología.

Bibliografía

BARBERO, María. Los cuernos de Moisés [en línea]. La Linterna del Traductor. Junio 2011, n° 5. Disponible en: http://www.lalinternadeltraductor.org/n5/cuernos-moises.html (Consulta 1 diciembre 2013).

MARTINO ALBA, Pilar. San Jerónimo: traductor y traductólogo [en línea]. Alicante: Grupo de investigación HISTRAD. Universidad de Alicante. Disponible en: http://web.ua.es/es/histrad/documentos/produccion-investigadora-del-grupo/san-jeronimo-traductor-y-traductologo-pilar-martino-alba.pdf (Consulta 1 diciembre 2013).

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