Notas en torno a las tensiones entre Siria y Turquía y a las claves del conflicto sirio

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Muchas de las claves que explican la tensión actual entre Siria y Turquía, y más allá incluso, las raíces del conflicto sirio y de buena parte de los problemas de Oriente Próximo, se encuentran recogidas en un libro cuya primera edición data de 1983 y que relata, a modo de ameno ensayo histórico, sucesos acaecidos casi 1.000 años atrás. El libro en cuestión se titula “Las cruzadas vistas por los árabes”, y su autor es el escritor libanés Amin Maalouf. Por encima de su temática central, las relaciones entre el mundo europeo occidental y el Islam en aquella época, la obra constituye un apasionante recorrido por esa atractiva etapa histórica así como una completa y sugerente visión interna del mundo árabe y, más ampliamente, musulmán, en la Edad Media.

Leyéndolo este verano, el azar quiso que determinados hechos y lugares que se recogen en el libro recuperaran, un milenio más tarde, su protagonismo. El asedio de Alepo y la batalla por su control, la matanza de Homs, los intentos de control de Damasco, Latakia, Antioquía… Se reproduce en estas ciudades, 10 siglos más adelante, la duración y la dureza del asedio, la dificultad extrema de su control, la fiereza y crueldad del combate, el orgullo de sus habitantes, al mismo modo que la existencia de pactos y conspiraciones, de alianzas extrañas y de traiciones que, en muchos de los casos, desequilibrarían la balanza en uno u otro sentido.

Al mismo tiempo afloran subrepticiamente a lo largo del relato de los hechos muchos de los factores y causas que intervienen y explican el actual conflicto.  Por ejemplo, las rivalidades existentes en el mundo musulmán y su, al parecer, natural tendencia a la disgregación y la atomización. Por un lado, entre turcos y árabes, es decir, entre la entonces casta militar y la religiosa, compitiendo ambos por el poder político del antiguo imperio califal y por el control efectivo de numerosas ciudades, particularmente las del norte de Siria. La evolución histórica de la región en los siguientes siglos incidirá en esta rivalidad, cuyos efectos, en términos de intervencionismo turco y recelo árabe seguimos comprobando actualmente tras casi un siglo en el que permanecieron en estado latente.

En el mismo sentido, se puede apreciar el papel secundario de otros pueblos no árabes que formaban parte del mundo musulmán, como los kurdos o, más lejanamente, los persas. Incluso dentro del mundo árabe, las rivalidades afectaban también a los principales mandatarios de las principales ciudades, temerosos del aumento de poder de sus antagonistas y dispuestos a pactar con quien fuera (incluso con los cruzados) con tal de detentar el mayor poder político y frenar el de sus contrincantes. Tras esta tendencia se refleja también una acusada personalidad política de las ciudades, en cierta medida consecuencia de la dilatada historia de estos lugares y de la existencia de un medio físico áspero entre cada valle o llanura. Cabe hablar en esta región en términos de activismo político territorial más de que grandes imperios, y por supuesto más que de estados-nación, de estructuras políticas que tienen en la ciudad su esencia, siendo posiblemente la ciudad-estado el modelo de organización política más real, subyacente a estructuras políticas de carácter nominal. En este sentido, los límites entre Siria y Líbano, inexistentes o permeables históricamente, ofrecen de nuevo, actualmente, su laxitud.

Desde el punto de vista religioso, la hostilidad entre sunitas y chiitas desembocaron en la Edad Media a menudo en enfrentamientos y persecuciones, tanto entre los grupos principales como entre sus diversas ramificaciones,  como por ejemplo, dentro del mundo chiita, los alauitas (actualmente muy cercanos al poder en Siria) y su derivación más extrema, la secta de los asesinos. Así mismo, la complejidad del mundo árabe se traducía en la existencia en la zona de numerosos grupos cristianos orientales, adscritos a diversas confesiones, y que en la mayoría de las ocasiones se unían a los musulmanes contra los cruzados. Como es conocido, estos grupos cristianos siguen teniendo un rol político muy relevante, tanto en Siria como en Líbano. Finalmente, el factor social jugaba un papel destacado, especialmente cuando quedaban afectados los intereses económicos de la clase comerciante, moviendo a la apuesta por el bando que garantizara en mayor medida el comercio.  En estos casos, la vertebración social relegaba (y también relega hoy) a la extracción étnica o religiosa a un segundo plano.

Igualmente son interesantes los paralelismos existentes en relación a la actuación de los cristianos occidentales en la región. La torpeza de las invasiones de los cruzados, que, habitualmente inferiores en número, prácticamente sólo avanzaban cuando se beneficiaban de las luchas intestinas que debilitaban al mundo musulmán, y de las extrañas alianzas forjadas en este contexto, la frecuente brutalidad con la que actuaban, la ambición política de sus dirigentes, deseosos de fundar sus feudos en esta región, y un punto más o menos acusado de fanatismo religioso con grandes dosis de intolerancia y desprecio por la población local, compusieron un coctel tan peligroso como, a largo plazo, inviable.  Sin embargo, paradójicamente, su impronta, en forma de ciudades-fortaleza, conectaría con la disgregada estructura política dominante.

En cierta medida, algunas intervenciones recientes de las potencias occidentales han seguido, en mayor o menor medida, pautas semejantes a las observadas hace mil años, mientras las actuaciones más inteligentes procuran distanciarse radicalmente de ellas. Escenarios complejos exigen respuestas prudentes y elaboradas, más si, como es el caso, nos encontramos ante las tierras y ciudades con mayor historia del planeta.

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