La “Sábana Santa”

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En los primeros siglos del Cristianismo, el llamado computus, el cálculo de la Pascua de Resurrección, resultaba un verdadero quebradero de cabeza. No fue hasta principios del Siglo VI cuandoDionisio el Exiguo consiguió formular un sistema de cálculo unificado para toda la Cristinandad, y aun así exigía realizaruna serie de operaciones matemáticasque no estaban al alcance de todo el mundo.

Pero eso era antes; hoy en día, para saber que se aproxima la Semana Santa nos basta con indicios como poner la tele y encontrarnos con que están reponiendo “Ben Hur”, notar en el supermercado que el estante de la canela se queda más vacío que de costumbre, ver cómo los vecinos van preparando las toallas y trajes de baño para unas inminentes vacaciones, o abrir la prensa y tropezarnos con la noticia de un nuevo y asombroso descubrimiento sobre la reliquia conocida como “Sábana Santa de Turín”.

Es lógico que este tipo de noticias tiengan un gran atractivo en esta época del año: para muchos cristianos, la sindone es la prueba de uno de los dogmas centrales de sus creencias, para los amantes de los misterios (reales o supuestos) es un auténtico desafío a la ciencia, y para quienes no están en ninguno de los dos casos… bueno, para ellos siempre está lavertiente gore. Sin embargo, un observador más atento se puede dar cuenta enseguida de que esas noticias huelen un poquito a chamusquina.

Por un lado, en la mayoría de los casos se trata de refritos de historias anteriores. No sé ustedes, pero personalmente he leído año tras año presentar como novedades el supuesto descubrimiento en la Sábana de inscripciones ocultas, polen de Palestina o restos de sangre, y ya me cuesta distinguir entre los libros con descripciones truculentas de los padecimientos del “hombre de la Sábana” que salen al mercado cada nueva Semana Santa. La realidad, sin embargo, es que los nuevos descubrimientos son muy pocos, si es que hay alguno, entre otras cosas porque la sindone sigue férreamente custodiada por la Iglesia Católica, y las jerarquías eclesiásticas están poco dispuestas a permitir nuevas pruebas en vista del fiasco de las investigaciones científicas.

Porque esa es otra: por mucho que se empeñen los autodenominados “sindonólogos” o los vendedores de misterios, los pocos datos fiables que existen sobre la Sábana no son muy alentadores para los defensores de su autenticidad. Por ejemplo, se sabe que, aunque las primeras Sábanas Santas aparecen en Constantinopla allá por el Siglo VIII o IX, de esta en concreto no hay noticias hasta 1389, cuando el entonces obispo de Troyes, Pierre D´Arcis, escribió al Papa denunciando que los responsables de la Abadía de Lirey se la habían encargado a un artesano para sacarle el dinero a los peregrinos. Se sabe también que el tipo de tejido empleado aparece en Europa en la Edad Media, que el crucificado representado en la “sindone” responde fielmente a los cánones del arte sacro de aquella época, y que la única sustancia inequívocamente identificada en la Sábana, la supuesta sangre, tiene exactamente la misma composición que el “rojo de rubia”, el pigmento rojo más utilizado entonces. Y, por saber, se sabe que en 1989 tres laboratorios distintos dataron varias muestras de la Sábana con el método del Carbono-14, coincidiendo en que fue confeccionada entre 1260 y 1390.

En definitiva, se sabe que es un “falso”, un objeto creado en la Edad Media para fomentar la fe de los creyentes. O más bien, si hacemos caso de lo que contaba el obispo D´Arcis, para sacarles los dineros.

Y sí, ya sé que todos hemos visto, oído y leído, cada Semana Santa, un bombardeo de noticias sobre la impresionante exactitud anatómica de la representación plasmada en la Sábana (que no lo es tanto), el minucioso detalle con el que se describe el suplicio de la crucifixión (o no) y, en fin, tantas y tantas cosas que más que una columna necesitaríamos un libro para ir refutándolas.

Pero no hace falta, la verdad. Para darse cuenta de que la Sábana, por muy impresionante que resulte, no pudo contener ni a Jesucristo ni a nadie, basta con una impresora, una muñeca y un poco de pensamiento crítico. Sí, ese que debemos mantener incluso en Semana Santa.

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La idea de 'Ciencia de papel' es que la divulgación científica no debe limitarse a mostrar el grano: también hay que separarlo de la paja y denunciar esas creencias parásitas que intentan hacerse pasar por conocimientos científicos. Esperemos lograrlo con la ayuda de ustedes.

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