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La Segunda Guerra Mundial dio a su fin en 1945. Todas las grandes potencias participaron en un estado de “guerra total” en el que se establece una media de 50 millones de víctimas. Apartando un lado factores políticos o económicos, una de las principales razones para detener el avance de los ejércitos que formaban el eje alemán-italiano-japonés fue su política de higiene racial para implantar su ideal social alrededor hasta donde llegaran. O al menos de eso se presume. El mundo se encontraba impregnando de una violencia que nos escandaliza y rechazamos en la actualidad. Una vez terminado el conflicto, la creación de las Naciones Unidas y la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos parecían dejar por sentado que toda discriminación, fuera cual fuera, vería su fin tarde o temprano. Al menos en los estados democráticos de Occidente que no pertenecían al lado soviético. Sin embargo, estos mismos países que se jactaban de liberar al mundo de la amenaza Nazi, aun arrastraban sus prejuicios hacia ciertas comunidades. Un caso conocido lo constata el día que Rosa Parks no cedió su asiento de autobús a un blanco por el cometer el error de ser negra. Fue encarcelada y se convirtió en un símbolo del Movimiento de los Derechos Civiles en EEUU. Ocurrió en Alabama, EEUU. Era 1955, diez años después de la derrota de Hitler.

Inglaterra también participó activamente junto a los aliados y tampoco se libró de haber llevado a cabo juicios desde la intolerancia durante el periodo de la posguerra. En los años cincuenta, el estado inglés aun dictaba sentencias a través de una ley emitida en 1885 llamada Criminal Law Amendment Act 1885 o “una ley para tomar mejores precauciones para la protección de mujeres y niñas, prohibir los burdeles y otros casos” en su sección número 11. Dentro de esos “otros casos” entraban los denominados como “de ultraje contra la moral pública”, entre los que se encontraba el hecho de ser homosexual. Es decir, la homosexualidad era ilegal en Inglaterra por encontrarse fuera de las leyes de la naturaleza. Como ya ocurrió con Oscar Wilde, este tipo de incidencias estaban penadas con cárcel. Pero claro, eran los años cincuenta, necesitaban otras vías más tolerantes para no llenar las prisiones de “delincuentes” en potencia. Así se planteó la posibilidad de que, si el denunciado homosexual no le apeteciera llevar un pijama de rayas, podría someterse a un tratamiento de castración química hasta el fin de sus días. El ejemplo más clamoroso se encuentra en el día que Alan Turing acudió a comisaría a denunciar que alguien intentó entrar en su casa. Durante la investigación policial, Turing reconoció que uno de los asaltantes era un hombre con el que compartía una relación íntima. Ambos fueron acusados de actos indecentes. Pero, ¿quién era Alan Turing?

Reconocido como uno de los grandes genios en el campo de las matemáticas, Turing tiene el honor de formar parte de la historia de la informática como una de sus mayores influencias. Nació justamente hace 100 años, y ya en su infancia evidenciaba un gran futuro en ciencias, demostrando grandes cualidades en lógica o resolviendo problemas incluso antes de comenzar a estudiar cálculo. En 1931 fue aceptado en Cambridge donde comenzó a modelar sus primeros dispositivos teóricos. En esta década, dedicó sus estudios a la relación entre máquinas y la interpretación de algoritmos y problemas matemáticos. La máquina de Turing jugó un papel crucial para la creación de los ordenadores como los concebimos hoy en día. Paralelamente, estudió también criptología y consiguió un trabajo en la Escuela de Códigos y Cifras en 1938, creada por la agencia de inteligencia británica para romper la transmisión de mensajes en código por parte del enemigo en conflictos armados. Después de la Segunda Guerra Mundial, avanzó en sus teorías creando nuevos artefactos como los primeros dispositivos de almacenamiento de datos y al planteamiento del celebre Test de Turing. Fue pionero con sus hipótesis sobre inteligencia artificial, ya que sostenía que las máquinas llegarían a pensar como los humanos. A través del mecanismo del Test de Turing, se podría identificar si una persona controlaba el ordenador o este se comunicaba por sí mismo. Gracias a este trabajo, los actuales gestores de correo electrónico proveen de un mecanismo para detectar Spam. La influencia de Turing en la informática moderna es innegable y por eso se le considera el padre de las ciencias informáticas.

Aunque pueda parecer que sus aportaciones fueron más teóricas que prácticas, en parte por las limitaciones tecnológicas de la época, tuvo tiempo para cumplir un papel fundamental en el proceso del conflicto armado más significativo del siglo XX. La Alemania nazi tenía en su poder un artefacto que le permitía codificar mensajes, cuya complejidad le concedía un poder infalible: la Enigma. Ningún otro gobierno poseía un sistema tan efectivo como el de este instrumento, que el propio Hitler llegó a regalar al ejército rebelde en nuestra guerra civil. Efectivamente, la participación de Turing en la Escuela de Códigos y Cifras británica es ampliamente considerada como una de las labores más efectivas dedicadas a detener el avance del ejército alemán. En la década de los años 40, era considerado un auténtico genio. Él mismo se atribuyó la tarea de detectar los códigos, bloquearlos e incluso descifrarlos, ya que, como llegó a declarar, “nadie estaba haciendo nada al respecto y yo mismo podría conseguirlo”. Una de estas maniobras consistió en la mejora de una máquina llamada “La Bomba” que quedó obsoleta tras la mejora de Enigma. Finalmente, Turing trabajó en EEUU para la creación de Colossus, una máquina encriptadora vital en la detección de códigos y que trazó el rumbo hacia el fin de la guerra en Europa. Por consiguiente, junto a su equipo pudo conocer los planes incluidos en los mensajes de la Enigma al mismo tiempo que llegaban a su destinatario. Historiadores coinciden que, sin su contribución, el conflicto habría terminando en fechas distintas de las que se produjeron. Tales actividades nunca fueron publicamente reconocidas al formar parte del Servicio Secreto Británico. Únicamente en 2009 se consiguió el perdón por parte del gobierno británico tras una serie de campañas de movilización por parte de miembros de la comunidad científica y las matemáticas para reconocer la figura de Alan Turing.

¿Habría sido distinto el juicio a Turing si los jueces llegaran a tener conocimiento de su labor durante la guerra mundial? ¿Habría sido aceptado en el servicio secreto de saberse que era homosexual? ¿Es justo el recibimiento que recibió después de todas sus aportaciones? Quizás la última pregunta tendría una respuesta clara: no. Turing intentó continuar con su vida normal y sus estudios hasta el día de su muerte, dos años después del veredicto. El tratamiento al que estaba siendo sometido le afectó física y mentalmente. Finalmente, tras el desgaste producido por las inyecciones de hormonas, decidió acabar con su vida. Su cuerpo fue hallado en la cama de su habitación, junto a una manzana, la cual había mordido después de introducir una fuerte dosis.

Durante el injusto juicio, Alan Turing nunca llegó a defenderse. Sostenía que no estaba haciendo nada malo y aceptó la segunda opción a regañadientes. Las acusaciones que se realizaban de sus acciones no es que carecieran de pruebas, es que ni siquiera tenían fundamento razonable. Son operaciones llevadas a cabo por los prejuicios de una sociedad que no hace de la razón una herramienta fundamental para los cimientos de su convivencia. Se hace peor digerir este tipo de relatos, cuando los mismos que cometen estos graves errores presumen de todo menos de su hipocresía. Por desgracia, estas situaciones en las que se fabrica humo y se acusa desde la sinrazón aun forman parte de nuestra vida diaria en el siglo XXI.

Rosa Parks tuvo el valor de luchar por esos derechos que se le negaban, pero Turing tal vez no tuvo esa posibilidad, o quizás batallaba otro campo distinto para hacer un mundo más razonable a través de sus estudios. Si la historia fuera justa con él, habría vivido lo suficiente para contemplar como el poder de su ingenio e imaginación nos ha llevado a desarrollar las tecnologías a las que estamos acostumbrados hoy en día. Le debemos tanto que nunca terminaremos de agradecerle todo lo que consiguió.

 

Ilustración: Virginia Peláez

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Estudié Comunicación Audiovisual sin ir mucho a clase. Luego me quedé en casa para sacarme un título en Periodismo Científico en la UNED. En la actualidad, trabajo como editor de vídeo, viajo en cuanto tengo la oportunidad, soy voluntario en proyectos internacionales o relacionados con medios de comunicación y me contamino el cuerpo a base de dosis excesivas de café. El año pasado fui autor del blog Píldoras de Ciencia, anteriormente alojado en Papel de Periódico. Ahora pretendo escribir de cosas que más o menos entiendo para varios sitios web.

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