Un arzobispo para la posteridad

Cuando pensamos en el arzobispo Jiménez de Cisneros (Torrelaguna 1436 – Roa 1517), pensamos en el mismo como una figura secundaria a la sombra de los Reyes Católicos, cuando (no hemos de olvidar) fue gracias a él como se mantuvo la labor iniciada por sus reyes. Una importancia para el futuro de la monarquía hispánica que la pintura romántica sabría reflejar recorriendo cada uno de los momentos más importantes en la vida de Jiménez de Cisneros, desde sus primeros momentos en la Corte (su importancia en la conversión de los moriscos, la construcción del Hospital de la Caridad, actual Santuario de Nuestra Señora de la Caridad en Illescas, Toledo) hasta la muerte del propio Gobernador. Así, en un primer momento, podemos destacar el cuadro Presentación de Cisneros ante Isabel la Católica creado por Miguel Jadraque y Sánchez de Ocaña (1840-1919). El autor era copista del Museo del Prado y, junto con el pintor Montero Calvo, gozó de gran prestigio y reconocimiento, obteniendo el mayor número de medallas en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes.

Gracias a su mentor, el cardenal Gonzalo de Mendoza, Jiménez de Cisneros fue presentado ante la reina en 1492 para ser su confesor, pues fray Hernando de Talavera había dejado vacante ese puesto al encargarse de la conversión de los musulmanes de Granada al catolicismo. La pintura que nos ocupa fue mostrada en la Exposición Nacional de 1876, obteniendo la tercera medalla. En el lienzo podemos ver al cardenal Gonzalo Mendoza vestido con hábito coral, es decir, portando una sotana roja como señal de su disposición a morir por su fe, y una birreta o gorro, como señal de su cargo como eclesiástico, el cual está presentando a fray Francisco Jiménez de Cisneros. Dicho  monje va vestido con hábito franciscano de color gris o conventual, que se diferencia de los capuchinos porque estos últimos llevan el hábito de color marrón, mientras se  inclina en señal de respeto ante la serenísima Isabel, su futura penitente y a quien tiene que guiar hacia el camino de Dios, como ‘católica majestad’ que es. Pues para entonces, aunque el Sumo Pontífice Alejandro VI no había firmado la bula que les concedía ese título, el papa Inocencio VIII (su antecesor) ya les había impuesto el sobrenombre de Reyes Católicos. Por su parte, la soberana es representada ataviada con vestido de terciopelo negro con bordes de armiño; en su cabeza, porta un tocado con cofia cuyas puntas de la toca estaban recogidas en una cruz de Santiago. Por su parte, la reina Isabel es representada levantándose de su trono con dosel, alzando la mano para recibir al fraile como su confesor.

En 1500, el ya por entonces cardenal Cisneros solicitó permiso al municipio de Illescas para fundar allí un convento de monjas franciscanas, donde anteriormente había un convento de la Orden de San Benito, el cual había sido fundado por San Idelfonso en el siglo VII. Dada la disposición del municipio, Cisneros fundó en aquella localidad un hospital con su santuario propio bajo los planos que había diseñado Pedro de Gumiel. En dicho santuario se situó a la Virgen de la Caridad, la cual da nombre al hospital y cuya canonización tendría lugar años posteriores, concretamente en 1955 por el primado de España, Enrique Plá. Dicho hospital fue reformado en 1588 por Nicolás de Vergara, dada la devoción del rey Felipe II, quien había rezado varias novenas en dicho santuario. El retablo mayor fue realizado en 1603 por Doménikos Theotokópoulos, El Greco, junto con cinco cuadros de la Virgen María, La Virgen de la Caridad, La Anunciación, La Natividad, Los desposorios de la Virgen y La coronación de la Virgen, de los cuales todos se conservan en el santuario, excepto el cuadro de Los desposorios de la Virgen que se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Bucarest (Rumanía).

En este mismo santuario está depositado el cuadro Cisneros, fundador del hospital de Illescas, realizado por Alejandro Ferrant y Fischermars (1843-1917) en 1892, un acuarelista y pintor español que obtuvo la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese mismo año gracias a este lienzo. La pintura representa al cardenal Cisneros como figura central, sentada y revisando los planos del hospital junto con Pedro de Gumiel, que le muestra los trazos del mismo mientras observan los primeros cimientos. Ambos están rodeados de un cortejo de afanados alarifes y un monje franciscano. De fondo se puede observar la iglesia del municipio de Illescas, junto con parte de su población representada. Un detalle interesante de esta pintura son las vestimentas anacrónicas de sus personajes, sobre todo de Pedro de Gumiel, vestido según las formas del siglo XIX.

Tras la muerte de Isabel, el fallecimiento prematuro de Felipe el Hermoso y la incapacidad de la reina Juana para gobernar, Cisneros fue nombrado gobernador de Castilla hasta la llegada de Carlos de Gante. Un hecho que no todos los nobles estaban dispuestos a aceptar, por ello le preguntaron qué derecho tenía a gobernar y el fraile, acercándose a la ventana, señaló a los soldados en formación y a su artillería y dijo: “Los poderes con que yo gobierno a Castilla mediante la voluntad del Rey mi señor, son aquellos”. Este momento fue el elegido por Víctor Manzano y Mejorada (1831-1865) para realizar su pintura Cisneros y los Grandes en 1864. Dicho pintor abandonó sus estudios previos de ingeniero civil para dedicarse a la pintura de manos del pintor Ceferino Araujo, ingresando poco después en la Academia de San Fernando y siendo discípulo de Joaquín Espalder y Federico de Madrazo. Gracias al apoyo de los marqueses de Remisa, obtuvo el tercer premio en la Exposición Nacional de 1858 con un lienzo titulado Santa Teresa en Pastrana y, en 1864, presentó Cisneros y los grandes, con el que obtuvo la segunda medalla. Un año después contraería la epidemia de cólera que asoló Madrid en 1865 y que terminó con su vida.

Como arzobispo primado, Jiménez de Cisneros hubo de hacerse cargo de la conversión de los moriscos al catolicismo y el 17 de febrero de 1502 promulgó la Pragmática de conversión forzosa, según la cual obligaba a los moriscos a una conversión forzosa, pues no se les permitía abandonar el reino. El resultado de esta pragmática fue el bautismo masivo de moriscos mediante ceremonias colectivas donde los sacerdotes concedían el primer sacramento de la fe a toda la población de diferentes lugares. Estas personas eran consideradas cristianas al recibir el bautismo y cualquier manifestación de su antigua fe se consideraba herejía. Manifestaciones artísticas de este momento fue el cuadro de Edwin Long (1829-1891), realizado en 1873, Conversión de los moriscos por el Arzobispo Jiménez. En él podemos ver a todo un conjunto de personas moriscas ante la pila bautismal, donde unas jóvenes toman el sacramento del bautismo de la mano de un sacerdote. Una de las jóvenes mira al espectador mientras se desproviste de las joyas y símbolos moriscos, mientras su compañera lamenta de rodillas el abandono de su fe. Todo ello ante la atenta mirada de un cortejo de frailes y eclesiásticos que acompañan al cardenal, quien contempla atentamente la escena sentado y ataviado con casulla morada para presenciar el acto sacramental. Años posteriores, concretamente en 1508, ofrecería a Fernando el Católico tomar la ciudad de Orán (Argelia) a condición de que si la campaña resultaba ser un éxito, dicha ciudad costera pasaría a formar parte de la Archidiócesis de Toledo, a lo que el monarca aceptó. Le facilitó tropas y le nombró capitán general de África. Un año después, el 18 de mayo de 1509, la ciudad tornaría de musulmana a cristiana, liberando a numerosos cautivos cristianos. Fue este momento el que eligió Francisco Jover y Casanova para crear su cuadro Conquista de Orán.

Finalmente, podemos destacar el cuadro de José María Rodríguez de Losada (1826-1896) Última confesión de Cardenal Cisneros, realizado en 1889. En él se puede ver a Cisneros sedente, pero yaciente, en un trono acuartelado por dos soldados y bajo la figura del poder supremo sobre la tierra, como es cristo crucificado. El arzobispo, tras haber pronunciado su última confesión ante dos cartujos. El hecho de que sean de la Orden de los Cartujos posiblemente se deba a que esta orden se caracteriza por la sobriedad y la austeridad, cualidades que caracterizaban al propio franciscano, y porque la primera misión de un cartujo es buscar a Dios en la soledad, y qué momento más íntimo, y a la vez solitario, de buscar a Dios, que cuando ve presto el fin de sus días. Es tras abandonar su alma a Dios cuando el arzobispo expira ante algunos miembros de la corte, los cuales se muestran abatidos por la pérdida del franciscano. Es por eso, por el fallecimiento del cardenal, por lo que la mitra arzobispal está depositada sobre una mesa y no sobre las sienes de Cisneros.

Su creador, José María Rodríguez, fue miembro de la Orden de Santiago, además de académico de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. El pintor reunió multitud de premios a lo largo de su carrera artística en reconocimiento a su extensa obra, como la medalla de plata de Carlos III en la Exposición de pintura de Sevilla de 1843, una mención de honor en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1858 y 1867, respectivamente, primeros premios en las Exposiciones de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría (en Sevilla) de 1854 y 1856, respectivamente, y un primer premio en la Exposición de la Sociedad Amigos del País de 1858.

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