El trono español en manos de un valido

“El gobernante nunca debe de carecer de consejo, pero debe ser el quien lo solicite, y en efecto, debe rechazar el que sus súbditos le ofrezcan su consejo sin que les sea solicitado”. Maquiavelo.

Felipe de Austria y Austria, o mejor conocido como Felipe III el piadoso (Madrid, 14 de abril de 1578- ibidem, 31 de marzo de 1621) era hijo de Felipe II y su cuarta esposa, Ana de Austria. Único supérstite varón de su padre, estuvo llamado desde 1582 (año en el que muere el príncipe Diego Félix) a dirigir los destinos de los reinos de España y Portugal, amén de los territorios de las Indias occidentales y orientales.

La educación del heredero fue cuidada con esmero por su padre, quien le asignó tutores que “estudiaran su personalidad, entendieran su carácter y trataran de eliminar, del modo que fuese, aquellos aspectos que podrían evitar que siguiese el camino de la virtud“. Mediante las obras de los jesuitas Pedro de Ribadeneira con El príncipe Christiano y Juan de Mariana con De rege (1950 y 1599 respectivamente), el rey pretendía que su sucesor cumpliera con sus deberes como rey, a saber “la obediencia a la ley divina y su deber de proteger la religión católica, promover el buen gobierno de sus reinos y que se ocupase en el estudio y administración públicas” (no en vano su padre había sido un firme defensor del catolicismo frente al anglicanismo de Isabel I).

Para ello, creó en 1584 la Junta de Gobierno, órgano destinado a ayudar al rey en las decisiones de gobierno y cuya presidencia recaería en el joven príncipe desde 1597, pues “el rey trabajaba para el reino, no el reino para el rey. Pese a esto, por la corte se rumoreaba que el príncipe no tendría la suficiente capacidad para gobernar solo, por lo que rodeó a su hijo de sus fieles servidores Moura, Chinchón, Idiáquez y Velada. Pero, ¿cómo era el futuro rey? Felipe de Austria era “inflexible y reservado”, algo propio de su “creciente inaccesibilidad”, por lo que entablar amistad con el futuro monarca era, cuanto menos, una ardua tarea.

No fue especialmente difícil para el futuro Duque de Lerma, que si bien fue el primer valido de la Historia de España, no fue así fuera de nuestras fronteras, pues George Villiers fue el favorito de Jacobo I de Inglaterra. Pero llegados a este punto surge una pregunta, ¿qué diferencia había entre un consejero y un valido?

Consejero versus valido, sus diferencias

Retornando al reinado de su antecesor, Felipe II se rodeaba de ciertos escogidos de su máxima confianza que le aconsejaban sobre cómo actuar en los asuntos del reino, porque un consejero no tenía necesariamente que ser reflejo de la debilidad del monarca sino que suponía “una respuesta a nuevas situaciones político-institucionales”, un consejero podía tratar asuntos peccata minuta mientras el rey trataba asuntos trascendentales del reino, aunque el poder de decisión descansaba siempre en última estancia en el monarca.

En contraposición, un valido era quien ejercía el poder en caso de que el rey no quisiese o no pudiese gobernar, con pleno poder para tomar decisiones políticas y, por supuesto, no tenía sangre real. Es decir, un valido era un ministro elevado en sus funciones políticas y administrativas por el favor real.

La carrera de Francisco Sandoval y Rojas (Duque de Lerma)

Como si de una efervescencia química se tratase, la carrera política de Lerma ascendió hasta llegar a ser, aparte del I Duque de Lerma, el valido del joven rey. Una inauguración del cargo reflejado en el cuadro de Pablo Rubens Retrato ecuestre del Duque de Lerma, algo que pasaría sin mayor envergadura a la posteridad de no ser por el significado que encierra dicho cuadro, a saber, el primer noble en ser retratado como un rey.

Francisco de Sandoval creó una Junta de Gobierno (una reminiscencia de la abolida Junta de Gobierno, creada en 1584) presidida por aliados del mismo Duque para resolver los asuntos particulares del reino mientras intentaba sacar a flote la economía del reino. Una decadencia economía heredada y fruto de las continuas guerras que había librado Felipe II (como la rebelión de los Países Bajos en 1568).

Se crearon Juntas en diferentes partes del reino (pues los territorios de Felipe III no dejaban de ser la conjunción de diferentes reinos bajo un mismo monarca) para poder así controlar su fiscalidad y remediar la crisis económica, pues ya había habido una suspensión de pagos en 1607.

Tal era la situación que en un informe dirigido al Duque se decía: “Apretadísimo esta todo y vuesa señoría crea por sin dudar que es menester ver lo que se ha de hacer y tomar resolución grande y breve porque estamos desamparados de todas partes, y si acudimos a Italia dicen que no hay nada, si a Portugal peor, y si a los censales de Aragón ya vuesa señoría lo ve”. Sin embargo, la suspensión de pagos no era una novedad exclusiva de este periodo dado que, reinando su padre ya había habido hasta tres suspensiones de pagos (1557, 1575 y 1596 respectivamente).

La caída del favorito, el camino al exilio

La crisis económica del país no fue sino el precedente de la caída en desgracia del favorito del rey. En 1596 se llevó a cabo una investigación de los ministros que componían la Hacienda Regia (setenta y siete ministros), de los que sólo tres resultaron inocentes de los cargos de corrupción; nombrar a familiares para ocupar puestos en el Consejo, comprar/vender oficios, demorar el pago de salarios en beneficio propio y obtener intereses de los banqueros. Entre los culpables estaban dos favorecidos de Lerma, Ramírez de Prado y Franqueza, quienes fueron detenidos en 1606.

La caída en desgracia de los favoritos de Lerma puso en el punto de mira al mismísimo Duque, acusado de ser agasajado con regalos de dignatarios extranjeros y de miembros de la corte. Lerma justificó su notable riqueza asegurando que “la sociedad le forzaba a ello”, pues habría de engrandecer su casa para poder servir mejor a su rey.

Poco tiempo después, habría de poner fin a la guerra y firmar la paz con las Provincias Unidas, pues las arcas reales no podían seguir afrontando tal gasto. Lerma fue el partidario más afanado en conseguir la paz a toda costa, pues de seguir en guerra suponía que el rey debía estar abierto a otros consejos, lo cual cuestionaba el monopolio que ejercía Lerma sobre el rey (el mismo procedimiento se llevaría a cabo en la Paz de Pavía). Este resultado, no solo dañó la reputación del monarca, sino que para el resto de monarquías europeas era una clara demostración de claudicación del monarca de controlar los procesos políticos europeos.

Retrato de Felipe IV

Isabel de Borbón

En un claro deseo de establecer la paz con su eterno enemigo francés, y aprovechando la crisis política que había en el país tras el asesinato del rey (Enrique IV) en 1610, el duque promovió una alianza matrimonial española-francesa, procurando con ello la inflación de la decadente y sabida crisis económica que arrastraba el país desde hacía años. Su proyecto cobró realidad un año después, pues se realizó un doble enlace, Felipe IV se casó con Isabel de Francia y Ana de Austria se casó con Luis XIII de Francia. Sin embargo, la economía no logró ver ese “milagro”, pues esta situación la explica bien el historiador Fernando Bouza al decir:

El fracaso de los monarcas hispanos, y sus validos-favoritos, fue su incapacidad de hacer que las elites portuguesa, aragonesa y catalana quedasen obligadas a Castilla. Su influencia, sus caudales, sus conexiones siguieron estando en el reino de origen, lo que posteriormente conduciría a las grandes crisis de 1640 con la independencia de Portugal.”

La desbordante situación no hizo sino incentivar las continuas publicaciones contra la política del valido, como Mariana con De monetae, acusando a Lerma de recibir sobornos y pervertir la justicia, dejando entrever el entramado de corrupción que ya había comenzado a demostrarse con la caída de Ramírez de Prado y Franqueza, y que provocarían la ejecución de su valido Rodrigo Calderón y la inminente caída del duque.

Lerma, avistando su caída, solicitó a Roma el cargo de cardenal, pues la justicia real no tiene jurisdicción sobre los cargos eclesiásticos. Esta solicitud, que se convertiría en un alivio para el duque a partir de 1618, cuando el papa Pablo V le nombró cardenal de San Sixto, dado que el rey ordenaría el secuestro de todas sus posesiones para averiguar si estas habían sido obtenidas mediante el fraude, pero su integridad física permanecería intacta hasta el día de su muerte, en mayo de 1625. Este hecho daría lugar a la famosa coplilla <<Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado>>. Una carrera política brillante, un saber hacer majestuoso, empañado y mancillado por el deseo de obtener más poder, una historia que nos resulta familiar incluso en los tiempos en los que vivimos.

 

Bibliografía recomendada:

FEROS, Antonio, El Duque de Lerma. Realeza y Privanza en la España de Felipe III, Madrid, Marcial Pons, 2002.

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