La Guerra Franco-Prusiana (1870-1871)

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La Guerra Franco-Prusiana fue la culminación de una intensa liza que sostuvieron el Segundo Imperio de Napoleón III Bonaparte (1852-1870) y los principados alemanes liderados por la Prusia de Guillermo I Hohenzollern (1861-1888), junto la Confederación de Alemania del Norte y los reinos de Baden, Baviera y Württemberg, después del fallido intento francés de anexionarse Luxemburgo.

Napoleón III y Bismarck, tras la derrota del primero

Antecedentes

El motivo profundo de esta guerra fue la paulatina ruptura del equilibrio de poderes de la Europa del Congreso de Viena de 1815, tras la derrota napoleónica. Conseguida la victoria de Sadowa (1870), el canciller prusiano Otto von Bismarck (1862-1890) siguió extendiendo los dominios prusianos por los territorios alemanes del norte, toda vez que en 1866 el emperador francés se había negado a una unión del reino de Prusia con los estados alemanes del sur. Francia, que quería recuperar su preponderante posición en el panorama europeo, se dispuso a consolidar su poderío militar.

Pero lejos de encontrarnos con una Francia unida en torno a la figura de su flamante emperador, que se había impuesto por un golpe de estado en 1852, nos encontramos ante una nación con fuertes tensiones políticas republicanas que propugnaban reformas democráticas que querían aplicar por la fuerza una nueva revolución si fuere necesario; además, la fallida aventura de crear un imperio satélite en México había debilitado el prestigio de Napoleón.

Por otra parte, la escena europea estaba llena de intrigas e intervenciones más o menos secretas de franceses y prusianos. Fue el caso de la candidatura del príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen al trono español (el popular Leopoldo Ole-Ole Si Me Eligen), que estaba vacante por el derrocamiento de Isabel II de Borbón en 1868, a propuesta del presidente del Consejo de Ministros, el general Juan Prim y Prat. Salvando las distancias, de haber salido esta propuesta adelante, Francia se hubiera visto entre dos fuegos al resucitarse un peligroso remedo del imperio de Carlos V.

Era de esperar que el emperador a la cabeza y los servicios diplomáticos franceses intentaran desbaratar este movimiento, exigiendo la expresa renuncia del príncipe alemán al trono español. Pero el viejo Bismarck sorteó la situación hábilmente, con el famoso manejo del Telegrama de Ems. Este fue una falsificación, de las que hacen historia —nunca mejor dicho— en la que el Canciller de Hierro ponía en evidencia las aviesas intenciones de Napoleón III para conformar todo un casus belli a través de la prensa. Por su interés reproducimos el original francés y la mistificación elaborada por los servicios secretos prusianos del comunicado para los periódicos que hacían parecer a Napoleón como un agresor:

Informe original del consejero privado Abeken

Al canciller federal, conde Bismarck. Su Majestad el Rey me escribe:
«M. Benedetti [el embajador francés] me interceptó en el paseo a fin de exigirme, insistiendo en forma inoportuna, que yo le autorizara a telegrafiar de inmediato a París, que me comprometería, de ahora en adelante, a abstenerme de dar mi aprobación para que se renueve la candidatura de los Hohenzollern. Rehusé hacer esto, la última vez con cierta severidad, informándole que no sería posible ni correcto asumir tales obligaciones (para siempre jamás). Naturalmente, le informé que no había recibido ninguna noticia aún y, ya que él había sido informado antes que yo por la vía de París y Madrid, él podía fácilmente entender por qué mi gobierno estaba otra vez fuera de la discusión.
Desde entonces, Su Majestad ha recibido noticias del  Príncipe [padre del candidato Hohenzollern al trono español]. Su Majestad ya había informado al conde Benedetti que estaba esperando este mensaje; mas, en vista de la exigencia arriba mencionada y en consonancia con el consejo del conde Eulenburg y mío, decidió no recibir de nuevo al enviado francés, sino informarle a través de un ayudante, que Su Majestad había recibido ahora, confirmación de las noticias que Benedetti ya había recibido de París y que él no tenía nada más que decir al embajador. Su Majestad deja a juicio de Su Excelencia comunicar o no, de manera inmediata, a nuestros embajadores y a la prensa, la nueva exigencia de Benedetti y el rechazo de la misma».

(13 de julio de 1870)

Versión editada por Bismarck

«Después de que los informes acerca de la renuncia del príncipe heredero de Hohenzollern fueran oficialmente transmitidos por el Gobierno Real de España al Gobierno Imperial de Francia, el embajador francés presentó ante Su Majestad el Rey, en Ems, la exigencia de autorizarle a telegrafiar a París que Su Majestad el Rey habría de comprometerse a abstenerse de dar su aprobación para que la candidatura de los Hohenzollern se renueve. Su Majestad el Rey, por lo tanto, rechazó recibir de nuevo al enviado francés y le informó a través de su ayudante que Su Majestad no tenía nada más que decir al embajador».

Tal agravio —fingido— sería el pretexto para que Prusia iniciara las hostilidades contra Francia. Desde luego, la primera estaba preparada y pertrechada para ello, mientras que la segunda fue cogida por sorpresa. La meteórica movilización y la ofensiva relámpago teutónica, comandada por Von Moltke, asestó un durísimo golpe a la grandeur militar gala. En la batalla del Sedán (al norte de Francia, septiembre de 1870), el ejército francés de MacMahon fue rodeado y aniquilado, y Napoleón III fue hecho prisionero, aunque su emperatriz, María Eugenia de Montijo consiguió escapar a Inglaterra.

Francia quedaba descabezada, pero en París se proclamó la Tercera República para protegerse de los ejércitos prusianos. Fue presidida por el triunvirato de Louis Jules Trochu, Jules Ferry y Léo Gambetta. A pesar de su entusiasmo político, se enfrentaba con escasos medios a la ofensiva de los triunfantes ejércitos alemanes sobre la cercana capital. Bismarck esperaba la rápida capitulación de París, y con ella la anexión de las ansiadas regiones fronterizas de Alsacia y Lorena, como fruta madura.

Pero la República efectuó una huida hacia delante y se aprestó a resistir el duro cerco prusiano, que se ensañó con fuertes bombardeos a París. Gambeta intentó oponer al ejército del enemigo la táctica tan española de guerrillas, pero no tuvo éxito y no pudo evitar que el asedio de París se recrudeciera hasta extenuar a su extensa población por hambre. Además, en la ciudad se estaba iniciando una nueva revolución social, casi comunista, la Comuna, que agravó el enfrentamiento civil, que se haría flagrante y sangriento en 1871 tras la retirada prusiana.

Finalmente el autodenominado Gobierno de Defensa Nacional no tuvo más opción y mandó al ministro de asuntos exteriores, Jules Fravre, a Versalles (la antigua corte francesa, cerca de París) para negociar un armisticio que conllevaría no pocas lágrimas a los franceses, por perder los ricos territorios de Alsacia y Lorena (con Estrasburgo a la cabeza), y reconocer su derrota y perder su posición preponderante dentro del continente europeo. Pero la desgracia de Francia fue la oportunidad para el nacimiento de Alemania.

Unificación alemana

Por la rendición, se firmó el Tratado de Fráncfort donde Francia, como culpable de la guerra, estaría obligaba a pagar una serie de compensaciones económicas como reparaciones de guerra, aparte de perder los territorios anteriormente mencionados y soportar la ocupación militar de algunos territorios del norte. Aprovechando el ardor de la victoria, el 18 de enero de 1871, Guillermo I fue reconocido como emperador (Kaiser) en la famosa Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, unificando los territorios que conformarían el Imperio-Reich Alemán, en realidad en una federación.

Bismarck conseguiría elevar a esa recién nacida Alemania al rango de primera potencia europea, reforzando su militarismo, encaminándola a un gran desarrollo capitalista y consiguiendo un complicado sistema de alianzas diplomáticas que determinarían la historia europea durante casi un siglo más. De hecho, el revanchismo francés, como después el alemán, surgidos de esta primera guerra franco-prusiana, someterían a Europa a dos guerras mundiales ya en el siglo XX.

Esta dinámica de agresiones mutuas no se terminó hasta que tomó cuerpo el proyecto de Unión Europea, que simbólicamente se retrató con la tierna imagen del canciller Helmut Köhl dando la mano al presidente François Miterrand en 1984.

 

Bibliografía:

  • SCHNEID, Frederick, “Francia desgarrada. Consecuencias tras la batalla de Sedán”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 6-12.
  • CHRISTOPHE NOËL, Jean, “Francia, derrota y resurgimiento (1871-1914)”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 52-56.
  • DELPÉRIER, Louis, “La Defensa Nacional y la reconstrucción del Ejército republicano”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 14-17.
  • DIROU, Armel, “Guerra no convencional Francs-tireurs y represalias”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 25-29.
  • FERMER, Douglas, “La campaña del Loira”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 18-24.
  • FERMER, Douglas, “La campaña del este”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 40-45.
  • GLUCKSTEIN, Donny, “La Comuna de París”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 46-51.
  • TOMBS, Robert, “El sitio de París”, Desperta Ferro, 28 (2017), pp. 30-38.

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