‘Ornamento y delito’ por Adolf Loos (II)

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3. Loos y Wittgenstein, una estética desornamentada

Son muchos los puntos en común que unen al arquitecto modernista con el filósofo vienés Wittgenstein, y no solo hablo de su estrecha amistad, sino también de sus lenguajes, cada uno respectivo en su campo, que se apoyan y se complementan, y que nos ayudarán a entender la crítica que hace Loos a los modernistas de la Secesión.

“Adolf Loos fue una de las personalidades más polémicas de la Viena de fin-de-siècle. Formó parte de un activo círculo de intelectuales entre cuyos miembros destacaron el músico Arnold Schönberg, los poetas George Trakl y Peter Altenberg y el escritor Karl Kraus”. 1 Por otro lado, tenemos la figura de Wittgenstein, uno de los filósofos más importantes del siglo XX, precursor del Círculo de Viena. Como adelantábamos antes, Loos se enfrentó de manera radical a las formas sinuosas, el material lujoso y el ornamento que caracterizaban a la Secesión, cuyas formas calaron muy bien en la Viena imperial, pero que no gustó tanto en este grupo de oposición que buscó la verdadera estética de principios del siglo XX. Podemos decir que realmente la Secesión vienesa supuso una ruptura con el arte que propugnaba la Academia, pero como dirá Loos, “solo es tolerable un cambio con respecto a la tradición cuando este cambio significa una mejora”. 2 La Secesión no suponía una mejora ni una evolución artística con respecto al pasado, la Secesión en la arquitectura propuso lo que podríamos denominar la barroquización del propio barroco, dotó todo su arte de más ornamento, de más líneas curvas, de un arte total, ya que sus formas eran tan características que el mobiliario que lo acompañara también debería serlo. Pero no reflexionó en la estética propia de su siglo y es que el problema estaba en que la estética del siglo XX, entendido estética como ornamento, se había agotado. La Viena de fin-de-siècle supuso el fin del ornamento, como dice Loos, “esto es lo que caracteriza la grandeza de nuestro tiempo: que no sea capaz de ofrecer un nuevo ornamento. Hemos superado el ornamento”. De ahí esa visión tan crítica de Loos ante el ornamento al que caracteriza como degeneración, atraso y delito no solo económico, sino también contra la salud humana. Como dice Wittgenstein en el Tractatus, “de lo que no se puede hablar, mejor es callarse” (Proposición 7).

Nos adentramos así, poco a poco, en el funcionalismo, donde la función marca la forma. Loos es altamente funcionalista y reduce la arquitectura a la pura función. Lo que le lleva inevitablemente a la condena de todo ornamento, ya que el ornamento no sirve como función, sino simplemente como una decoración, como un exceso, en palabras de Loos: “El ornamento significa fuerza de trabajo desperdiciada y material profanado”. 3 Por otro lado, Wittgenstein pensaba que el lenguaje verdaderamente significativo (porque para él una buena parte del uso que hacemos del lenguaje, como por ejemplo el de la filosofía, carece realmente de significado) no puede tener tampoco “ornamento” alguno. Es decir, el lenguaje solo puede describir hechos y lo que describe los hechos es el lenguaje de la ciencia; por tanto, solo el lenguaje de la ciencia (que no es retórico, sino descriptivo y valorativamente neutral) puede tener significado. Hay, por tanto, un claro paralelismo entre el lenguaje aséptico y funcional de la arquitectura del movimiento moderno y el lenguaje igualmente aséptico y lógicamente riguroso de la ciencia. “La arquitectura es, pues, su uso, como proceso de una reducción a la esencia; más allá de un dispositivo nihilista de elaboración de la forma no hay nada; no la nada cargada de valor polémico de las vanguardias, sino la nada, simplemente”. 4

Como vemos, el texto además de usar un lenguaje provocador y belicista, se podría resumir en unas pocas líneas. Loos considera que el ornamento ha muerto y que por lo tanto la estética del siglo XX tiene que ser desornamentada, no doblemente ornamentada. Debe abandonar por cuestiones morales y económicas una ornamentación que no pertenece a su propio siglo y que además muestra un atraso cultural importante entre distintos grupos poblacionales, por eso dice “yo quizá vivo en 1908 pero mi vecino vive en 1900 y el de más allá en 1880. Es una desgracia para un Estado que la cultura de sus habitantes abarque un período de tiempo tan amplio”. 5

4. Conclusiones

A partir del siglo XX queda demostrado que el arte tiene un ciclo vital y que en los albores del siglo pasado este agonizó para morir en las pinceladas disueltas de los impresionistas. Loos y todos aquellos que se deshacen de las formas clásicas comprenden que a partir de ahora el arte sirve a otros intereses y que este ha muerto para reencarnarse en otras formas que superen y se acerquen cada vez más al hombre y a la verdad. Además, Loos sienta las bases de un arte aséptico que luego continuará la Bauhaus y sentará las bases más principales de la estética inmobiliaria más comercial.

Loos fue un visionario y no se amedrentó ante una sociedad atrasada que no le supo comprender y que cerró sus propias ventanas y su mentalidad a la modernidad, una modernidad que les supuso el fin.

Notas:

  1. Isabel Hergueta Piomo, “Loos en su época. Convergencia estética con la filosofía de Wittgenstein”, Ab Initio, núm. 6 (2012), p. 30.
  2. Isabel Hergueta Piomo, Op. cit., p. 31.
  3. Adolf Loos (1908), Ornamento y delito, p. 5,                                      http://paperback.infolio.es/articulos/loos/ornato.pdf (Última consulta 10/03/2017)
  4. Isabel Hergueta Piomo, Op. cit., p. 33.
  5. Adolf Loos (1908), Ornamento y delito, p. 3,                                      http://paperback.infolio.es/articulos/loos/ornato.pdf (Última consulta 10/03/2017)

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