La Revolución jacobina, una discrepancia política-religiosa

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Como suele ser habitual, pues parece que la guerra es el precedente sine qua non se concibe un cambio de dinastía en cualquier reino, en Inglaterra se alimentaba una guerra civil por el trono entre don Jacobo II de Inglaterra e Irlanda y VII de Escocia, de confesión católica, y el estatúder holandés Guillermo de Orange, o don Guillermo III de Inglaterra e Irlanda y II de Escocia, de confesión protestante. A los partidarios de Jacobo II se les conocería como jacobitas, y he aquí el tema de nuestro artículo, la Revolución jacobina.

Guillermo III de Inglaterra  
              Jacobo II

 

 

 

 

 

 

 

Una vez más, asistimos a una lucha por el trono en el que la religión no sólo es un detonante importante en la elección del trono, sino que designa los apoyos de uno u otro pretendiente y, en última instancia, designa al rey que finalmente se ceñirá la corona. Pero para ver el desenlace final, primero analicemos el comienzo de esta liza.

Jacobo II era el segundo en la línea de sucesión al trono por detrás de su hermano mayor, Carlos II, quien había sucedido a su padre Carlos I tras la ejecución de éste en 1649, en una guerra civil que depondría momentáneamente la monarquía por una república durante veintiún años. Carlos II, de confesión protestante (aunque en su lecho de muerte abrazara el catolicismo) no tuvo un sucesor legítimo que pudiera heredar su corona, por lo que Jacobo II se convirtió en legítimo heredero al trono, una sucesión que fue, cuanto menos, difícil.

    Decapitación de Carlos I de Inglaterra

Los partidarios de un rey protestante, entre ellos Lord Shaftesbury, propusieron ante el Parlamento la Ley de Exclusión en 1679, según la cual, Jacobo no podría reinar por ser católico y la corona pasaría al hijo ilegítimo de Carlos, James Scott. Su hermano Carlos disolvió el Parlamento evitando que dicha ley entrara en vigor, pero eso no evitó la división del Parlamento en dos facciones, los Whigs o partidarios de la Ley, y los Tores u opositores de la misma. No quedó ahí la cosa, pues en 1683 se descubrió un complot para asesinar al rey y a su hermano, aunque esto sólo consiguió unir más a los monarcas, pues Carlos concedió el puesto de Lord Almirante a su hermano en 1684. Un comienzo difícil, que sólo sería el preludio de lo que el futuro le depararía.

Jacobo, ya entronizado como legítimo rey de Inglaterra, tuvo que hacer frente a la Rebelión de Monmouth, un intento de derrocamiento por parte del hijo ilegítimo de Carlos I, James Scott, duque de Monmouth. Este se autoproclamó rey en 1685, pero su “autorreinado” llegó a su fin, con su derrota en la Batalla de Sedgemoor y su posterior ejecución.

Sin embargo, la tensión religiosa no tendría lugar hasta (y desde) 1686, pues el rey, abiertamente católico, no dejó de favorecer a sus súbditos cuya confesión religiosa era el catolicismo. Un ejemplo de ello es el caso Godden vs. Hales, donde Jacobo permitió que los más altos cargos del reino estuvieran en manos de súbditos católicos. Recibió en su corte al nuncio papal Ferdinando d’Adda y a su confesor jesuita, Eduardo Petre, quien no dejaba de ser objeto de recelo entre los protestantes, perdiendo la ayuda de sus aliados, los Tores. Jacobo II, lejos de “mitigar” su defensa del catolicismo, siguió refrendándola, pues en 1688 reeditó la Declaración de Indulgencia y arrestó al arzobispo de Canterbury Guillermo Sancroft por pedir que reconsiderara dicha acción política.

El cenit de dicho malestar vino cuando la reina, María de Módena, dio a luz un legítimo sucesor, don Jacobo Francisco Eduardo, pues ante el peligro de un asentamiento del catolicismo en Inglaterra pidieron ayuda a Guillermo de Orange, yerno y sobrino de Jacobo II, casado con doña María, hija de Jacobo II y su primera esposa, la reina Ana Hyde. Además, como era de esperar, ambos esposos profesaban la fe protestante. En noviembre de 1688, Guillermo de Orange, junto con su cuñada doña Ana, depuso a Jacobo II en el trono, provocando la huida de éste, de su esposa, y su heredero, a Francia.

Jacobo Francisco Eduardo Estuardo

Pasaron los años y, mientras Guillermo y María II de Inglaterra gobernaban sus territorios, el legítimo heredero al trono (de no haber sido depuesto su padre) Jacobo Francisco Eduardo se educaba en Francia, donde sería reconocido como legítimo rey por este mismo país, por España, los Estados Pontificios y Módena (nótese que todos estos territorios son católicos) con el título de Jacobo III de Inglaterra y VIII de Escocia, frente a su hermana y cuñado, los ya reyes de Inglaterra. Jacobo, que nunca renunció a sus derechos al trono, comenzaría aquí su lucha por el trono inglés.

En 1689, su padre ya había intentado recuperar el trono, por lo que su hijo continuaba con la ardua, pero fracasada, lucha de su antecesor. En 1715 los jacobitas (llamados así por su apoyo a Jacobo III) iniciaron una revuelta, aunque con escaso apoyo de los Highland (procedentes de las tierras altas de Escocia), logrando tomar la cuidad de Perth. Meses después desembarcaba en Escocia el Viejo pretendiente Jacobo Francisco Eduardo Estuardo para proseguir con la revuelta, aunque la superioridad militar de la Casa de Hannover provocó que en el futuro se replegara y tuviera que huir a Francia.

Tan cerca, y la vez tan lejos del trono, no se rindió en su lucha, sino que buscó el apoyo de potencias europeas a su causa. Ante el rechazo de Francia, por la Paz de Utrecht, pidió ayuda a Felipe V (francés y rey de España) quien envió soldados suficientes como para llevar a cabo la revuelta de 1719 en Escocia. Sin embargo, la victoria se les resistió, pues perdieron en la Batalla de Glenshiel frente a su adversario inglés.

Años posteriores, reinando Luis XV en Francia, el heredero legítimo de Jacobo Francisco, Carlos Eduardo Estuardo, volvió a intentar recuperar el trono de su abuelo con el apoyo francés, derrotando al Ejército Real Británico en la Batalla de Prestonpans. Animados por la victoria, avanzaron hacia Londres, provocando que Jorge II se planteara trasladar el gobierno a Hannover, pero el poco apoyo de la población civil, el escaso apoyo militar francés en el momento clave de la marcha hacia Londres y el ejército británico de la mano de George Wade y Guillermo Augusto, provocaron su retirada a Escocia.

    Batalla entre los jacobitas y los ingleses

Tras unas cuarenta y cuatro revueltas más, con sus correspondientes victorias y derrotas, llegó una última oportunidad, la definitiva, y la que marcaría decisivamente el cambio de dinastía en el trono. El joven pretendiente fue derrotado en la Batalla de Culloden, teniendo que abandonar, para siempre, su sueño y las esperanzas de reinar sobre los territorios de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Una vez más, el protestantismo ganaba al catolicismo (primeramente Isabel I había triunfado sobre María de los Escoceses); de este modo, la sucesión al trono era precedida y establecida tras una intensa guerra civil.

 

Bibliografía:

  • LENMAN, Bruce, “De los Estuardo a los Hannnover”, Desperta Ferro, 29 (2017), pp. 6-11.
  • REID, Stuart, “La Campaña Jacobita (1745-1746)”, Desperta Ferro, 29 (2017), pp.12-19.
  • PITTOCK, Murray, “El ejército escocés del príncipe Carlos”, Desperta Ferro, 29 (2017), pp. 20-26.

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