El viejo Imperio chino, el mayor ‘aliado’ comercial del Imperio español

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Si hablamos del siglo XV, todos tenemos conocimiento de la existencia de dos superpotencias, el Imperio español y el Imperio británico, pero ¿eran los únicos señores sobre el vasto globo terráqueo? Para contestar a esta pregunta viajamos hasta Oriente, donde un ‘viejo’ Imperio, el Imperio chino, pervivía desde los tiempos del Imperio romano.

Esta superpotencia (221 a. C. – Revolución de 1911) vio cómo su vasto territorio vivía una sucesión de integraciones y desintegraciones territoriales en armonía con el “ya acostumbrado” cambio de dinastía. Desde finales del siglo X y hasta mediados del siglo XIV “los mongoles se lanzaron a la conquista del Imperio más grande jamás concebido; llegarán hasta Europa oriental, hasta Bagdag, hasta Delhi, hasta Pekín”.

Imperio Mongol hasta 1368

La sociedad que componía este inmenso territorio sufrió una profunda transformación, pues aparece la clase de los mercaderes, los cuales nunca ejercerían un control directo sobre el centro administrativo. Esta nueva clase social, a diferencia de la burguesía ‘flamenca’ en Europa que se organizaban en comunas, nunca tuvo oportunidad de evolucionar como una burguesía independiente, pues era tal el control que ejercía el Estado sobre la economía que impidió dicha evolución.

¿En qué aspectos advertimos este hecho? Primeramente, en que el Estado se reservaba para sí el privilegio de “las emisiones de moneda o de billetes de banco y era quien mantenía el monopolio de ciertos productos de gran consumo, como el té o la sal”, seguidamente, la ruta de la seda estaba cortada, y la mayor parte del comercio exterior se hacía a través del mar. Con respecto a este último aspecto, ni qué decir que resultaba deficitario pues China importaba más que exportaba, llegando incluso a la prohibición expresa del emperador de la salida de moneda de su territorio, imponiendo un intercambio por trueque.

Políticamente, este gran reino se debatía entre dos ideologías políticas completamente distintas, los conservadores y los reformistas; los primeros seguían fielmente las enseñanzas del pensamiento confuciano, mientras los reformistas deseaban volver al antiguo autoritarismo. Estos, ansiosos por recuperar su idílico pasado, pretendían reducir muchos privilegios, comprometiendo “el equilibrio y la existencia misma” de su amado Imperio. Un arriesgado contraste de ideologías en cuyas “buenas ocasiones” permitió entrever una mejora en la calidad de vida de sus campesinos, mediante la institucionalización de montes de piedad, que no eran otra cosa sino grandes almacenes de grano que evitaban la catastrófica situación que conllevan las, ya cotidianas, hambrunas. Además de esto, se procuró una mejor repartición de tierras según los miembros de las distintas familias, y regular los impuestos atendiendo a similares criterios, una medida, que no siempre fue llevada a cabo, pues en última instancia siempre primaba el bienestar del divino emperador.

Durante el siglo XIII, un siglo dorado dentro de su historia, cobrará gran importancia la filosofía de Confucio, refinándose y estructurándose para conformarse en el famoso pensamiento confuciano que hoy conocemos. Sin embargo, no sólo destacaría por su filosofía, sino por sus “tres grandes descubrimientos”, que dotarían al mundo de una guía encaminada hacia el progreso, como de hecho supusieron en su día: la imprenta, la brújula y la pólvora.

Este dorado siglo daría paso a una de las decadentes etapas del Imperio, pues no tardando un siglo más, concretamente a partir de 1351 tendría lugar el comienzo del fin de la dinastía Song. El desbordamiento del río Amarillo, provocaría que muchas regiones perdiesen sus cosechas dando lugar, cómo no, a grandes hambrunas. Esta difícil situación derivaría en sublevaciones contra el emperador, quien no pudo apaciguar dicha situación, poniendo fin a la autoridad de los mongoles en este vasto territorio y dando lugar una nueva dinastía, la dinastía Ming.

Un gran aliado del Imperio español

Desde el siglo XIII y hasta 1911 el Imperio chino conocería dos dinastías antes de desvanecerse en el recuerdo, la dinastía Ming de origen Han (1368-1644) y la dinastía Qing de origen Manchú (1644-1911) y culpable del “retraso” que padeció China durante el siglo XIX.

Nos centraremos en el final de la dinastía Ming en 1644, cuando Pekín fue conquistada de la mano de los manchúes o dinastía Qing, pues al mismo tiempo, aunque un año antes, el Imperio español perdería su primacía militar en la batalla de Rocroi, obligándole a firmar la Paz de Westfalia. ¿Es casualidad que entre estos sucesos solo haya unos pocos meses de diferencia?

Como anteriormente hemos mencionado, el hundimiento del río Amarillo provocó una gran crisis económica, lo que obligó a la dinastía Ming a buscar soluciones para incentivar la economía. Al otro lado del continente, el Imperio español llenaba sus arcas gracias a las ricas minas Zacatecas y el Potosí, produciendo el 80% del producto más demandado del mundo de entonces: la plata.

El Imperio español prefería comprar muchos de sus productos en China antes que dentro de Europa, pues su alto nivel de producción hacía que sus productos fuesen sustancialmente más baratos, provocando así que el 50% de la plata americana llenara las arcas del Imperio chino y le permitiera recuperarse de su anterior crisis. Una rentable relación comercial que pronto comenzaría a quebrarse. A mediados del siglo XVII, la alta producción de las minas peruanas y mexicanas, provocó la disminución de la producción de plata (esperando así un incremento de precios, que no sucedió) y la devaluación del precio de dicho metal.

La depreciación de dicho metal provocó una recesión que se dejó sentir tanto en el Imperio español, obligado a firmar la Paz de Westfalia, como en el Imperio inglés, sumido en una guerra civil, como en el Imperio chino, donde el tesoro real había disminuido considerablemente. La reducción del ansiado metal provocó una serie de continuadas revueltas contra el emperador, corriendo este la misma suerte que el último de la anterior dinastía, pues los manchúes le arrebataron el trono imponiendo la dinastía Qing.

El fin de un viejo Imperio

La dinastía Qing remontaría la economía del Imperio llevando a cabo una expansión territorial y comercial mucho mayor que sus antecesores, pues en 1683 su territorio aumentó tras la conquista de Taiwan. El Imperio chino alcanzaba su mayor cénit posicionándose como primera potencia mundial, pero esto sólo era un leve sueño del verdadero destino que aguardaba al Imperio.

Años más tarde, el Imperio español perdería sus amadas posesiones en América, y años posteriores el Imperio chino perdería en la Primera Guerra del Opio, comenzando ambos Imperios una etapa de decadencia que sumiría un gran esplendor en apenas un efímero suspiro.

El comercio mundial cambiaba sus reglas, la industrialización estaba alcanzando su mayor auge y el Imperio chino se veía incapaz de competir dentro del intercambio comercial en el ámbito mundial, perdiendo su supremacía como primera potencia comercial. El golpe final vino de la mano de las mayores potencias comerciales de finales del siglo XIX, pues cambiaron el sistema monetario binario plata/oro adoptando el estándar de oro, suponiendo el fin del Imperio chino. Un triste final para quien había sido la economía pujante del momento, creando un triángulo económico mundial, junto con Europa e Iberoamérica, basado en la plata.

 

Bibliografía recomendada:

  • LOMBARD, Denys, La China Imperial, BarcelonaIdea Books, 2000, 113 pp.
  • LOEWE, Michael, La China Imperial, Madrid, Revista de Occidente, 1969, 358 pp.

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