Un Círculo ‘vicioso’ con mucha historia que contar

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Ocho siglos de historia conforman el templo de San Vicente, hoy conocido como el Círculo del Arte; prácticamente una eternidad para un hombre cualquiera pero apenas un atisbo de los cambios históricos para un edificio que cambió el vino litúrgico —con el debido respeto hacia el oficio religioso— por un vino desacralizado que nos ayuda a olvidar nuestras preocupaciones. 

Antecedentes históricos

La parroquia de San Vicente remonta sus orígenes al rey Alfonso VI de Castilla y León, segundo hijo, pero favorito de Fernando I de Castilla y León y de doña Sancha. A la muerte de Fernando, este dividió el reino entre sus tres hijos y sus dos hijas: a Sancho, como primogénito, le legó el Condado de Castilla, patrimonio paterno, acrecentándolo a la categoría de reino; además de las parias (tributos de las taifas hacia los reinos cristianos) del Reino musulmán de Zaragoza. Alfonso, heredó el Reino de León, el título imperial hispánico y las parias del reino de Toledo. Mientras el hermano menor, García, heredaría el Reino de Galicia, creado para tal fin, además de las parias de Sevilla y Badajoz. A sus dos hijas, doña Urraca y doña Elvira, les legó las ciudades de Zamora y Toro, respectivamente.

División del reino tras la muerte de Fernando I de León

Una vez fallecida la reina Sancha, comenzaron siete años de liza entre los tres herederos, pues el rey Sancho consideraba que sólo a él le correspondía el reino de su padre. Embriagado por el deseo de gobernar, se lanzó a la conquista del Reino de Galicia con la ayuda de su hermano Alfonso VI, anexionándose Galicia en 1071. Un año más tarde, y enaltecido por tal victoria, invadió el mismo reino de su hermano Alfonso obligándolo a refugiarse en el Reino de Toledo, bajo el mando de su vasallo Al-Mamún, que lo acogió amablemente. Pero la invasión sanchista duraría poco tiempo pues le vino la muerte unos meses después, permitiendo a Alfonso, ahora VI, volver a llevar las riendas de todo el territorio reunificado.

Reconquista de Toledo

Tras la muerte del aliado Al-Mamún en 1075, le sucedió en el trono su nieto Al-Qádir, el cual no estaba dispuesto a seguir pagando tributos al rey cristiano y se encastilló en la ciudad de Toledo. Alfonso VI aprovechó esta circunstancia para dar un golpe de mano, asedió la ciudad durante cuatro años y la conquistó el 25 de mayo de 1085, día de San Urbano, no sin antes garantizar a los musulmanes que se les respetarían sus leyes, sus bienes y que podrían seguir con su religión y sus mezquitas. A cambio de la capitulación, Al-Qádir fue compensado con un señorío en Valencia. En conmemoración y como fruto de dicha victoria, que admiró al orbe cristiano, se levantaron importantes edificios de carácter religioso, siendo una de las primeras edificaciones, precisamente, la iglesia de San Vicente. Se edificó sobre el templo visigodo que había allí desde el siglo VI, siendo prueba de ello los relieves empotrados en su ábside.

Cambios estructurales

Aunque la gloria es pasajera, con el pasar de los años y de los siglos, la fábrica de San Vicente no hizo sino acrecentarse. Los primeros testimonios escritos se remontan a 1101, cuando un testigo firma como presbítero de Sancti Vicencii. Volverían a aparecer otros rastros documentales en los siglos XII y XIII, hasta el siglo XVI. En todo este tiempo se edificó uno de los templos mudéjares más grandiosos y originales del extenso arzobispado toledano. Más adelante, según los archivos parroquiales, hubo otra gran transformación a finales del siglo XVI (1595 a 1599), en la que se hizo necesario derribar la precaria torre mudéjar para levantar otra claramente renacentista, y hacer otras reformas de adaptación a los nuevos tiempos que llevó a cabo el arquitecto Nicolás de Vergara el Mozo (1540-1606), maestro de obras de la Catedral de Toledo. Se le añadió entonces también un pórtico de entrada, para lo que se cogió parte de las vecinas Casas de la Inquisición (de las que la iglesia era su capilla) y se cerró una puerta del lado del evangelio, variando también la puerta principal y suprimiendo un gran espacio ubicado a los pies del templo, en el lado de la epístola. Su amplia techumbre de madera de par y nudillo fue obra de Lázaro Hernández, colaborador habitual de Vergara, y del carpintero Antonio de Espinosa.

El edificio cobró mayor empaque en 1577 tras la construcción de dos capillas anejas: a los pies, la capilla del Espíritu Santo (de cuya construcción solo conservamos la decoración vegetal del arco de la entrada) y, al lado de la epístola, la capilla de la Asunción de Nuestra Señora, bajo patronazgo de la rica doña Isabel de Oballe. La primera existió hasta 1795, cuando el cardenal Lorenzana adquirió las decrépitas instalaciones inquisitoriales para construir el palacio universitario. La decoración de la segunda capilla fue encargada al genovés Alejandro Semino, que al no poder terminarla por su fallecimiento, fue concluida en 1615 nada menos que por el Domenico Greco, que plasmó allí lo mejor de su arte crepuscular. Así permaneció el templo, encalado, pintado y con algunos escudos y retablos de los que no ha quedado rastro.

Cuadro de El Greco en su ubicación original en el antiguo Museo San Vicente

Musealización

Abandonada y desacralizada después de quinientos años como parroquia, su historia como museo comenzó cuando el Cabildo de Curas y Párrocos y el Arzobispado de Toledo decidieron reunir en un mismo edificio gran parte del patrimonio parroquial de Toledo, repartido entre las de San Nicolás, Santa Leocadia, San Román o la Magdalena, entre otras. La colección incluía piezas tan significativas como el incunable misal mozárabe del cardenal Cisneros, la espiritual escultura de San Francisco de Pedro de Mena, varios ricos tapices flamencos o una quincena de cuadros de El Greco, como la Inmaculada con San Juan, representaciones del Salvador y de San Agustín, la Sagrada Familia del Hospitalito de Santa Ana o El encuentro de Cristo Resucitado y su Madre, conservadas la mayoría en el Museo de Santa Cruz hoy en día.

Un 29 de abril de 1929 el museo abría sus puertas tras la bendición del entonces arzobispo, el cardenal Pedro Segura, dejando como director del mismo al archivero y sacerdote conquense Antonio Sierra Corella. Por el precio de una peseta —de las de entonces— se podía extasiar con el tesoro artístico guardado con esmero por la Iglesia durante siglos. Aunque no siempre a gusto de todos: años posteriores a su apertura, Miguel Fernández manifestaba su protesta en el Heraldo de Madrid (periódico de ideología izquierdista) de que mediante el pago de esta entrada se contribuía a sostener a la Iglesia, lo cual no era admisible en un estado laicista como el republicano. Pese a dicho comentario malicioso, el entonces Museo de San Vicente no se privó nunca de las visitas de grandes personalidades, entre las que destacaron el primer ministro francés Aristide Brian (junto con su homólogo el general Miguel Primo de Rivera), el primer presidente de la Generalitat catalana Francesc Maciá, el sucesor al trono italiano Humberto II de Saboya o, ya en su última etapa como museo, el secretario general de Naciones Unidas, el sueco Dag Hammarskjöld.

Iglesia de San Vicente a principios del siglo XX. Fotografías de Frédéric Boissonnas publicadas en el libro L´Espagne, provinces du Nord, de Tolède a Burgos de Octave Aubry en 1930.

Plaza de San Vicente a principios del siglo XX. Fotografías de Frédéric Boissonnas publicadas en el libro L´Espagne, provinces du Nord, de Tolède a Burgos de Octave Aubry en 1930.

Durante la cruenta Guerra Civil la colección permaneció intacta debido a la intervención del Comité de Defensa de Toledo, custodiando las obras bajo el presbiterio del edificio, excepto la Inmaculada Oballe que, debido a la premura de tiempo, se la protegió in situ, como se había hecho con el Entierro del Señor de Orgaz en Santo Tomé. Durante la dictadura franquista, y bajo la orden de Luis Muguruza, se trasladaría parte de la colección con el pretexto de ser “mejor conservados” para ser restauradas en el Museo del Prado.

Con el paso de los años, y con su colección original incompleta, el Museo de San Vicente fue perdiendo protagonismo y, aunque algunos sellos postales recordaban unos tiempos antaño gloriosos, lo cierto es que en 1960 el museo cerraría sus puertas para solo permanecer vivo en la memoria de los toledanos. Las obras que albergaba fueron trasladadas al Museo de Santa Cruz por orden de Gratiniano Nieto, quien por entonces ostentaba la Dirección General de Bellas Artes. En dicho museo, las obras del de San Vicente serían las protagonistas y allí las hemos conocido la mayor parte de los toledanos (nativos y foráneos) hasta que la Junta de Comunidades convirtiera dicho gran museo toledano en una fastuosa sala para ‘catering cultural’. La rehabilitación del Museo de Santa Cruz está por hacer.

Tras un cuarto de siglo, el templo de San Vicente, vacío otra vez, pasó a formar parte de la nueva Universidad de Castilla-La Mancha, quien lo utilizó como aula para los primeros alumnos de Derecho y Empresas. Ampliada la universidad al vecino convento de San Pedro Mártir y a la plaza de Padilla, y tras otro remozamiento en el que se dejó el templo completamente desnudo, se convertiría en una gran sala para un café ­teatro, como sede de la Asociación Cultural Círculo del Arte. Allí se combina la venerable tradición con la modernidad más lúdica y agradable.

 

No pocas curiosidades podría mostrarnos todavía este edificio tan típicamente toledano, en su forma y en su contenido. No deja de llamar la atención la estrechez del callejón que se encuentra cerca de la puerta principal, que sirve de separación con el Palacio Lorenzana y que como un gesto de humor tiene una cerámica que reza: “Esta calle es de Toledo”. ¿Para qué querría la ciudad una vía tan birriosa (aunque de las pocas que hay rectas)? No se alarmen: es un común aviso del Ayuntamiento para que nadie usurpara tan singular espacio urbano. Lo había intentado en el siglo XVIII el párroco vicentino, volviendo por los fueros de la tribuna de los inquisidores, con unos retales de rejas reaprovechadas del famoso rejero del XVI Juan Francés. De hecho, hasta hace pocos años todavía se podía cerrar el callejón con dos rejas que la incuria municipal dejó desaparecer. Propongo que las repongan y que el espacio quede para albergar a los visitantes revoltosos del Círculo…

 

Para saber más:

ABAD CASTRO, M. C., Arquitectura mudéjar religiosa en el arzobispado de Toledo, 2 vols., Toledo, 1991.

La Tribuna, “El olvidado museo de los 15 grecos”, http://www.latribunadetoledo.es/noticia/Z8960A308-B25A-FD9E-65459284E7DD694E/20141005/olvidado/museo/15/grecos (Consulta 07/04/2016).

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