Una reina católica en un reino de protestantes

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Nos adentramos en pleno siglo XVI, donde el Imperio Español se erigía como primera potencia mundial bajo el poderoso mando de don Felipe II, un imperio que se expandía a través de los océanos Atlántico y Pacífico. Un gran imperio al servicio de la fe católica, frente a su gran amenaza, el reino protestante de doña Isabel de Inglaterra. Frente a estos dos grandes rivales se encontraba el reino de Escocia, cuyo pueblo adoptaba alegremente el protestantismo mientras su reina doña María Estuardo se adhería fervientemente a su fe católica. Creándose “un curioso azar que hace que la incesante confrontación entre Lutero, Calvino y Roma se traslade de forma dramática a su destino; la lucha entre Isabel y María Estuardo, entre Inglaterra y Escocia, decide también –y por eso es tan importante- entre Inglaterra y España, entre la Reforma y la Contrarreforma”. 1

María Estuardo (Escocia, 8 de diciembre de 1542- Inglaterra, 8 de febrero de 1587) tenía desde el momento de su nacimiento una oscura herencia asolándola, pues ningún Estuardo ha sido feliz, “dos de sus reyes, Jacobo I y Jacobo III, han sido asesinados: dos, Jacobo II y Jacobo IV, han caído en el campo de batalla”. 2 Tampoco podía contar con el apoyo de la nobleza dado que ésta estaba dividida, unos apoyaban al protestantismo recibiendo su soldada de Inglaterra, mientras otros servían al catolicismo recibiendo su soldada de María Estuardo, París, Madrid y Roma, convirtiendo Escocia en un pays barbare et une gent brutelle.

María Estuardo de Escocia
Isabel I de Inglaterra

 

 

 

 

 

 

María fue coronada reina de Escocia a los pocos días de nacer, dado que mientras la infanta veía el mundo por primera vez, su padre don Jacobo V lo despedía con las tristes palabras “de una mujer nos llegó la corona, con una mujer se perderá”. Esta oscura profecía parecía marcar el destino de su hija porque, si bien ostentaba el trono desde la más tierna niñez, su vida y reinado estarían marcados por las desavenencias del destino. Con apenas cinco años, el rey de Inglaterra don Enrique VIII se disputaba con su madre, doña María de Guisa, la potestad de la joven para casarla en un futuro con su hijo el infante don Eduardo, pero María, temiendo por la vida de su hija la esconde en el monasterio de Inchmahome.

Enrique VIII, iracundo por la negativa declara la guerra a Escocia, derrotándolos el 10 de septiembre de 1547 en la batalla de Pinkie Cleugh, dejando a Escocia desprotegida. Es en ese momento cuando Francia sale en defensa de María de Guisa, pues ésta era de origen francés, evitando que Escocia cayera en manos inglesas y pidiendo la mano de la joven reina para su heredero el infante don Francisco II. El 7 de agosto de 1548, la futura reina de Francia abandona a su madre y a su reino para ser educada en la corte francesa junto a su futuro marido. María, tras morir Enrique VII, incluye en su escudo las armas de Inglaterra como heredera al trono inglés dado que era bisnieta del difunto rey, convirtiéndose así en reina de Escocia, y titular del reino de Inglaterra y comenzando su eterna enemistad con su prima Isabel I.

María y Francisco II como reyes de Francia

María reinaría Francia durante apenas dos años, pues la enfermiza salud de su esposo hizo que con apenas 18 años tuviera que llevar el devil blanc o luto francés. La joven viuda regresó a su tierra natal para emprender las asiduas confrontaciones religiosas que mantendría con John Knox, firme defensor de la iglesia protestante, quien “diciendo pelear por Dios” era uno de “los hombres menos pacíficos de este mundo” 3 fortaleciendo el carácter y decisión de la reina, pues “una vez que se le pone a un ser humano el sello de inferioridad en un lugar visible, ese constante sentimiento de inferioridad tiene que debilitarlo o fortalecerlo de forma fantástica”. 4

María e Isabel, reina “la una desde el principio por herencia”, reina la otra “tras ganárselo con su cuerpo y su vida”, 5 mantuvieron unos años de amistosa tregua con elocuentes cartas cuya delicada caligrafía ensalzaban a ambas creando una idílica relación entre primas, que en realidad era una leve falacia. Dicha amistad llega a su fin cuando María Estuardo decide volver a casarse. María rechaza a Lord Robert, el pretendiente que había decidido su prima Isabel, para casarse el 29 de julio de 1565 con Henry Darnley, bisnieto de Enrique VII, el primer prince de sang en la corte inglesa y además católico, por lo que la posición de María Estuardo como reina de Escocia y pretendiente al trono inglés se hacía más fuerte.

María Estuardo y Henry Darnley

La boda de la reina no fue de la aprobación de toda la nobleza, pues su propio hermanastro, Moray, deseaba casar a su reina con un rey extranjero, para poder asumir el mando y el gobierno como un auténtico monarca. Moray mostró su desaprobación no acudiendo a la boda y conspirando con Isabel para derrocar del trono a su hermanastra. María y su marido, como soberanos de Escocia, aplastaron la revuelta que éste había provocado, volviendo a situar a la nobleza bajo su hegemonía.

Sin embargo, esta feliz unidad matrimonial desembocaría en el más absoluto desprecio de María hacia su marido. Darnley comenzó a asumir, quizás en exceso, su rango como regente depreciando los regalos y atenciones de María, creyendo que su amada esposa le era infiel con su consejero David Rizzio. Tal infidelidad nunca se dio, pero el rey envenenado con las palabras de Moray, el cual no aceptaba la autoridad de la reina, asesinó a Rizzio en presencia de la misma. La reina, embarazada de cinco meses, fue confinada en el castillo de Holyrood durante meses hasta que su mano derecha en el ejército, sir James Hepburn, IV conde de Bothwell, la ayudó a escapar y a asumir de nuevo el mando del reino. María, tras la experiencia, decide marcharse al castillo de Edimburgo, donde nacería su heredero don Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia.

Es aquí donde el amor más apasionado y peligroso de la reina empezaría a tomar forma, “hay dos clases de testimonios de la pasión por Bothwell de María Estuardo, los primeros son anales contemporáneos, crónicas y documentos, los otros son una serie de cartas y versos atribuidos a ella”. 6 Dichas cartas se llaman las cartas de la arqueta porque tras la fuga de Bothwell, fueron encontradas en una arqueta de plata. Dicho objeto fue un regalo de Francisco II a su amada esposa, quien a su vez se la había entregado a Bothwell. Los enamorados llevaron a cabo un plan tan efectivo como incriminatorio, pues sería el comienzo del derrocamiento de la reina.

Bothwell

María sedujo a su enfermo marido con sendas atenciones para trasladarle desde Glasgow a Kirk o ‘Field, donde sufriría un atentado que acabaría con su vida. María, lejos de iniciar una investigación se muestra indiferente, comenzando a perder el favor de la nobleza y sus súbditos. Lejos de entregarse al luto, lleva en su vientre un vástago de Bothwell, que sólo será legitimado si contrae matrimonio con el mismo. La reina, bajo excusa de ir a visitar a su hijo a Stirling, se deja raptar por su amado; de este modo al tomar posesión de ella su honor se vería recuperado mediante el matrimonio de ambos. Su amado se divorciaría de su legítima esposa bajo pretexto de estar emparentado en cuarto grado con la misma, contrayendo matrimonio con la reina el 15 de mayo de 1567.

Tras la derrota en la batalla de Carberry Hill, donde la nobleza escocesa se opuso al gobierno de María y su reciente esposo, principal culpable de la muerte de Darnley, María sería confinada y posteriormente su marido sería encarcelado. Seis días después, James Balfour traicionó a Bothwell y confiesa cómo el criado de su vendido amigo tenía orden de regresar y recuperar la arqueta, cuyo contenido sería la perdición de la reina. La reputación de la reina estaba seriamente perjudicada, pues dichas cartas la obligaron a abdicar en favor de su hijo don Jacobo VI.

Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra

Dicha abdicación no sería de la aprobación de la reina, la cual con la ayuda de su nuevo enamorado, Georges Douglas, recobrará su libertad para encabezar con el apoyo de los Halmiton la batalla de Langside. Los Halminton odiaban al linaje de los Estuardo, pero la dureza con la que gobernaba Moray, hacía que María ganara adeptos a su causa, que no era otra que recuperar su legítimo trono. Con una segunda batalla perdida, María no tiene más remedio que huir a Inglaterra, donde su archienemiga Isabel le haría pasar los peores años de su vida. Isabel, bajo pretexto de limpiar el noble nombre de su prima, inicia una investigación del asesinato del difunto Darnley, que no era sino una artimaña para poder arrebatar el trono a María.

María fue declarada culpable y confinada en el castillo de George Talbot. Dicho confinamiento no estaba exento de los lujos y comodidades propios de una reina, pero sí era lo bastante enclaustrado para una reina que ansiaba su libertad. Pasaría años de fortaleza en fortaleza confinada, sin apoyos que le devolvieran la esperanza de volver a reinar algún día; su propio hijo le escribía cartas prometiendo liberarla mientras firmaba acuerdos con Isabel para asegurar su posición como rey anglicano de Escocia.

En este abismo de soledad la reina encontraría su última esperanza, pues no dudó en exceso cuando en 1570 se le presentó la oportunidad de ser libre, María formaría parte del complot católico conocido como la Conspiración de Ridolfi, donde Roberto di Ridofi con apoyo de España, Roma y Bruselas querían derrocar a Isabel para convertirla en reina de Escocia y de Inglaterra. Sin embargo, el complot sería descubierto y María perdería toda esperanza de ser reina pues su hermanastra Isabel la había apartado de la sucesión al trono debido a su traición. En 1578 se enteraría de la noticia de la muerte de su amado esposo sumido en la más profunda locura entre los barrotes de una prisión danesa. María sabía que pronto acompañaría a su amado esposo, pues Isabel había firmado su sentencia de muerte. Años más tarde, en 1587, María moriría decapitada en el castillo de Babington vestida de rojo como mártir católica, luchando hasta el último momento por su trono.

Notas:

  1. S. Zweig, María Estuardo, Barcelona, Debate, 2003, p.61.
  2. Ibídem, p.19.
  3. Ibídem, p.68.
  4. Ibídem, p.63.
  5. Ibídem, p.89.
  6. Ibídem, p.176.

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