La destrucción en la II Guerra Mundial y sus consecuencias

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“Antes de la guerra tenía más de un millón. Tan grande como Detroit. Ahora toda está destruida en un 90%… Vayas donde vayas hay porciones de edificios en pie sin techo y sin muchos muros laterales, y gente viviendo dentro. Salvo el Gueto, que no es más que una extensión de ladrillos con camas retorcidas, y bañeras y sofás, con cuadros enmarcados, baúles, millones de cosas que sobresalen de entre los ladrillos. No comprendo cómo pudo hacerse… es algo tan atroz que no puedo creerlo”.

Tal y como refleja el fotógrafo en su carta, Varsovia había quedado completamente desintegrada, (Fuente: commons.wikimmedia.org)
Tal y como refleja el fotógrafo en su carta, Varsovia había quedado completamente desintegrada. (Fuente: commons.wikimmedia.org)

Así explicaba a su esposa Penny en 1946, finalizada la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945), el fotógrafo Vachon, cómo Varsovia, ciudad considerada por Karl Baedker como una de las capitales más importantes del mundo “fundamentalmente debido al esfuerzo de los alemanes”, había desaparecido de la faz de la Tierra. 1 Los testimonios y las fotografías ofrecen un panorama desolador. La consternación que provocaba la espectral visión de Europa, contenida en las líneas escritas por militares, reporteros y supervivientes del suceso, es apenas un esbozo de los horrores que se experimentaron entre 1939 y 1945. Sin embargo, para quienes todavía conservaban la vida, debían afrontar una situación de precariedad material y moral sin precedentes, en la que surgieron problemas de abastecimiento y alojamiento. Porque no solamente se habían derrumbado los monumentos históricos y las enormes catedrales que alimentan la riqueza patrimonial del continente: las viviendas, los edificios públicos e incluso los suburbios habían quedado reducidos a cenizas.

A causa del enorme potencial destructivo de los recursos armamentísticos disponibles en ambos bandos, la estrategia militar de la Segunda Guerra Mundial  abordaba no solamente la confrontación de ejércitos dispuestos uno frente a otro. También posibilitaba la destrucción masiva de las infraestructuras industriales y urbanas enemigas, lo que implica una devastación directa de la población civil, que contemplaba cómo su ciudad quedaba reducida a escombros. Tanto Stalin como Hitler justificaron la eliminación de sus propias posesiones para evitar su incautación por las tropas rivales, lo que resumiría el canciller alemán en esta orden: “Sin hacer caso de su población, toda localidad debe incendiarse y destruirse para privar al enemigo de alojamiento”. 2 Aquello significó la mayor devastación que jamás hubiera contemplado Europa en la Historia.

El Blitz fue el término que acuñado para referirse al bombardeo aéreonazi al que estuvo sometido Gran Bretaña entre septiembre de 1940 y mayo de 1941.
El Blitz fue el término acuñado para referirse al bombardeo aereonazi al que estuvo sometido Gran Bretaña entre septiembre de 1940 y mayo de 1941. (Fuente: flashbak.com)

En ese sentido, la aviación se demostró como el medio más eficaz. El bombardeo aéreo de la Lutwaffe (Fuerza aérea alemana) castigó Gran Bretaña con 50.000 toneladas de explosivos durante el Blitz, destruyendo así 202.000 viviendas y dañando 4.5 millones más. En Francia, los registros gubernamentales calcularon que la cifra de edificios inutilizados ascendía a unos 460.000. Sin embargo, fue en Alemania donde los daños alcanzaron los mayores niveles: la aviación británica y norteamericana arrasaron 3.6 millones de viviendas, una cifra casi 18 veces superior a la que habían perdido los británicos. A consecuencia de ello, entre 18 y 20 millones de alemanes habían quedado sin hogar. 3

Los supervivientes carecían de alimento y techo, abandonados a su suerte entre las ruinas que restaban de las localidades desintegradas bajo el fuego aéreo. Mientras que las ciudades habían perdido los suministros de alimentos, agua, electricidad y los alojamientos, los pueblos vieron cómo se devastaban los campos y se perdían las cosechas. El teniente británico Philip Dark se sorprendía de que aún existiera alguien allí con vida: “Hasta donde alcanzaba la vista, kilómetros y kilómetros de edificios vacíos con vigas retorcidas como espantajos en el aire, radiadores de un piso que sobresalían por el hueco de una pared aún en pie […] Bultos horribles, horrorosas chimeneas brotando de la estructura de una pared. Todo ello impregnado de una atmósfera de calma imperecedera”.

En ese yermo de escombros debían internarse los encargados de realizar el rescate de los cadáveres. En Dresde, localidad que sufrió un devastador bombardeo el 13 de febrero de 1945, las autoridades se vieron forzadas a decretar la cremación de los cuerpos, puesto que su estado de descomposición podía ocasionar el contagio de enfermedades infecciosas. Entre el 21 de febrero y el 5 de marzo se quemaron unos 6.865 cuerpos, y los registros de bajas de la ciudad oscilan entre las 20.000 y las 40.000 personas. 4

Vista de Dresde destruida tras su bombardeo. (Fuente: www.express.co.uk)
Vista de Dresde destruida tras su bombardeo. Las autoridades calcularon unos 25.000 muertos en un informe del 10 de marzo de 1945. (Fuente: www.express.co.uk)

Desprovistas de alojamiento, millones de personas, fueran supervivientes del Holocausto o prisioneros de guerra, tuvieron que movilizarse para buscar una manera de solventar su precaria situación. Las autoridades alemanas y los Aliados percibieron inmediatamente que su intervención resultaba imprescindible para suplir las necesidades básicas de los refugiados, por lo que actuaron inmediatamente. No obstante, comprendieron también que el inmenso horror que habían padecido aquellos desgraciados los había corrompido interiormente. El hambre, el frío y la desesperación terminaron por desmoralizarlos, lo que derivó en una espiral de violencia manifiesta en robos y agresiones. Muchas veces eran descritos como “criaturas salvajes”, que no confiaban en los seres circundantes. Sorprende el testimonio del teniente coronel Byford–Jones, que al descubrir a una pequeña niña escondida en un monumento del káiser Guillermo en Berlín, ella le respondió que “se está caliente. Nadie sube”. Costó horas convencerla para que aceptase la ayuda de los servicios sociales alemanes. 5

Tras finalizar la contienda, Francia, Gran Bretaña y Alemania hubieron de abandonar su hegemonía en el continente, contemplando cómo se alzaban con el relevo los Estados Unidos y la Unión Soviética, cuya intervención resultó imprescindible para deshacerse del Ejército Alemán, pero que ahora amenazaba con invadir la Europa del Este aprovechando que el denominado Ejército Rojo todavía no se había replegado. Cuando Winston Churchill afirmó, en el discurso del 5 de marzo de 1946 en Fulton, que “desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero”, 6 fue evidente que el destino del mundo dependía exclusivamente de aquellos enormes colosos. Europa comprendió que no existía la posibilidad de retomar el liderazgo como principal potencia mundial.

La gravedad de la Segunda Guerra Mundial reside en la demostración de que el ser humano podía destruir su propia condición. Esas fotografías enseñan nuestra propia ruina. La aniquilación sin precedentes de una civilización entera, la posibilidad de borrar la existencia de miles de vidas instantáneamente, había demostrado que el ser humano era capaz de corromperse y desintegrar en segundos los esfuerzos de una humanidad que había construido lentamente una Historia digna de mencionar. Y sin embargo, es quizá una de las principales razones por las que no debemos renunciar al conocimiento de la Historia. Para ser conscientes del alto precio que pusimos a la paz.

Notas:

  1. K. Lowe, Continente salvaje: Europa después de la Segunda Guerra Mundial, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012, pp. 23 – 25.
  2. Ibidem, pp. 30 – 31.
  3. Ibidem, p. 28.
  4. F. Taylor, Dresde, Madrid, Historia, 2004, pp. 398 – 399.
  5. K. Lowe, Continente salvaje…p. 46.
  6. VVAA, Historia del Mundo Actual (desde 1945 hasta nuestros días), Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, 2000, p. 161.

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