La Armada Invencible, ¿la defensa de la fe o una ambición política?

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Nos situamos en el verano de 1588, en medio del Canal de la Mancha, a un lado del mar la Iglesia Anglicana bajo bandera inglesa y mandato de doña Isabel I, al otro la Iglesia Católica bajo bandera española y comandada por don Felipe II, dos reinos dispuestos a hacerse añicos, dos poderosas flotas preparadas para la inminente batalla. ¿Se trataba de una guerra de fe o de una lucha por el poder?

"Derrota de la Gran Armada" Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)
“Derrota de la Gran Armada” Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)

Cierto es que, en un primer momento, doña Isabel I de Inglaterra y don Felipe II de España mantuvieron una relación de amistad. Dicha amistad desembocaría en una arriesgada propuesta de matrimonio por parte de Felipe II en 1559, pues manteniendo una sólida fe católica, estaba proponiendo matrimonio a la primera reina en mostrarse abiertamente anglicana y, por tanto, en contra de la religión católica. El motivo de tan arriesgada decisión era evitar que doña María Estuardo, prima de Isabel I y reina de Escocia, ocupase el trono, pues estaba casada con don Francisco II de Francia, eterno enemigo de España y quien no dudaría en atacar a España al rodearla con sus dominios en caso de que María Estuardo fuese coronada reina de Inglaterra. Sin embargo, esta propuesta fue rechazada por parte de su destinataria, granjeándose el sobrenombre de ‘La reina virgen’.

Su gran enemistad, pues derivó al mantenimiento de varias contiendas por ambas partes, nació en 1570 a raíz de la excomulgación de Isabel I por parte del papa Pío V, el cual autorizó la desentronización y ejecución de Isabel. Este hecho no fue indiferente para Isabel, quien respondió a dicha autorización apoyando a los rebeldes protestantes de los Países Bajos, los cuales estaban bajo dominio de Felipe II, y respaldando a los piratas ingleses para que atacasen a los barcos españoles.

Por su parte, Felipe II emprendió una brillante estrategia: comenzó a conspirar con María Estuardo bajo el pretexto de una fe católica en común, para buscar el apoyo de la misma y poder así derrocar a su prima Isabel I del trono y, a cambio, le concedería el trono. Fue una gran estrategia, pues Felipe II no estaba dispuesto a llevar a cabo tal promesa, pero suponía afianzar una gran alianza para debilitar el poder de su adversaria Isabel I.

Isabel I, consciente de las intenciones de Su Católica Magestad, lleva a cabo una serie de acciones que supondrán una demostrada declaración de guerra contra quien pretendía destronarla. En un primer momento, comenzó con la expulsión de sus dominios del embajador español Bernardino de Mendoza en 1584, seguido del ataque a las costas gallegas con los barcos del corsario inglés Francis Drake en 1585, provocando las bajas de los clérigos y monjas de dicho lugar. Posteriormente, la reina ejecutaría a su rival al trono Maria Estuardo, debilitando el apoyo de Felipe II en sus dominios y evitando así cualquier posible derrocamiento. Y finalmente, en 1587 volverá a contar con la flota del corsario Francis Drake para saquear el puerto de Cádiz.

Desde este momento, y con el sufrimiento por tantas ofensivas aún latentes, el mayor objetivo del enfurecido rey Felipe II era invadir Inglaterra y culminar así con el reino que tantos agravios había causado a España. Esta inusitada misión le fue encomendada a dos grandes de España, al propio sobrino del rey, el duque de Parma, Alejandro Farnesio, y al Marqués de Santa Cruz. Fueron estas mismas celebridades quienes aconsejaron al rey terminar con la guerra contra los holandeses protestantes para hacerse con algunos puertos del norte de los Paises Bajos y poder así refugiarse del enemigo. Dicha propuesta fue rechazada por Felipe II, quien iracundo por las acometidas de Inglaterra, no realiza otra acción sino agilizar la partida de la Gran Armada.

Sin embargo, por querencias del destino, fallece el Marqués de Santa Cruz, sustituyéndole otro grande de España, el duque de Medina Sidonia, Alonso Pérez de Guzmán, quien no poseía experiencia militar. Por su parte, Isabel hizo lo propio llevando a cabo la modernización de su flota, mejorando la velocidad de la misma, convirtiéndose en un fuerte rival para la flota española.

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Alejandro Farnesio
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Marqués de Santa Cruz

Las nítidas órdenes del rey consistían en la navegación por el canal para posteriormente dirigirse a  Dover (Inglaterra), donde Alejandro Farnesio aguardaba con el Ejército de Flandes. Es en este momento cuando entra en escena la religión, pues estaba a cargo de la misma mantener el ánimo de todos los tripulantes a bordo, ya que sus feligreses se encaminaban a la guerra.

Durante el viaje se prohibieron las peleas, el juego, la compañía de damas, se cantaba el Ave María y La salve cada mañana y al anochecer. Además, el estandarte de la Armada como símbolo de cruzada -pues iban a luchar contra un reino contrario al catolicismo-, poseía en su parte inferior bordada la frase: Exurge, domine, et vindica causam tuam (Álzate, oh señor, y haz valer tu causa).

Quedando de este modo justificada la lucha, Felipe II alentaba el ánimo de sus exhaustas tropas diciendo: “Que a ser esta una guerra injusta pudiera tomarse esta tormenta por señal de la voluntad de nuestro señor para desistir de su offensa; más siendo tan justa como es, no se debe creer que le ha de desamparar, si no de favorecer mejor que se puede dessear”.

Además, al tratarse de una lucha por la defensa de la fe, el papa no se mostró impertérrito sino que, por el contrario, amparó dicha guerra concediendo gracias como el perdón de pecados a toda aquella persona que rezara por la victoria de la Gran Armada y comisionó la impresión de ejemplares que amparaban la contienda.

Dichos ejemplares portaban el título Admonición a la nobleza y al pueblo de Inglaterra e Irlanda, concerniente a las guerras actuales hechas para la ejecución de su sentencia de santidad, por el alto y poderoso rey católico de España, en los cuales se alentaba a los ingleses a rehusar de su reina a cambio de la protección de Felipe II y del propio Papa Pio V, y situándonos así en la tesitura con la que comenzabamos este artículo.

Nos hallamos en medio del Canal de La Mancha donde La Gran Armada, dispuesta a entrar en batalla con la flota inglesa, organiza su última y mejor estrategia de combate. Ambas flotas padecen las nefastas consecuencias de llevar semanas en liza. Era el momento definitivo, el momento donde se decidiría quién resultaría vencedor de la batalla, el momento en el que España contemplaba cómo se hundía en el fondo del mar el mayor sueño y motivo de orgullo de Felipe II. Una abrumadora derrota consecuencia de la presteza de los barcos de los ingleses frente a los latosos mercantes o galeones españoles.

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“Galeones españoles de la Gran Armada de 1588” por Cornelis Claesz

A esta ventajosa consecuencia para los ingleses, le podemos anexionar su mejor disposición para la batalla, pues escogieron a sus marineros con esmero y tuvieron una buena coordinación desde el comienzo hasta el final de la batalla. Y, asimismo, un aspecto que sin duda acrecentó la pérdida de la Felicísima Armada fue el armamento de la Armada Inglesa, pues ésta poseía cañones de largo alcance dispuestos a hacer añicos los cañones de medio y corto alcance que componían la Armada Española, y todo ello sin menester de poner en peligro a sus propios barcos.

Y finalmente, un aspecto que la Armada Española no contempló fueron los fenómenos naturales, los cuales resultaron ser su verdadero enemigo, pues el mar mostró su lado más violento, acarreando una gran tormenta que desgarraba las últimas esperanzas de los españoles, mientras los ingleses, acostumbrados a navegar bajo esas condiciones, veían una motivación más que les conduciría a la victoria.

Una animosa Armada de 130 barcos había partido desde Lisboa, de los que sólo regresó una decaída y desesperanzada parte compuesta de 67 barcos. Fue una pesarosa derrota que había acabado con la Gran Armada Española, deshaciendo en pedazos la moral de sus marineros. Felipe II, atormentado por la nefasta derrota, se veía en el deber de alentar a sus tropas abatidas por encima de la manifiesta realidad, por ello imperturbable en sus decisiones exclamó: “Doy gracias a Dios todopoderoso, por cuya magnanimidad estoy dotado de tal poder que, si quisiera, podría lanzar otra flota a los mares. No es de gran importancia el que un arroyo sea interceptado en su cauce, siempre y cuando la fuente de donde procede siga manando de manera inextinguible”.

 

Bibliografía recomendada:

PARKER G., MARTIN C., La gran armada 1588. Madrid, Ed. Planeta 1988

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