¿Debe ser nuestra vida la mártir de nuestros ideales?

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Uno de los episodios más famosos de la tortuosa amistad entre los dos filósofos más representativos de la Francia del siglo XX, Sartre y Camus, tiene a día de hoy una importante lección que contarnos. ¿Qué sucedió para que alguien como Camus, cuya afiliación ideológica nace y muere en la izquierda, fuera tachado por la intelectualidad comunista de la época como “enemigo del régimen” tras escribir El hombre rebelde?

El hombre rebelde supone una crítica a los totalitarismos, al error que se comete al poner la vida al servicio de ideas políticas. Por lo que Camus no dudó en tachar no solo el nazismo, sino el comunismo stalinista, lo que evidentemente le sirvió para convertirse en una víctima de la izquierda parisina. La diferencia entre los dos filósofos, que un día fueron amigos, se basó en las discrepancias de cómo ajustar la balanza de las ideas y la propia vida. ¿Qué pesa más? Sartre se convierte así en lo que Simone de Beauvoir denominaría el hombre serio, un hombre para el que la moral existe, pero en forma de creencia o de valor absoluto, un valor que evidentemente es objetivo. Hay algo fuera de nuestro mundo que es bueno por su esencia y lo éticamente correcto es que pongamos nuestra existencia al servicio de conseguir ese valor absoluto. Existe una objetividad moral que se puede convertir en una causa más importante que tu propia vida. De alguna manera Sartre se convertiría así en un medio para conseguir un fin, que en este caso sería el comunismo, y además esto implicaría que el arte o la literatura también deberían ser un medio para llegar a ese fin, por lo que El hombre rebelde sería como una especie de herejía contra su creencia política. Es decir, para Sartre, y para cualquiera que ponga por encima de su vida una creencia de cualquier tipo, darían igual las vidas que se perdieran si esto nos lleva hacia ese fin último y absoluto. Estaríamos así legitimando el asesinato o la tortura si esta nos lleva a alcanzar un fin que creemos incuestionable y perfecto.

Camus equilibrará la balanza de otro modo: la vida humana debe ser la primera, ante todo, ya que estos ideales no existen antes que nosotros, sino que son nuestras propias creaciones. Es como aquel hombre que siendo libre se crea a un dios que le impone la automutilación porque esto le llevará al “reino de los hombres buenos”. Es ridículo que seamos víctimas, oprimidos o tiranizados por algo que nace de nosotros mismos, nos estamos autoasesinando y autoesclavizando. El hombre rebelde es un grito contra la violencia y contra el utopismo político o de cualquier clase. No hay nada más valioso que nuestra propia vida, porque es nuestra vida la que sustentará las ideas que queramos imponer o proponer, y no al revés. Sin vida no hay ideas, y si no hay vida ni ideas no hay nada.

Este episodio que marcó el periódico Les temps modernes nos enseña cómo creamos idealizaciones utópicas autodestructivas y cómo hemos olvidado la crítica a la política. Lo llamo idealización utópica autodestructiva porque el firmar con nuestra vida el contrato de la afiliación política puede suponer nuestra propia muerte, si se llegara al caso tan radical de una guerra entre dos fuerzas ideológicas, como ya ha sucedido y, sobre todo, a la muerte de nuestra capacidad crítica sobre la política, pilar fundamental no solo de nuestra libertad de pensamiento, sino del avance histórico de los países y las sociedades. No existe, aunque no nos guste admitirlo, y más en estos tiempos que corren, una ideología perfecta que nos salve de todo y nos encumbre a todos. Por eso no debemos nunca olvidar la capacidad crítica, algo que, aunque sea un tema transversal, se está destruyendo a partir de disminuir la importancia de la Filosofía, ya que no interesa, nos prefieren como ovejas que como lobos. Estamos destruyendo la capacidad crítica sobre la política justo cuando más lo necesitamos, sometiéndonos a discursos populistas y demagógicos en vez de construir una mejor democracia. Debemos darnos cuenta que lo bello, lo que hace florecer la izquierda y lo que la hace avanzar, es la pluralidad de opiniones y partidos, que a su vez es un rasgo imprescindible de la democracia. No destruyamos por insensateces sensacionalistas que henchida nuestro pecho, como le pasó a Sartre, lo único que le permitió expulsar metafóricamente a Camus de las filas izquierdistas de la Francia del XX.

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