La entereza de una emperatriz

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1-isabel-de-portugal-esposa-de-carlos-v-retrato-de-tiziano-detalle-1548-600x600Isabel de Avís y Trastámara (Lisboa, 24 de octubre de 1503 – Toledo, 1 de mayo de 1539) fue la única esposa de Carlos de Austria, I de España y V del Sacro Imperio Romano-Germánico. Era hija del rey don Manuel I O venturoso de Portugal y de doña María de Aragón, hermana de doña Juana I de Castilla y Aragón y, por tanto, tía materna de Carlos I de España. Ambos contrayentes eran primos hermanos (necesitaron dispensa papal) y también nietos-herederos de los Reyes Católicos.

Isabel contrajo matrimonio con Carlos el 11 de marzo de 1526, en los magníficos Reales Alcázares de Sevilla, en lo que hoy conocemos como el Salón de Embajadores, y pasaron su romántica luna de miel en la Alhambra de Granada. A la sazón, Carlos ya era, aparte de rey español, emperador alemán (23 de octubre de 1520). Ello le obligó a ausentarse repetidamente de España, casi siempre combatiendo en nombre de la Pax christiana con infieles, enemigos políticos y disidentes religiosos: guerra contra los otomanos y berberiscos (1516-1541), sucesivos enfrentamientos, a veces mítico-caballerescos, contra su gran adversario el rey de Francia Francisco I (1494-1547) que continuó su hijo Enrique II, y finalmente la implacable lucha contra el Protestantismo de muchos príncipes alemanes. Durante estas continuas ausencias, Isabel tuvo que asumir tres prolongadas gobernaciones españolas (1529-1532, 1535-1536 y 1538-1539), amén de otras muchas más cortas, con tal acierto y tino que permitieron que el trono español permaneciera alejado de las perturbaciones imperialistas de su augusto esposo y que éste se consolidara definitivamente en la línea de un potente estado moderno bajo la dinastía de los Austrias.

No obstante, estas continuas soledades y el sobreesfuerzo como gobernadora y madre (siete embarazos), hicieron que la emperatriz, ya de naturaleza quebradiza, empeorara ostensiblemente en su salud, hasta el punto de no superar los treinta y cinco años de edad. Isabel ya había tenido dos complicados y seguidos alumbramientos en 1527 y 1528, los de Felipe y María, a los que se uniría Juana en 1535; pero también tuvo otros tantos fracasos natales en 1530, 1534 y 1538 (el infante Fernando, que vivió ocho meses, otro infante nacido muerto, el infante Juan con cinco meses); todos ellos sin que su esposo estuviera presente. Ante este difícil panorama, la joven y bella emperatriz tenía como único consuelo su estoica fe católica, lo que no impidió que fuera cayendo en una silenciosa depresión —melancolía se decía entonces— que se reflejaba en su rostro y en su mirada. A su mala salud anímica se le unió el lógico y cercano miedo a morir de sobreparto, que en aquellos tiempos afectaba desde la más humilde campesina a no pocas reinas.

Los nobles, los cortesanos, las damas más allegados se vieron en la responsabilidad moral de consolarla en lo que podían. De ahí, por ejemplo, que el obispo de Granada le mandase una misiva aconsejándole: “Acordarse Vuestra Majestad de la fuerza varonil que tuvo en casos de mucho aprieto y fatiga la Reina Católica [Isabel I], nuestra señora, vuestra abuela, de gloriosa memoria, que dejó a Vuestra Majestad su nombre y virtudes grandes por principal herencia”. Con ello pretendía no sólo animarla y ayudarle a salir de su tristeza, sino recordarle las muchas virtudes que como reina-emperatriz poseía, entre las que se hallaban su admirable fortaleza y su gran capacidad demostrada durante sus gobernaciones.

Con todo, en abril de 1539, tras acumular tanta aflicción por años de soledad, no pudo afrontar su último embarazo y dio a luz un hijo muerto después de un parto difícil, en el que no consintió gritar ni que se le viera su sufrimiento. Rápidamente supo que pronto acompañaría al difunto infante a la otra vida. La emperatriz, en todo momento consciente y resignada, decidió revisar su testamento ya con el consuelo de la presencia de Carlos y del jovencísimo príncipe Felipe, que quedarían con la responsabilidad de llevarlo a cabo. En efecto, Isabel moriría a los pocos días, el 1 de mayo, dejando a su esposo sumido en una profunda desolación y añoranza que sobrellevó amargamente en el cercano monasterio jerónimo de La Sisla, apartándose momentáneamente del poder como hizo al final de su vida en el de Yuste, prefigurando su último retiro.

Tras algo más de un mes, Carlos, como Isabel, tuvo que anteponer la más alta obligación al sentimiento y tuvo que volver a encargarse, entre otras, de su pesada herencia española, pues la reina propietaria, doña Juana, seguía viviendo y poseyendo los derechos dinásticos aunque estaba incapacitada, recluida en Tordesillas; y, sobre todo, había que ir preparando la complicada sucesión del futuro Felipe II. Y así fue: tras la muerte de su madre, la reina propietaria, en 1555, Carlos abdicó en su hijo Felipe la herencia española (incluida Italia) y la herencia borgoñona, mientras dejó el Imperio a su hermano, el castellano Fernando y a sus sucesores (Maximiliano II, que se había casado con su prima María de Austria). Como ya hemos indicado, se recluyó en el apartado cenobio de Yuste, donde vivió sus últimos meses ajustando cuentas con su redentor y, cómo no, rodeado de los retratos y los recuerdos de Isabel, entre ellos, el mismo crucifijo al que se había aferrado su esposa en vida y en el momento de su muerte. Felipe II levantaría el Palacio-Monasterio de El Escorial para volver a juntar a sus padres, según su deseo, en la eternidad.

 

Bibliografía

Alfredo ALVAR EZQUERRA, La Emperatriz. Isabel y Carlos V: Amor y gobierno en la corte española del Renacimiento (1503-1539). Madrid, 2012.

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