Arqueología en el arte

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Todos echamos la vista atrás en algún momento, ya sea por curiosidad, admiración, nostalgia… Esta reminiscencia por la antigüedad y sus restos materiales ganaron gran interés a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, durante el denominado Romanticismo, movimiento cultural que se desarrolló en Europa como contraposición y complemento al Neoclasicismo.

Mientras que el segundo aspiraba a restaurar el gusto por las normas del clasicismo grecorromano y la pintura académica, el primero tenía carácter peyorativo por exaltar al individuo, la libertad creativa, la fantasía y lo ilusorio, los sentimientos, la intuición y las pasiones. 1 Pero este romanticismo no surge solamente como reacción a lo clásico, sino que es resultado de los devenires y nuevos planteamientos que se van dando en esta etapa histórica, entre los que se pueden destacar el triunfo de la Revolución Francesa y llegada de Napoleón al gobierno, las ideas que este cambio de poder trajo consigo, los primeros pasos de la Revolución Industrial y la publicación del Manifiesto Comunista de Marx, entre otros.

Hubert Robert, La demolición de la Bastida, 1789, Musée Carnavalet, París. www.wozpartisana.info
Hubert Robert, La demolición de la Bastida, 1789, Musée Carnavalet, París.
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A finales del siglo XVII, Richard Lassels escribió: “Solo quien ha cumplido el Grand Tour de Francia y el viaje a Italia puede entender a César y Livio”. 2 La expresión Grand Tour se difundió rápidamente por toda Europa entre los círculos aristocráticos e intelectuales, pues hacía referencia al viaje necesario para completar la formación cultural que se sumaría a los estudios humanísticos ya obtenidos. Así, gracias a esas ansias de enriquecimiento cultural y a los grandes descubrimientos arqueológicos que tuvieron lugar, ese recorrido por Europa se fue ampliando, añadiendo sobre todo más ciudades italianas como Nápoles, las ruinas de Paestum y Sicilia.

Carlo Labruzzi, El Coliseo visto desde el Palatino, 1790, Palacio de Catalina, Tsàrskoie Seló, Pushkin. www.nonsempreoliosutela.blogspot.com.es
Carlo Labruzzi, El Coliseo visto desde el Palatino, 1790, Palacio de Catalina, Tsàrskoie Seló, Pushkin.
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Junto al nuevo gusto por viajar, comenzó la moda de llevarse un recuerdo de las ciudades visitadas o como hoy lo llamamos, hacerse con un souvenir. Los objetos más demandados eran retratos y vistas de lugares famosos en óleo, dibujo o grabado, lo que contribuyó al nacimiento de un mercado que daría muy buenos resultados, incluso para la circulación de falsificaciones.

Pero dentro de esas vedute o caprichos pueden distinguirse varios tipos: las que eran fruto de la observación de la realidad, otras que nacían únicamente de la imaginación y un tercer tipo llamado veduta ideate, que se basaba en la observación de la realidad pero insertando elementos imaginarios. Así, en 1759 el conde veneciano Algarotti escribió sobre una obra de Canaletto: “Nuevo género de pintura que consiste en elegir un sitio real y adornarlo después con bellos edificios, bien sea tomados de tal y cual lugar, bien sea realmente ideales”. 3

Joseph Michael Gandy, Boceto de John Soane como ruina, 1798, Sir John Soane´s Museum, Londres. www.etsavega.net
Joseph Michael Gandy, Boceto de John Soane como ruina, 1798, Sir John Soane´s Museum, Londres.
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Ese gusto por la ruina reflejaba un pasado grandioso y perdido que recupera el memento mori del siglo XVII, es decir, se reanuda la meditación sobre la caducidad del mundo; pero no solo a través de las representaciones de la misma, sino también mediante su inclusión en los retratos, puesto que otorgaba al aquí plasmado de mayor autoridad moral e intelectual. 4

Haremos un breve recorrido por la obra de algunos pintores que sirvieron de gran inspiración para los románticos venideros. En algunos se verá el gusto por la emoción devastadora que tendrá un peso inconmensurable en la mayor parte del siglo XIX, mientras que otros tenderán más a una belleza clásica y reglada.

De este modo, como principal artista de la última tendencia mencionada, los retratos, se puede destacar a Pomeo Batoni (1708-1787) que, junto a muchos otros artistas, fue preparando con sus pinturas lo que hoy conocemos como Romanticismo.

Giovanni Paolo Panini (1691-1765). Con gran fama internacional, Panini dedicó parte de su obra a representar los monumentos y la vida de Roma. Dotaba a sus obras de escenografías, logrando bellas vedute ideate.

Giovanni Paolo Panini, Profecía de la Sibila en las ruinas romanas, 1745-1750, Ermitage, San Petersburgo. www.aparences.net
Giovanni Paolo Panini, Profecía de la Sibila en las ruinas romanas, 1745-1750, Ermitage, San Petersburgo.
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Bernardo Belloto (1721-1780). Sobrino de Canaletto, pintó sus primeras obras siguiendo el estilo de su tío, pero tras varios viajes, adquirió mayor realismo e independencia.

Robert Adam (1728-1792). Realizó un minucioso estudio arqueológico sobre el palacio de Diocleciano, en Spalato, además de estudiar Pompeya y Herculano.

Hubert Robert (1733-1808). Concluyó su formación en Roma y definió su vocación por la veduta y el paisaje; de Panini, con quien colaboró, heredó el gusto por las ruinas pero creando un ambiente alrededor de las mismas.

Hubert Robert, El Pont, du Gard, 1787, Louvre, París. www.wikiart.org
Hubert Robert, El Pont, du Gard, 1787, Louvre, París.
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Jakob-Philipp Hackert (1737-1807). Entiende el paisaje como un teatro al aire libre con puntos de interés geológico y botánico. Incluye ruinas en sus obras pero sin connotaciones románticas; pinta desde un punto de vista objetivo.

Jakob-Philipp Hackert, Vistas de las excavaciones de Pompeya, 1792-1793, Stiftung Weimarer Klassik und Kunstammlungen. www.elpais.com
Jakob-Philipp Hackert, Vistas de las excavaciones de Pompeya, 1792-1793, Stiftung Weimarer Klassik und Kunstammlungen.
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Uno de los pintores que ya anuncia más claramente el conocido Romanticismo es Johan Heinrich Füssli (1741-1825). Su estilo, resultado del estudio del arte antiguo y moderno en Roma, no tuvo variaciones a lo largo de toda su carrera. Su obra ya apuntaba a lo que en el Romanticismo se denominará “sublime”.

Pierre-Henri de Valenciennes (1750-1819). Sus estancias en Roma fueron enriquecedoras: durante éstas se dedicó a representar el mismo escenario en diferentes momentos. Como muchos otros, conoció Nápoles, Sicilia, Stromboli, Pompeya y Paestum.

Pierre-Henri de Valenciennes, Ruinas en Villa Farnese, 1782-º784, Louvre, París. es.wahooart.com
Pierre-Henri de Valenciennes, Ruinas en Villa Farnese, 1782-º784, Louvre, París.
es.wahooart.com

No obstante, la pasión e interés por el pasado no solo se limitó a lo grecorromano, sino que también, como pasado más reciente, se añadieron edificios góticos derruidos, cuya apariencia darían paso al gusto por lo “pintoresco” y lo “sublime” y aumentando la sensibilidad por estas pinturas. 5

Ya dentro del Romanticismo propiamente dicho, dos de los mayores representantes de lo sublime fueron William Turner (1775-1871) y Caspar David Friedich (1774-1840). Este concepto alude a una belleza un tanto diferente a la que solían pintar hasta el momento, dejando a un lado la armonía y perfección. Tomando como base la teoría de Edmund Burke, se encarna en un mismo lienzo lo sublime, nacido como resultado de los sentimientos y pasiones, consecuencia de la unión del miedo y el dolor con el placer. Así, se toman como nuevos escenarios paisajes abruptos, tormentas, acantilados, naufragios y ruinas, ese inevitable paso del tiempo.

William Turner, La abadía de Tintern, 1794, British Museum. http://www.tate.org.uk/
William Turner, La abadía de Tintern, 1794, British Museum, Londres.
http://www.tate.org.uk/

Italia fue sin duda el centro de todo el movimiento cultural y artístico de los siglos XVIII y XIX, pero no por ello otros países dejaron de atraer el interés de los artistas. España, debido a su riqueza cultural, también fue foco de algunas representaciones. Así podemos destacar los múltiples retratos, estampas y efigies que se hicieron de algunos de sus escenarios. Artistas como Jenaro Pérez Villaamil (1807-1854) y Cecilio Pizarro (1825-1886), entre otros, dejaron plasmado el paso del tiempo de este país.

Jenaro Pérez Villamil, Interior de la iglesia de San Juan de los Reyes de Toledo, 1839. www.wikipedia.org
Jenaro Pérez Villamil, Interior de la iglesia de San Juan de los Reyes de Toledo, 1839.
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Cecilio Pizarro, Claustro de San Juan de los Reyes en Toledo, 1858. www.wikipedia.org
Cecilio Pizarro, Claustro de San Juan de los Reyes en Toledo, 1858.
www.wikipedia.org

El siglo XVIII y parte del XIX es la época en que el amor hacia el estudio del pasado y sus restos materiales comienza a cobrar fuerza. Muestra de estos primeros pasos en lo que hoy llamamos Arqueología. Por fortuna, actualmente se pueden localizar grandes hallazgos como Herculano (1738), Pompeya (1748) -que automáticamente se convirtió en una gran fuente de inspiración al conservar uno de los más ricos ciclos pictóricos de la Antigüedad-, Palmira (1753) y el de la ciudad de Baalbec (1757), logrando de esta manera abrir aún más las fronteras de lo conocido.

En definitiva, durante estos siglos se producen grandes innovaciones que se podrían resumir en la representación de multitud de testimonios que quedaron plasmados en pinturas y el asentamiento de las bases de una ciencia útil e independiente como es la Arqueología, que hoy nos ayuda a entender mejor de dónde venimos y cuál fue y sigue siendo nuestro largo recorrido.

Notas:

  1. Arnaldo, Javier (2000): El movimiento romántico, Historia 16, nº 28, Madrid.
  2. Tarabra, Daniela (2006): El siglo XVIII, Electa, Barcelona, p. 53.
  3. Tarabra, Daniela (2006): El siglo XVIII, Electa, Barcelona, p. 65.
  4. Ibídem.
  5. Honour, Hugh (1984): El Romanticismo, Alianza, Madrid.

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