El arte del horror

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Autores como Schopenhauer o Freud aseguraron que el ser humano se mueve en un complejo vaivén de retorno hacia el eros y el thanatos. Aunque nuestro ser se impulsa generalmente a la búsqueda de la vida, a la lucha por la superviviencia, tenemos una especie de tendencia masoquista que nos lleva a la autodestrucción. Esta autodestrucción, esa muerte, la oscuridad, la sombra de la desdicha, es como un abismo insalvable que nos devora constantemente y nos descubre que después del décimo círculo del infierno todavía quedan muchos más. Hay más muertes, hay más cadáveres descompuestos en extrañas posiciones que, aunque nos aterre, no podemos dejar de contemplarlos con los ojos velados por la hipocresía. Nos atraen los cuerpos mutilados, las mentes más enfermas, las neurosis del alma que desequilibran desde reyes a pintores. Nos atrae lo gore, lo bizarro, pero nunca nadie se atreve a decirlo en voz alta. Probablemente porque la sexualidad y la violencia forman en gran parte nuestra psique nos sentimos atraídos hacia la atrocidad, hacia lo oscuro. Y este tipo de impulso desmedido hacia la morbosidad insana no ha nacido en el siglo XX, no ha nacido con las películas de culto, ya estaba presente mucho antes en el arte que mejor llega a los hombres: la pintura.

Witkin, A day in the country.
Witkin, A day in the country.

Toda la obra de Witkin y las opiniones sobre él me ayudan para reflexionar sobre la frivolidad de nuestras mentes, que dejan en el olvido que ya todo estaba hecho antes de que nosotros llegáramos. Una lección importante que nos enseña es que no podemos perder de vista nuestra historia. Así, cuando descubrimos las terroríficas imágenes de Joel-Peter Witkin nos parece la quintaesencia de las obras más oscuras y, sin embargo, Witkin solo bebe de los afluentes más clásicos del Arte, como si estos procedieran de una especie de Castalia envenenada y podrida.

Witkin, Harvest, 1984.
Witkin, Harvest, 1984.

Uno de los periodos artísticos que mejor han reflejado el gusto por lo trágico, junto con el Romanticismo, ha sido el Barroco. El Barroco marcó un antes y un después en las pautas de las pinturas, convirtiéndose en la cara del negativo del neoclasicismo. Tachado por ser un arte defectuoso, un arte maloliente, podrido, alejado del canon de belleza clásica. En muchas ocasiones se salvó de las llamas y en otras fue llevado al infierno como si de brujas se trataran. La intelectualidad más clásica no podía comprender este tipo de pintura. Pareciera que estos artistas no pudieran mirarse dentro y descubrir su alma. La esencia de este arte es rechazar la serenidad y el equilibrio para poder encontrar la pasión, las emociones más humanas que, aunque viciado por completo por una perspectiva absolutamente religiosa, encuentra su conexión con el hombre, ya que es un arte que no se dirige al intelecto sino a los sentidos.

Se abre con Caravaggio no solo el visible triunfo de la Iglesia católica, sino unas nuevas pautas artísticas que conocemos con el nombre de naturalismo. Caravaggio crea un lenguaje donde se enfrenta de forma descarnada a la realidad, sus cuadros y los cuadros de todos los que le siguieron, se plagan de harapientos, desdentados, enfermos… Las clases sociales más pobres toman el poder y las luces contrastadas crean los efectos necesarios para construir una atmósfera de oscuridad.

Caravaggio, detalle de El sacrificio de Isaac, 1598
Caravaggio, detalle de El sacrificio de Isaac, 1598.
Ribera, La mujer barbuda, 1631.
Ribera, La mujer barbuda, 1631.

Inmersos en la cultura barroca, y concretamente en la hispana, nacen otro tipo de naturalezas muertas que sumidas en la filosofía del estoicismo, muestran una imagen brutal y arrolladora del poco sentido que tiene el poder, la juventud o el dinero en una vida y en un mundo efímero, las vanitas. Juan Valdés, el pintor de los muertos, será uno de los mejores representantes de este género. Su obra más cruda y realista es la titulada con el nombre en latín de Finis gloriae mundi. Su representación es brutal y su mensaje descarnado alarmante y provocador para su tiempo. En un osario descansa un príncipe de la Iglesia, la mitra papal aún corona su calavera, mientras cucarachas y gusanos salen ya de su cuerpo en descomposición. Mientras, la mano de Dios sostiene la balanza de las virtudes y los vicios a la vez que nos recuerda “ni más de uno, ni menos de otro”.

Juan Valdés, Finis gloriae mundi, 1672.
Juan Valdés, Finis gloriae mundi, 1672.

No podemos dejar de hacer una referencia a la obra de el Bosco que, sumergido en el ocaso de la supuesta oscuridad del medioevo, sus pinturas supusieron un choque brutal, una desinhibición artística hasta antes nunca vista, tal vez el reflejo de una mente enferma o de un loco sectario. El Bosco abre una puerta a los paraísos más infernales. Sus pinturas no se exponen para divertirnos, sino para advertirnos de la realidad del mundo, de la esencia misma del hombre que se consume entre orgías, dolor, muerte, depravación, deseo de poder y arquitecturas de extrañas formas que auguran la llegada del Juicio Final.

El Bosco, El jardín de las delicias, 1503-1515.
El Bosco, El jardín de las delicias, 1503-1515.

Las obras de Witkins, además de las obras surrealistas de Dalí, también muestran una cierta reminiscencia artística del milanés Arcimboldo, cuyas construcciones manieristas de los rostros humanos a partir de frutas y verduras supusieron las primeras imágenes dobles de la Historia del Arte y una de las grandes mentes cuya imaginación desbordaba la realidad imperante.

Arcimboldo, Winter, 1573.
Arcimboldo, Winter, 1573.

El Romanticismo, a través de su estética de lo sublime, entendido como todo aquello que nos aterra pero que a la vez, inevitablemente nos atrae, fue probablemente el arte que más en consonancia está con las fotografías de Witkin. El Romanticismo plagó de monstruos y fantasmas no solo la literatura, sino también el propio arte. El suicidio como fin absoluto instaurado por el joven Werther marcó de lleno una sensibilidad única en la historia, que se intentó encontrar en el Barroco, pero que las vías más inquisitoriales taponaban. El Romanticismo es el canto a los sentidos. Tenemos miles de ejemplos, pero nosotros nos quedaremos con la curiosa contrapartida que supusieron las sátiras de Alenza y sus suicidas y cadavéricos personajes.

Alenza, Sátira del suicidio por amor, 1839.
Alenza, Sátira del suicidio por amor, 1839.

Y por último, las vanguardias. El arte nacido del más puro horror humano: la guerra. El Expresionismo alemán, creación que brota de los cuerpos mutilados por una forma no humana de batallar, de la desesperación general de Europa, de la renuncia a creer en el hombre y, por tanto, a la belleza de sus formas. Un arte que se anticipaba a una era aún peor. ¿Qué podríamos esperar de un siglo que fue capaz de rodar una película como Johnny cogió su fusil? Se renunció así a la belleza en aras de la subjetividad y la emotividad, ya que no hay belleza que no esté ligada a la más repugnante fealdad y viceversa.

Kirchner, Cinco mujeres en la calle, 1915.
Kirchner, Cinco mujeres en la calle, 1915.

Cada vez que veamos las fotografías de Witkin no debemos pensar que es un autor que solo busca llamar la atención a través de lo obsceno y lo macabro, debemos ver en sus fotos una reflexión del arte, no solo por sus referencias directas a obras concretas, sino porque lo macabro, lo oscuro, la descomposición, no forma solo parte de una época en concreto, de un autor loco o de un periodo artístico nacido del horror. La muerte es la sublimación más pura de la vida. No debemos huir, ni girar la cara de manera hipócrita mientras descorremos un poco los párpados para ver qué se nos enseña. Lo más terrorífico, las formas más crueles, forman tanto de nosotros y, tal vez, incluso más que la belleza y la verdad. Comprendamos que la muerte y lo grotesco no es la otra cara de la moneda de la vida sino la misma vida.

Witkin, El beso, 1982.
Witkin, El beso, 1982.

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