Un sueño hecho pedazos: El Palacio del Buen Retiro

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A veces sucede que caprichosamente la Historia sentencia la muerte de proyectos reales de aquellos monarcas que pretendían dejar una huella dorada para ser recordados por la eternidad. Así sucedió también con el desaparecido Palacio del Buen Retiro, de grandes aspiraciones que se vieron truncadas por el devenir de los siglos, al desaparecer definitivamente en el siglo XIX.

Nacimiento y organización del proyecto

Retrato de Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, Diego de Velázquez
Retrato de Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. 1634. Óleo sobre lienzo, 313 x 239 cm. Museo del Prado, Madrid. (Fuente: Wikimmedia).

Curiosamente, el Palacio del Buen Retiro comenzaría por una expansión planificada para el monasterio de San Jerónimo. Sin embargo, se despertó en el Austria menor Felipe IV (1605-1665) un sentimiento de autoridad que le llevó a construir un fastuoso palacio que demostrase su enorme potencial político. No obstante, las riendas del proyecto acabarían en manos del Conde Duque de Olivares (1587-1645), valido que organizaría escrupulosamente cada detalle de la construcción, hasta el punto de vigilar personalmente sus fases e informar periódicamente al rey de lo relativo a su nuevo palacio.

Así pues, el Conde Duque de Olivares dispuso como maestro de obras a Antonio Carbonel, encargado de la construcción y dirección del edificio. Nombraría además a una serie de contratistas que calculaban el coste de construcción en función de los plazos de construcción acordados, y que obedecieran al presupuesto disponible, produciendo así un margen de beneficio tras finalizar su labor. La tarea de obtener los materiales necesarios para la construcción se encomendó a los tenedores de materiales, que visitaban localidades cercanas buscando fuentes de recursos disponibles para satisfacer la demanda del Palacio, encontrándose entre estas Añover del Tajo (ladrillo) y Guadarrama (madera y cantería). Por debajo de ellos se situarían los oficiales y los peones, dedicados exclusivamente al trabajo de brazos, pagados con un salario inferior en relación a su jornada laboral. 1

Ubicación en Madrid. Estructura del Palacio

Aunque fuese un espacio dedicado a la vida cortesana, en realidad el Palacio del Buen Retiro se erigió frente al Paseo del Prado, una calle muy transitada de Madrid, abarcando el terreno que quedaba entre la Puerta de Alcalá y Atocha. No muy lejos de allí, quedaría el Alcázar, donde residían habitualmente los monarcas. Una vez finalizado el proyecto del Conde Duque de Olivares, se designaría a cada edificio una función específica: el Alcázar serviría como el centro de gobierno mientras que el nuevo se convertiría en un espacio lúdico, donde tendrían lugar espectáculos, fiestas y dramatizaciones. Contaría además con dos ermitas en las que se celebrarían los oficios religiosos. 2

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Plano del Palacio del Buen Retiro. Extraído de “Un Palacio para el Rey”, p. 114.

Pasemos a estudiar la planta del conjunto. Observamos un enorme patio en el que concurrían los festejos reales y en torno al cual se organizan diversas dependencias de carácter lúdico: se apreciaría el gusto del monarca por el arte en la presencia de una sala de paisaje (3) y el Salón de Reinos (4), que reunía una magnífica colección compuesta de la serie de Los diez trabajos de Hércules de Zurbarán (1598-1664), la Recuperación de Bahía de todos los santos de Maíno, o los impresionantes retratos ecuestres de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660). También localizamos un teatro (6), en el que llegaron a representarse obras de dramaturgos tan importantes como Lope de Vega (1562-1635) o Calderón de la Barca (1600-1681), y un salón de Saraos o ‘Casón’ (7). En torno a los jardines se sitúan las dependencias de la Reina (8) y el Príncipe (9), mientras que el Rey poseía un pequeño patio para sí mismo (2). 3

Financiación del proyecto

Lógicamente, un proyecto de tamañas dimensiones, distaba de ser económico en absoluto y la Corona debía encontrar fuentes de ingresos que pudieran satisfacer la demanda de aquel colosal palacio. 4 Podría decirse que el Conde Duque de Olivares intentaría beneficiarse de sus amistades y personajes allegados. El conde de Castrillo vendería efectos en las Indias con los que obtendría un inmobiliario para la decoración del Retiro valorada en 226.000 ducados aproximadamente. El protonotario Villanueva desembolsó 10.000 ducados también para el inmobiliario pero, además, organizaría una venta de cargos públicos y recogería el rendimiento de beneficios eclesiásticos vacantes que terminarían acumulando unos 270.000 ducados.

Otro de los astutos recursos que Villanueva maquinó para obtener ingresos consistió en vender el espacio de la Plaza Principal de Madrid, en 1633, para recaudar fondos destinados a su construcción: distintas corporaciones podían adquirir ese espacio siempre que asumieran los costes de construcción. Lo que convertía esta venta en un rentable negocio no era el espacio propiamente dicho, sino la oportunidad que se ofrecía a los colaboradores de ser partícipes de la obra real, con el consiguiente prestigio que ello conlleva. Así derivó en una pugna entre los distintos consejos por ver quién se convertía en el mejor postor.

La Corona exigió que los costes del Retiro no empleasen bajo ningún concepto el dinero de los tributos ordinarios, de forma que no pagasen los pobres aquel lujo. Sin embargo, los recursos anteriores resultaron ser insuficientes para abarcar todo el coste, por lo que fue inevitable que cargasen con el proyecto a sus espaldas. Ello se tradujo en la venta de cargos y bienes adscritos a los territorios de la Corona o en la imposición de una subida en el Impuesto de Consumos de Madrid. Se calcula que el total invertido alcanzaría unos 2.500.000 ducados, teniendo en cuenta que la diversidad de fuentes de ingresos dificulta la labor de realizar un cálculo preciso.

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Retrato de Francisco de Quevedo. Atribuido a Juan Van Der Hammen. Óleo sobre lienzo, 48 x 60.5 cm (con marco). Instituto Valencia de Don Juan, Madrid. (Fuente: Wikimmedia).

La preciada residencia lúdica del monarca fue objeto de numerosas críticas en Madrid, algo totalmente comprensible, puesto que España se hallaba inmersa todavía en un periodo de guerras que absorbía una enorme cantidad de los tributos que sustentaban las arcas de la Corona. 5 El padre Ocaña fue desterrado de la Corte por someter a la población al yugo de impuestos innecesarios. También ilustró Quevedo (1580-1645) ese recelo en estos versos:

No es buena ocasión/ que cuando hay tantos desastres/ hagas brotar fuentes de agua […] andes haciendo retiros/ y no haciendo soledades. 6

No obstante, también hubo quien brindó por el éxito de la obra. 7 Diego de Covarrubias y Leiva, en 1635, lo aclamaría como “Augusto nido”, mientras que Lope de Vega escribió un soneto en el que se asombraba de la extraordinaria rapidez con la que fue levantada. Incluso Calderón de la Barca incluyó estos versos para una obra teatral, El nuevo Palacio del Retiro, por la fiesta del Corpus Christi:

Este campo que poblado/ hoy de fábricas se ve/ nada pulido era entonces/ tan informe al parecer que no lo hiciera tratable/ sino el supremo pincel/ que corrió desde la idea/ del primer ser sin ser/ rasgos de su omnipotencia/ y líneas de su poder.

Tras la Guerra de la Independencia (1808-1814), el Palacio del Buen Retiro quedó completamente destruido, deshaciéndose así los lujos y placeres en los que se había envuelto la corte ocultándose entre sus jardines. Quizás para los madrileños resultase una pesada carga, sentir que se vaciaban sus bolsillos para alimentar aquel caprichoso paraje, pero tuvieron el privilegio de verlo con sus propios ojos, mientras que nosotros reconstruímos los pedazos de la Historia, y nuestra mente reconstruye a través de ellos lo que ya no es más que un sueño.

Notas:

  1. J. Brown, J.H. Elliot, Un palacio para el Rey: El Buen Retiro y la corte de Felipe IV, Madrid, Alianza Editorial, 1981, pp. 94 – 97.
  2. Antonio Bonet Correa, “El Palacio y los Jardines del Buen Retiro”, Militaria: revista de cultura militar, 9 (1997), pp. 19 – 20.
  3. J.J. Martín González, Historia del Arte. Volumen II, Madrid, Gredos, 1982, p. 210.
  4. J. Brown, J.H. Elliot, Un palacio…, pp. 101 – 109.
  5. España intervino en la Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648) con el propósito de defender sus posesiones territoriales en el norte de Europa, especialmente de una ofensiva francesa. Sin embargo, la superioridad de Francia la obligó a firmar la Paz de Westfalia (1648), reconociendo a los Países Bajos como un territorio independiente de la Monarquía hispánica. Para ampliar el contexto europeo, puede consultar la siguiente referencia bibliográfica: P. Molas; J. Bada; E. Escartín; F. Sánchez Marcos; V. Gual y A. Martínez, Manual de historia moderna, Barcelona, 2011.
  6. Antonio Bonet Correa, “El Palacio y los Jardines…”, p. 21.
  7. Ibidem.

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