‘Persépolis’, la otra cara del Guernica

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Persépolis es una excusa y una alegoría directa al Guernica de Picasso. En 1936, una guerra civil arrasó la España del siglo XX. Mientras, otras bombas, las bombas de la vergüenza, empezaban a amontonarse en el corazón de Europa. En España se fraguaba una guerra de corte privado. Autores vanguardistas como Miró o Picasso observaban desde sus posicionamientos intelectuales, y a la vez comunistas, cómo poco a poco un gran país iba cayendo en las garras de la dictadura. La muerte arrasaba todo. La desesperación fue total. Los únicos focos de luz que pudieron alumbrar por un momento la esperanza ya perdida de los españoles fueron las dos repúblicas que se vieron ensombrecidas por un caótico vaivén de intenciones políticas. Mientras tanto, coincidiendo con el gobierno de la II República, París decidió hacer una gran exposición, la exposición que mostrara el progreso, ese mismo progreso que después nos condenaría a todos. Fue en este momento cuando Largo Caballero vio una oportunidad perfecta para mostrar los desastres de la guerra propia y pedir ayuda a un Occidente nada misericordioso que todavía se lamía las heridas. Para la decoración del pabellón se llamó a Picasso, el cual pasó unos meses mientras se planteaba qué podría pintar. Y fue el fuego del horror, el fuego de las bombas cayendo sobre Guernica, lo que prendió la mecha que haría saltar la imaginación de Picasso para representar su obra maestra: el Guernica.

Cuarenta y tres años después, Irán vive una orogénesis política que lleva al poder al radicalismo islámico. Nada de música, nada de libertad sexual, política o de pensamiento. Todo queda restringido bajo la opresiva mirada de los radicales que hacen una doble lectura del Corán retrógrada y machista. Mientras tanto una niña, Marjane Satrapi, va guardando en su memoria, como convirtiéndose en una reportera de guerra, todo lo que sucede en su país. Marjane quedó tan impresionada por el momento histórico que le tocó vivir que decidió unos años después convertir su vida y su país en una historieta de cómic.

Así tenemos: dos artistas, dos situaciones políticas opresivas y destructivas y un único fin: la denuncia. Picasso en el momento que pinta el Guernica no está retratando a la población vizcaína. Está retratando el terror de la guerra, la sinrazón, el dolor, la pérdida de los seres queridos, la desesperación total y absoluta. Para que la obra fuera aún más impactante no se usó color, teniendo en cuenta que en la pintura solo se le consideran colores al rojo, al amarillo y al azul. Marjane, por su parte, decide escribir Persépolis. No usa el color en los momentos en los que la protagonista está en Irán y sí lo usa cuando está en París. Cuando cierras el libro y cuando la película se termina, en tu cabeza no queda una proyección de imágenes representativas sobre la guerra que se vivió en Irán sino un grito de guerra, como una especie de alegoría a la libertad guiando al pueblo que dice no a la religión y los gobiernos de corte dictatorial.

Persépolis se convierte en una muestra constante del daño terrible que las religiones pueden tener para la sociedad. No es solo una crítica a la religión musulmana, es una crítica a todo aquello, que como diría Simone de Beauvoir, nos hace convertirnos en hombres serios. Los hombres serios convierten un ideal en un fin último que legitima cualquier acto que ataque a la moral o a la humanidad. Esto es lo que le sucedió a Irán, pero esto también es lo que le sucedió a la Francia de Robespierre o a la Rusia de Stalin. Las teorías políticas y/o religiosas que se instauran como fines únicos llevan a un único fin, llevan al fin último.

Así, el Guernica y Persépolis se convierten en unas imágenes especulares que se apoyan en los pilares de la denuncia contra la violencia y la importancia de una sociedad libre, tanto política como religiosamente.

Aunque la obra esté escrita por una iraní, ésta denota por todos sus poros un rechazo total a la religión musulmana y a las sociedades no democráticas. Marjane y Vincent Paronnaud llevan en su alma el recuerdo de esa lucha por la igualdad, la fraternidad y la libertad que tanto le costó a Europa conseguir, y no pueden comprender que en el siglo XXI haya países que tengan que sufrir regímenes dictatoriales u opresivas formas de religión. Todo este apoyo hacia Occidente como ejemplo a seguir para otros países, que casi podríamos considerar tercermundistas, se muestra de una forma muy simple en los dibujos. Irán, blanco y negro. París, lleno de color. Porque desgraciadamente, hoy en día, sigue habiendo muchos Persépolis.

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