Las lecciones de una crisis

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Lo leí hace poco. Durante una conversación con un amigo sobre la gestión de las crisis me recomendó su lectura y me aconsejó que pusiera especial atención en el comportamiento de los principales asesores militares del entonces presidente Kennedy y en las decisiones adoptadas por éste. Lo busqué y me hice con una primera edición de 1968 que, como todo lo bueno, se hizo esperar debido a una huelga de carteros.

Había visto la película y conocía el hecho histórico a grandes rasgos, claro, pero la lectura de esta recopilación de los acontecimientos que se sucedieron entre el 17 y el 28 de octubre de 1962 me aportó la visión interna de la gestión de esta crisis que, realmente, nos mantuvo a las puertas de un holocausto nuclear, en plena Guerra Fría.

Escrito por el hermano del presidente, Robert, entonces fiscal general y sobre todo su asesor más cercano, nos acerca a ese grupo de personas que analizaron, aconsejaron y propusieron decisiones porque, decidir, solamente decidía una persona.

La crisis de los misiles de Cuba fue un endiablado encaje de bolillos en el que, como casi siempre, los comportamientos personales tuvieron una gran relevancia. La empatía, la prudencia, contar con varias alternativas, conseguir que a tu alrededor haya distintas opiniones y, por lo tanto, distintos puntos de vista, así como tener acceso a información de la mayor calidad posible, no siempre factible, hicieron de esta crisis un ejemplo y un campo de práctica real. Se aprendió mucho de este acontecimiento y el libro de Robert Kennedy ayudó y ayudará a quienes tienen que enfrentarse a crisis, de cualquier estilo, y a ponerse al frente de ellas de la mejor manera posible.13dias

Pero si me han llamado la atención varios elementos de esta narración, sobre todos ellos me quedo con uno, repetido varias veces por Robert a lo largo de sus escasas 120 páginas, que se hacen cortísimas, y que se refiere a la decisión de permitir que la contraparte no se sienta acorralada y empujada a la acción sin remedio, evitando que se sienta humillada y sí inclinada a buscar una salida mutuamente aceptable.

Dice Robert Kennedy en las últimas páginas: “La última lección de la crisis cubana de los misiles estriba en la importancia que tiene para nosotros el sabernos colocar en el lugar del otro país (…) el empeño de no irritar a Kruschev, de no humillar a la Unión Soviética, de que no se sintieran obligados a una escalada en su respuesta (…) Estas y muchas otras medidas fueron tomadas con el fin de aumentar la presión sobre la Unión Soviética, pero sin humillarla públicamente”. La clave estuvo en dejarle ver que existía una salida honrosa beneficiosa para todos, aunque la presión militar y política siguiera en aumento, como así fue.

La realidad supera a la ficción y en este caso no podía ser menos. Diplomáticos, servicios de inteligencia, periodistas metidos involuntariamente a intermediarios entre potencias, consejeros políticos y militares y, en el centro, un presidente que ya había pasado por una crisis un año antes, en Berlín, cuando se erigió el muro que separó irremediablemente la capital alemana en dos partes y luego Europa.

Aunque durante esta crisis solamente fue ostensiblemente visible el bloqueo naval a la isla llevado a cabo por la marina de guerra norteamericana, en realidad estuvo preparada la invasión de Cuba a cargo de un fuerte contingente de ‘marines’ con el adecuado apoyo aéreo, también el ataque aéreo a las bases de misiles soviéticos con el fin de inutilizarlas en tierra, incluso se barajó un ataque nuclear limitado y preventivo. Solo la primera de estas acciones se llevó a cabo, pese a las constantes recomendaciones que recibió de tomar la iniciativa militar ante los que se entendían como continuos engaños por parte del primer mandatario soviético.

Al final, los hermanos Kennedy reflexionaron sobre la importancia “de una dirección y un control civiles y la importancia de poner en tela de juicio las recomendaciones militares”. Lo militarista no siempre está representado por el estamento militar. En este caso sí fue así, pero en las décadas siguientes, ejemplos hemos tenido de que ese comportamiento vestía de civil y ocupaba el Despacho Oval.

Contar, sin embargo, con los instrumentos necesarios para ejecutar las órdenes una vez adoptadas sin réplica posible es, sin lugar a dudas, una de las claves del éxito de cualquier gestión de crisis. Le salió bien al presidente Kennedy, se la jugó, pero igual pudo salir mal. Ahí, y no en otro sitio, está la diferencia entre un líder y alguien que no lo es. Alguien cuyo destino es, llegado el caso, tomar una decisión que afectará de forma definitiva al futuro de tu país o de toda la humanidad.

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Periodista. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense. Master en Paz, Seguridad y Defensa por el Instituto Universitario "General Gutiérrez Mellado". Profesor Honorario de la Universidad de Cádiz. Miembro de ADESyD

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