‘El miedo a la libertad’

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Aunque no lo creamos, desde el principio de la historia, hemos sido dependientes de los totalitarismos históricos y sociales que se han ido sucediendo. Un gran ejemplo de ello ha sido la dependencia casi mística que hasta día de hoy todavía mantenemos hacia la religión. Pero, ¿qué explica que psicológicamente seamos dependientes de este tipo de estructuras políticas? ¿Por qué seríamos capaces de abogar antes por un estado totalitario que por un estado democrático? Probablemente estas fueran las preguntas que Popper se hizo antes de escribir La sociedad abierta y sus enemigos, mientras miraba a una Alemania que había sucumbido bajo el yugo asesino del nacionalsocialismo, ya fuera mediante un pucherazo o no, o a la Rusia de Stalin que se adentraba en el terror del comunismo más rojo.

Para comprender la necesidad humana de los totalitarismos debemos reflexionar primero sobre la libertad y lo que esta supone para nosotros. La conciencia de libertad, decía Sartre, produce angustia, ya que esta se convierte en sinónimo de responsabilidad. Esta libertad sartriana nos muestra que ni las personas ni los objetos o situaciones pasadas o futuras pueden atarnos. Ante todas ellas, lo queramos o no, podemos elegir con libertad cómo reaccionar, ya que, decía Sartre, entre nosotros, que somos la conciencia, y el hecho, hay una nada que es lo que nos da margen para poder actuar con total libertad. Así descubrimos que toda nuestra vida gira únicamente sobre nuestras propias decisiones. No tenemos excusa para justificar lo que nos pasa sino es el hecho de que nosotros hemos elegido haber llegado hasta ahí. Pero, ¿cómo podemos acabar con esa angustia que nos aprisiona por ser conocedores de nuestra propia libertad? A través de lo que Sartre llamaba “mala fe”. La mala fe se convierte en el autoengaño que esconde nuestra libertad, pero esta no tiene por qué ser del todo mala. Pongamos dos ejemplos: los hábitos que nos autoimponemos de estar obligados a levantarnos a una determinada hora para ir a trabajar son casos de mala fe, ya que en realidad nadie nos obliga a levantarnos a esa hora, somos libres, pero dentro de nuestra libertad hemos decidido que lo mejor para vivir es seguir los horarios establecidos, por lo que a estos los vemos como una obligación. Pero si ponemos otro ejemplo, veremos cómo la mala fe también oculta la responsabilidad de actos terribles que sabemos que son malos y no queríamos cometer. Matar por un ideal político o religioso, pongamos el caso bíblico de Abraham. Abraham casi mata a su hijo porque Dios se lo ordena, pero Abraham, ante esa voz de Dios que le insta a matar, podría haberla interpretado como la voz del diablo porque Dios no hace el mal, o desde su libertad, decidir que matar a una persona está mal y por lo tanto no debemos hacerlo. Pero es evidente que si Abraham hubiera terminado matando a su hijo habría justificado su acto, no aceptando el hecho de que él desde su libertad decidió hacerlo, sino porque Dios le obligó a ello.

Estos casos de enfrentarnos a nuestra libertad y a la responsabilidad de nuestras acciones, llevan al hombre a preferir la seguridad de un régimen al que poder entregar la libertad de un pueblo que huye de la angustia y prefiere, podríamos decir, echar balones fuera.

La segunda razón, decía Popper, de preferir regímenes totalitarios es el hecho de la seguridad. La seguridad y el miedo son las dos caras de una misma moneda, cada una anula a la otra. Universalmente el hombre ha tenido miedo a lo desconocido. Este miedo a lo desconocido no solo ha sido combatido con la ciencia, sino también con la magia y con las utopías. Esa ciencia surge del pensamiento crítico que trae consigo una tensión en la civilización que produce una insatisfacción psicológica. Lo que sucede es que las democracias funcionan como el método científico. Cada partido expone su propia proposición universal, a la cual considera puramente verdadera, pero la capacidad de confrontación entre las distintas proposiciones de los partidos nos hace avanzar, ya que con cada contrapartida nos vamos dando cuenta que todo lo universal es falsable, y así cuantos más falsos obtengamos a partir de la confrontación de ideas podremos llegar a un mejor gobierno. Pero el simple hecho de mostrar a toda una población que ni la ciencia puede darnos verdades absolutas produce esa sensación de miedo a lo desconocido, a lo que pasará. Así muchas veces preferimos lanzarnos a los totalitarismos, los cuales se posicionan desde dos perspectivas. Por un lado, la perspectiva conservadora de que el pasado fue mejor y por ello debemos volver a esa sociedad ideal. O una perspectiva reaccionaria, la de utopizar el futuro, creando un modelo atractivo para una sociedad que nos dará pie a cometer crímenes en aras de la revolución.

El problema es que cuantas mayores sean tus inquietudes culturales más conscientes seremos de que no sabemos nada seguro. Así que, ¿qué debemos hacer para evitar entrar en el juego de los totalitarismos? Debemos reconocer nuestras limitaciones científicas, vernos como esa imagen de Kant del hombre que camina por la oscuridad con una sola vela que no satisface su campo visual. La democracia es esa vela que, aunque solo sea levemente, nos guía. Apagar la vela sería caer en las garras de los totalitarismos.

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