Un pobre legado

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Viñeta de Paco Catalán dedicada al oso polar Arturo
Viñeta de Paco Catalán dedicada al oso polar Arturo

En las últimas semanas hemos visto cómo el debate sobre los zoológicos se abría con fuerza tras la muerte del conocido como el oso polar más triste del mundo, Arturo. Ha habido voces que han criticado con fuerza los zoológicos, pero también la posición que el ser humano tiene respecto a la naturaleza. Por otro lado, algunos especialistas han explicado que este tipo de establecimiento tiene una finalidad científica y de conservación de especies.

Sin embargo, hay algunas ideas generales que podemos exponer acerca de la conservación y la mano humana en el medio ambiente, y que tienen como intención servir al debate establecido. Debemos comenzar destacando que las personas hemos tomado un papel ambiental que es, en gran medida, contradictorio. Por un lado, dejamos una huella muy evidente en el medio ambiente a través de la contaminación, la sobreexplotación de la tierra con cultivos intensivos y de los mares con una pesca desproporcionada; pero también con la cría de especies para el consumo humano en unas condiciones deplorables y la tala de árboles en los mayores pulmones del planeta. Por otro, consideramos que no lo estamos haciendo bien, y decidimos emprender acciones que contribuyan a revertir el daño ocasionado. De ahí que, por ejemplo, se creen reservas donde conservar especies que se irán extinguiendo inevitablemente por la mano humana.

En definitiva, el planeta en el que vivimos se ha convertido en una fábrica que sirve casi en exclusiva a una sola de sus especies animales, el homo sapiens sapiens. En un sentido religioso, encontramos una famosa cita de la Biblia, concretamente en Génesis 1:26, donde se especifica que Dios habría afirmado que el hombre estaba hecho a su semejanza, y dominaría sobre todas las especies animales de la tierra. Este versículo es, quizá, origen de muchas de las controversias sobre el trato de los humanos hacia los animales. Normalmente, ha tenido la siguiente interpretación: el ser humano está por encima de todas las especies y, por tanto, puede hacer con ellas lo que se les antoja. Pero no es la única posible, ya que también podríamos coincidir en que tal dominio de los humanos sobre las demás especies implica un sentido de responsabilidad sobre ellas, es decir, una actuación ética sobre ellas.

Esta no es una invitación a dejar de comer animales. Esto forma parte de un debate diferente. Pero sí parece evidente que habrá que definir con precisión leyes que impidan un sufrimiento en los animales criados para el sector alimentario —es decir, que vivan de un modo confortable y tengan una muerte sin dolor ni estrés— y, sin duda, se eliminen los espectáculos y fiestas en las que animales sufran o alcancen la muerte. No se trata sólo de un planteamiento teológico, sino más bien filosófico, y que denota el profundo respeto por las demás formas de vida de la tierra, y que más bien persigue una vida en cierta armonía —al menos, en la medida de lo posible—, y con la menor invasión por parte de los humanos en el resto de animales y entornos.

Quizá esto parezca una exageración. Pero el autor Yuval Noah Harari, en su ensayo De animales a dioses, proporcionaba datos acerca de los cada vez más escasos animales salvajes. Dice que la masa combinada de los 7.000 millones de sapiens es de 300 millones de toneladas. El de los animales de granja es de 700 millones de toneladas. Sin embargo, la de todos los grandes animales salvajes («desde puercoespines y pájaros a elefantes y ballenas») no llega a 100 millones de toneladas. Además, explica cómo el homo sapiens ha contribuido a lo largo de su historia —desde su estadios más primitivos— a la desaparición de especies debido a una feroz depredación. De manera que habría que plantearse de una manera muy seria si podemos poner nuestra inteligencia a trabajar y a crear una relación más saludable con el entorno natural. Lo que, además, seguro que ayuda a nuestra propia pervivencia.

En cualquier caso, parece utópico que seamos capaces de crear un mundo mejor, cuando los enfrentamientos entre humanos son numerosos y a gran escala. Sólo hay que echar un vistazo a nuestra historia reciente para saber que poco se ha aprendido de las guerras que han sido las principales protagonistas de las páginas de la historiografía. Pero también a nuestro presente, cuando seguimos siendo testigos de la brutalidad y la injusticia, además de a la ineficacia del Estado y las organizaciones supranacionales para la resolución de muchos conflictos.

Si volvemos a la idea de los zoológicos, comprobamos que un animal es privado de su naturaleza, de su libertad, y es sometido, en muchas ocasiones a una climatología bastante diferente a la que tendrían en sus lugares de origen. Esto supone un flaco favor a estas especies, y la retórica de que es la solución para poder conservarlas da una solución bastante superficial al problema. La riqueza animal y vegetal de nuestro planeta es todavía muy grande, y estamos a tiempo de dejar un legado rico a las futuras generaciones. Pero, a este ritmo, tendremos un gran número de ejemplares de las pocas especies que se empleen para la alimentación humana y un limitadísimo número de ejemplares de las especies ′no útiles′, ya que sus hábitats habrán sido destruidos y nadie se habrá preocupado de su preservación.

Debemos evitar a toda costa ser los responsables de la destrucción de la biodiversidad, algo con lo que no han podido otro tipo de circunstancias naturales que han devastado múltiples formas de vida en la Tierra. Tampoco vale aquí eso de que el ser humano no puede tener más poder que la naturaleza para destruir otras formas de vida, que es el mismo argumento contra la intervención humana en el acelerado cambio climático. También debemos intentar que las futuras generaciones vayan al zoológico como último refugio de lo que, en un tiempo, fue la vida salvaje. Más bien deberían ser espacios para recuperar especies con el objetivo de devolverlas al lugar de donde fueron rescatadas.

Hemos sido capaces de desarrollar tecnologías muy avanzadas, que pueden ayudar a los humanos —y también a otras formas de vida y al entorno natural— de muy diferentes maneras. Debemos aprovechar todo el conocimiento que hemos adquirido gracias a la investigación científica y al saber humanístico, y ponerlo al servicio de la colosal tarea de hacer que la convivencia entre humanos sea mucho más justa, y que también lo sea con el resto del planeta. Sin duda, la historia no aporta, en este caso, demasiado optimismo. Sobre todo cuando el conflicto ha sido una constante. Pero también el ser humano ha sido capaz de lograr cosas inimaginables. De manera que tirar la toalla es la última de las opciones.

Para saber más:

Harari, Yuval Noah (2014). De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad. Madrid: Debate.

López Franco, Álvaro (2014). «Breve historia del bienestar animal». Descubrir la Historia. Disponible en: https://descubrirlahistoria.es/2014/09/breve-historia-del-bienestar-animal/

Mosterín, Jesús (1999). «Creando derechos. Tribuna: los derechos de los animales». El País. Disponible en: http://elpais.com/diario/1999/08/29/opinion/935877605_850215.html

Ruiz, Laura L. (2016). «¿Cómo te pudimos encerrar de por vida». El caballo de Nietzsche, eldiario.es. Disponible en: http://www.eldiario.es/caballodenietzsche/pudimos-encerrar-vida_6_534106600.html

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