Alianzas estratégicas en el sector de la tecnología

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Hasta mediados del siglo XIX la actividad empresarial estaba enfocada en dos pilares que se consideraban indiscutibles: ‘Beneficio’ y ‘Competencia’.

Es en en este siglo cuando aparecen tímidamente los primeros intentos de introducir las alianzas estratégicas como una herramienta más para mejorar la competitividad de las empresas.

Tras la II Guerra Mundial se normaliza la cooperación entre compañías, aunque esta cooperación se reduce a un porcentaje bastante insignificante. Sin embargo, durante los años ochenta, es cuando el modelo de competencia da un vuelco y se empiezan a popularizar términos como el de ‘joint venture’, hasta entonces desconocidos.

El boom del mundo de la informática y de las nuevas tecnologías dan paso a un escenario comercial totalmente nuevo y con unas reglas hasta entonces desconocidas. En estos mercados emergentes no sólo competirán compañías mastodónticas como IBM. La informática atraerá a muchas personas que buscarán transformar una afición en una actividad profesional, ya sea programando, diseñando productos o montando hardware.

Este será el germen para el auge de las ‘puntocom’, que tendrán su mayor desarrollo durante los años noventa. Estas startups las crean emprendedores en su mayoría jóvenes y con un espíritu diferente al tradicional dentro de los mercados. Una nueva mentalidad más fresca y confiada que les permite acceder a las siguientes ventajas:

  • Creación de sinergias entre los participantes en la alianza.
  • Logran una mayor eficiencia centrándose en aquello que saben hacer y dejando para otros aquellas partes del proceso que no controlan.
  • Se reducen los costes en mercados con grandes barreras de entrada.
  • Los aliados ganan en flexibilidad y capacidad de adaptación a los cambios en el mercado.

Es cierto que llevar a cabo una alianza estratégica conlleva una serie de peligros como pueden ser la fuga de información, conflictos de dirección y/o control y necesidad de adaptarse a nuevos procesos y procedimientos. Pero también es verdad que la capacidad de colaborar y buscar aliados ha sido un motor innegable para el espectacular desarrollo que el mundo de las TIC ha tenido desde los años ochenta hasta nuestros días.

Podríamos plantearnos pues, la necesidad en el momento actual de que los poderes públicos no sólo se centren en promocionar el emprendimiento como una salida a la situación laboral de muchos ciudadanos, sino que sería deseable formar y potenciar el trabajo colaborativo para mejorar los porcentajes de éxito de estos nuevos emprendedores.

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