El anillo de Giges

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Platón, en su obra La República, se preguntó si somos justos por naturaleza o si solo somos justos por necesidad. El problema de la justicia para Platón radica en el hecho de que ésta no es algo innato al ser humano, si no que se construye como un contrato social para evitar los enfrentamientos entre unos y otros, pero no por el hecho de querer “procurar lo mejor al hombre y a la ciudad”, 1 sino para refrenar la ‘pleonexia’ que en definitiva sería el hecho de querer apoderarnos de todo lo de los demás. Algo que nos lleva directamente al planteamiento de Hobbes en su Leviatán, donde afirmaba que si el Estado desapareciera, las relaciones humanas se convertirían en una lucha de todos contra todos. Pero, ¿por qué? La razón de esta lucha sería el hecho de que nuestros deseos son infinitos; nunca estamos contentos con lo que tenemos. Este deseo solo quedaría refrenado con la muerte del hombre ya que nos dominaría el deseo de poseer, tanto a objetos como a humanos. A esto se le conoce como la ‘Teoría política del individualismo posesivo’. Por lo tanto, no somos justos de una manera altruista, ni aceptamos la justicia para construir un mundo mejor. Defendemos hipócritamente la justicia para protegernos las espaldas de los actos injustos que pueden cometer los otros contra nosotros mismos, pero cometiendo estos mismos actos con el otro a espaldas de la justicia. De esta manera, cuando nuestro acto injusto no es visto y por lo tanto no contempla el castigo que nos persuade a comportarnos adecuadamente, actuamos injustamente sin que nada nos pare.

Este planteamiento que a priori parece muy lógico es explicado por Platón a través del mito inventado del anillo de Giges. Giges es un pastor que un día, al entrar en una cueva, descubre un anillo y se da cuenta que, tras ponérselo, éste le da la capacidad de la invisibilidad, aprovechando así para matar al señor del castillo de su comarca y hacerse con su mujer. Platón intenta ilustrar de este modo que si todos fuéramos invisibles ante los ojos de los demás y de la propia justicia actuaríamos de forma injusta.

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“El suicidio de Séneca”. Manuel Domínguez Sánchez.

Aunque el planteamiento de Platón puede parecer muy correcto si posamos la mirada en el psicoanálisis, puede que no fuéramos capaces de cometer injusticias ni aun siendo invisibles. ¿Por qué? Pues bien, esta teoría estaría fundamentada en la división tripartita de la personalidad. Freud proponía que nuestra mente está compuesta por tres partes: por un lado el “Yo”; el “Yo” está sometido a la realidad y sería la parte mínima del consciente y actuaría como intermediario del “Ello”; el “Ello” ya entraría dentro del inconsciente y estaría gobernado por el placer único y exclusivo, de manera que no se produce un razonamiento lógico sino, simplemente, un impulso sensitivo; y por último, el “Superyo”, donde radica nuestra moralidad construida por los principios de cultura y la civilización.

Lo que sucede es que la mayor parte de nuestros deseos y comportamientos se gestan en el inconsciente formado por el “Superyo” y por el “Ello”. Y solo unos pocos llegan al “Yo”. Los deseos también se crean en este inconsciente y jamás podremos saber cuáles son los impulsos reprimidos que hay en nuestro inconsciente, si no es a partir de la interpretación de los sueños.

“Freud, para explicarlo, recurría a un ejemplo: Es como si individuos sucios, desnudos y peludos (los instintos) pretendieran salir de una covacha oscura (el inconsciente) para subir a los salones (la consciencia) donde se celebra una elegante fiesta. Entre la covacha oscura y el salón iluminado, en la penumbra, se ocultan multitud de policías: el “Superyo”. Cuando se produce la represión, estos impiden que los individuos sucios entren en el limpio salón, no quedándoles más remedio que regresar a la covacha (inconsciente). Pero los elegantes protagonistas de la fiesta ignoran, en el salón, todo lo ocurrido”. 2

Con este planteamiento podríamos llegar a la conclusión de que en nuestro “Superyo” está tan arraigado culturalmente el buen comportamiento que ni aun siendo invisibles a los ojos de los demás podríamos actuar contra nuestros principios, ya que el “Superyo” intervendría refrenando al “Ello” y no nos dejaría actuar injustamente.

¿Hasta dónde podemos asegurar que Freud o Platón tenían razón? Solo podremos saberlo volviéndonos cada uno de nosotros invisibles y midiendo nuestra capacidad de rebasar o no el límite de lo justo, sin que nadie pudiera juzgarnos y, por lo tanto, ninguna pena pudiera caer sobre nosotros.

Notas:

  1. Texto en línea de Ana Rubio. “Crimen e impunidad. El anillo de Giges”. URL: www.raco.cat/index.php/ArsBrevis/article/download/104382/130652 (Consulta 10-01-2016)
  2. Texto en línea de Judit Ribas. “Sexualidad, psicoanálisis y crítica feminista. Pág. 764. URL: http://conoces.org.sv/revistarealidad/archivo/4db830dba375csexualidad.pdf (Consulta: 20-01-2016).

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