En Yalta se quiso diseñar el futuro

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Mis incursiones en distintos archivos nacionales y locales con motivo de algunas investigaciones históricas me convencieron en su momento de que no hay nada como acudir a los documentos originales, a los textos de las declaraciones o a los tratados en su integridad para hacerse una idea cabal de lo sucedido en el pasado.

Por eso, cuando localicé a través de Internet una edición de 1956 con la totalidad de las actas de la Cumbre de Crimea –o de Yalta, como quieran- de febrero de 1945, no me lo pensé dos veces. Su lectura, dada la trascendencia para el futuro de Europa y del mundo de lo que allí se trató y decidió, me llevó más tiempo del que me había imaginado. Son sólo 150 páginas, pero en cada párrafo creía estar asistiendo a esos encuentros en la cumbre entre Roosevelt, Churchill y Stalin. Realmente apasionantes.

Los máximos responsables de las tres potencias, en Yalta.
Los máximos responsables de las tres potencias, en Yalta.

En febrero de 1945 la II Guerra Mundial aún no había terminado, pero ya se vislumbraba claramente cuál iba a ser el final. No fue esta la única conferencia en la cumbre de los tres países aliados, sino que estuvo precedida por las de Casablanca (sin la presencia de Stalin, pero sí del general De Gaulle) y Teherán, ambas en 1943. Después de Yalta, en julio, ya derrotada Alemania, los tres grandes volvieron a reunirse en Postdam, ya territorio ocupado. Roosevelt había fallecido en abril, antes del final de la contienda, y Truman ocupaba la Casa Blanca. Durante la Cumbre, Churchill pierde las elecciones y es sustituido por el laborista Clement Attle. Había que rediseñar el mundo.

El antecedente de estas cumbres fue el encuentro entre Roosevelt y Churchill, en las costas de Terranova (Canadá), en agosto de 1941, poco después de la invasión nazi de la URSS. De allí salió la Carta del Atlántico, que proclamaba la libertad de todos los pueblos del mundo a decidir su futuro.

Pero, como hemos dicho, el rediseño del mundo había empezado antes de finalizar la contienda. Los asistentes a la Cumbre de Yalta entraron en muchos detalles, de hecho duró ocho días con reuniones diarias a distintos niveles: además de los mandos militares, por un lado, y de los ministros de Asuntos Exteriores, por otro, los tres máximos dirigentes se reunieron ocho veces, además de las cenas y comidas. En el comunicado final de la Conferencia aparecen citadas 35 altas personalidades, además de los tres jefes de Estado o de Gobierno, sin que se enumere a otros consejeros que también estuvieron presentes.

Las discusiones no tenían que ver sólo con Alemania, su desmembramiento, administración y pago de compensaciones, sino que se referían a Polonia (asunto al que se le dedicó más tiempo que a ningún otro), Checoslovaquia, los Balcanes, Irán, Francia, China, Japón, Turquía, Arabia Saudita, la futura organización mundial que velaría por la paz y la seguridad mundiales (más adelante bautizada como ONU), cuya conferencia fundacional queda fijada durante la Cumbre para el 25 de abril en San Francisco y que duraría hasta junio, y una rimbombante ‘Declaración sobre la Europa Liberada’ que quedó en eso, en una declaración.

En Postdam, dos delos tres líderes habían cambiado.
En Postdam, dos delos tres líderes habían cambiado.

Durante las ocho reuniones plenarias celebradas y las consiguientes de titulares de Exteriores, que solían preceder a las anteriores, las coincidencias entre Roosevelt y Stalin aparecen más veces de lo que se podía suponer, mientras Churchill es quien plantea más discrepancias en asuntos de calado estratégico. Cierto que todos, incluido Stalin, ceden en sus planteamientos iniciales en determinados asuntos para alcanzar acuerdos y poder marcharse de Yalta anunciando al mundo que los tres grandes tenían una política común de cara al porvenir. Polonia y su futuro Gobierno fue uno de los asuntos que más discusiones provocaron.

El punto IX de la declaración final de Yalta, que lleva por título: ‘Unidad, tanto en la guerra como en la paz’, proclama que: “Sólo continuando la cooperación será posible una paz segura y verdadera…”. Sólo un año después, todo saltaría por los aires tras que George Kennan, principal experto en Rusia del Departamento de Estado, enviara desde Moscú, en febrero de 1946, el conocido desde entonces como ‘telegrama largo’, que en dieciséis páginas exponía su criterio de que no era posible un entendimiento con la URSS.

La Guerra Fría vino después y duró cuarenta años. Durante ese tiempo el mundo, en varias ocasiones (Berlín 1961, Cuba 1962), estuvo a punto no de entrar en la III Guerra Mundial, sino de sucumbir en medio de un holocausto nuclear. Sin embargo, se impuso la cordura o quizás solamente la suerte y unas armas diseñadas y desplegadas para no ser usadas, cumplieron su función principal: la disuasión.

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