“Cásese con un enterrador o un verdugo; con quien sea, menos con un periodista”.

“Pero Hildy va a dejar el periodismo”.

“Eso sería como quitarle las manchas a un leopardo o convertir a un caballo de carreras en uno que arrastra el carro de la basura”.

 

primera-planaEsto es lo que decía Walter Burns (Walter Matthau) a Peggy Grant (Susan Sarandon) sobre su prometido Hildy Johnson (Jack Lemmon) en la película Primera Plana (The Front Page, 1974) del director nortemericano Billy Wilder. Esta escena ha dado nombre a libros importantes sobre la condición del informador, como el del tristemente fallecido periodista Rafael de Loma, quien escribió el libro Las manchas del leopardo (1994) aludiendo a la profesión que imbuye esa película, en cuyo gen estaba el periodismo.

En definitiva, se trata de enaltecer la figura del periodista, que ha sido y es crucial para la sociedad. El periodismo da calidad a la democracia. Todo ello en un sentido objetivo, claro está. La realidad, desgraciadamente, carece de ese matiz de imparcialidad. La ciudadanía tiene acceso a la información, a lo que leen, oyen y ven a través de periódicos, radios, televisiones e Internet, pero lo que ‘consume’ está condicionado por múltiples factores.

La importancia del ejercicio de esta profesión llegó a ser tal que vino a denominarse en el siglo XIX “cuarto poder” por el papel que ésta desempeñó en los años previos a la Revolución Francesa. Esta metáfora la recogió el escritor y político de origen irlandés Edmund Burke e hizo de ella una de las más influyentes en la política e información, y en las sociedades en general, en el mundo contemporáneo.

Esta metáfora situaba y sitúa al “cuarto poder” junto a los otros tres poderes del Estado: legislativo, ejecutivo y judicial. Este poder no sólo viene derivado de poseer la información, sino de tener la posibilidad de formar opinión y crear opinión pública. Ahí es donde radica su importancia. Y es lo que hace que distintos medios de información en todos los países hayan sido denominados “medios de influencia rectora”. Es decir, sirven de referencia a la ciudadanía sobre lo que se publica y se opina en ellos. La creación de opinión pública es fundamental para el control social.

La profesión periodística y, en general, la prensa, que pudo entenderse como un instrumento de control a los otros poderes del Estado bajo esta denominación, ha pasado a alinearse, como señala Carlos Soria, con los otros poderes del Estado, con dos consecuencias perniciosas. De un lado, ha hecho considerar a los propietarios de los grandes medios de información, servidores y garantes del interés público, bajo la falsa premisa de la libertad de prensa, que no está sino asociada a la libertad de una empresa de informar y no como una libertad de la ciudadanía. De otro lado, como señala Soria, es el público el gran perjudicado, quien no tiene el acceso al poder político, judicial, legislativo, y por tanto, le llegan de ellos sólo algunos retazos de la lucha de estos poderes, y tiene acceso a una información generalmente condicionada e interesada.

Como señalaba Francisco Fernández Buey, la existencia del “cuarto poder” hacía imaginar la existencia de un poder distinto e independiente de los otros tres poderes, para controlarlos. En realidad, se ignoraba con esta expresión el vínculo existente entre la prensa y los otros tres poderes. De esta forma, lo que se presentaba con este término como un poder independiente, terminó siendo una parte del poder, ya que de una forma u otra, era y es el tentáculo informativo de empresas que tienen intereses políticos o económicos, y por lo tanto, se convierten en grupos de presión.

El caso Watergate en Estados Unidos, que terminó con la carrera política del presidente Nixon, se presentó como símbolo de la independencia de la prensa frente al poder político y del papel que deben jugar los medios informativos en una democracia. Fue también cuando la prensa pasó a denominarse “contrapoder”, término acuñado por el  ex presidente de la República Francesa (1974-1981) Valery Giscard. “Contrapoder” al igual que “cuarto poder” no son más que dos formas de denominar lo que la experiencia ha demostrado que es un poder que forma parte de los otros poderes del Estado.

En España, en 1998, una reveladora entrevista de Santiago Belloch, en la revista Tiempo, al que fue director de ABC, Luís María Ansón, señalaba que había existido una trama entre directores de medios informativos muy influyentes para derribar a Felipe González, llegando incluso a afirmar que para terminar con él se rozó la estabilidad del Estado, incluso llegando a jugar un papel de presión al mundo judicial para erosionar al entonces presidente del Gobierno. Decía Ansón que ellos lo hacían desde el convencimiento honesto de que era un servicio a la democracia, pero en definitiva, lo que hacían era favorecer a otros intereses políticos y económicos, que representaba José María Aznar.

abrir los ojosPoco importa la ciudadanía, cuando se habla de intereses políticos o económicos. Como dice el filósofo Emilio Lledó, lo que determina lo que los medios presentan a la ciudadanía “nada tiene que ver, desgraciadamente, con la democracia, la educación, ilustración y, por supuesto, con el debido respeto a una sociedad de ciudadanos dignos y libres”. 1 La información se concibe como un producto con capacidad de persuadir y generar opinión pública que fundamentalmente está condicionada por intereses políticos y económicos. Esto explica la presencia de directores de grandes grupos en las reuniones del club, que rige los destinos políticos y económicos, más influyente del planeta: el Club Bildeberg.

La presencia de personajes influyentes de grandes grupos de industrias culturales internacionales en las reuniones de este grupo tiene un fiel reflejo en el posicionamiento de los medios informativos ante determinados eventos. No es de extrañar así, que el diario El País se posicionara favorablemente sobre el golpe de Estado sufrido por el presidente Hugo Chávez en Venezuela. Puede verse en su editorial del 13 de abril de 2002 titulado Golpe a un caudillo. Así, por el contrario, los medios no se han posicionado en contra del golpe de Estado de Honduras o de Egipto, dados por el ejército contra un Gobierno legítimamente elegido, aunque no sea del gusto de los poderes económicos internacionales. Se entiende este alineamiento si se conoce que un gran grupo como PRISA es propiedad de un fondo de inversión norteamericano (Liberty). Tampoco es de extrañar la concentración de medios en manos de los grandes grupos en general en todos los países. Así, por ejemplo, encontramos que en el caso de la radio comercial privada en Andalucía, más del 90 por ciento de las emisoras esté en manos de PRISA, COPE y Onda Cero. Esto determina que la ciudadanía sólo conoce una visión determinada de la realidad, mientras que desconoce otra, porque se silencia en función de intereses. Así también se entiende que los medios lancen noticias que no contrastan y resultan ser falsas, por lo que obliga posteriormente a rectificar, con la consiguiente pérdida de credibilidad y prestigio para el medio, y lo que es más importante, para la profesión, para el periodismo.

El resultado de todas estas prácticas, en las que está derivando el ejercicio profesional en los últimos tiempos condicionado por los intereses económicos y políticos de la propiedad de los medios, es que vemos a periodistas que debaten teatralizando en las tertulias de radio y televisión autodenominándose “periodistas de izquierdas” y “periodistas de derechas”. Estas tribunas se asemejan al escenario parlamentario donde se debate entre dos grandes partidos. De esta forma, los periodistas se alinean con los discursos de uno u otro. Es más, algunos hablan con el guión del ideario de los partidos en la mano. Por tanto, la prensa ha pasado de ser “el cuarto poder” y el “contrapoder” a servir al poder, bien sea político o económico.

El periodismo por vocación es compromiso. Así, el periodismo es una herramienta para formar a la ciudadanía y contribuir al cambio social en función del interés general, y no de intereses de grandes grupos de presión. La ciudadanía se ha convertido, como diría Emilio Lledó, en una presa apetecible para los poderes fácticos y oligárquicos que controlan los grandes medios, de forma que lo que percibimos determina una forma de pensar y entender el mundo. De ahí la importancia que tiene que el periodismo y el ejercicio profesional contribuyan a proteger a la ciudadanía de lo que la expone a una situación de ignorancia e indefensión. Los periodistas deben contar la noticia con color, evitando el blanco o el negro, y con objetividad, pese a quien le pese. Eso dará lugar a que el pueblo sepa, conozca, tenga capacidad de pensar, de cuestionar las cosas, y sea difícil de engañar. Por tanto, es necesario reivindicar la deontología profesional como elemento transversal de la práctica periodística para devolver al periodismo la credibilidad que ha perdido, en general, fruto de malas prácticas que han hecho que el leopardo, como decía Walter Matthau en Primera Plana, haya perdido sus manchas, cuyo colorido es necesario recuperar para el bien de la ciudadanía, la sociedad y la democracia.

Notas:

  1. Lledó, Emilio. Prólogo. En Bustamante, Enrique (2013). Historia de la radio y televisión en España. Una asignatura pendiente de la democracia. Barcerlona. Editorial Gedisa, 1º ed, pp. 13-16.

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