Confucio y el poder de la educación

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Siempre he pensado que no hace falta empuñar un arma ni recurrir a la violencia para ser un revolucionario; que hay veces en las que para cambiar el mundo basta con el pensamiento y la palabra, aquella que, como dijo Blas de Otero, «siempre nos queda».

Tal vez suene utópico, pero quisiera creer, en estos días en que la violencia inunda los informativos de cada mañana, que queda algo de esperanza en un mundo mejor, en el que el ser que llamamos humano haga honor a ese calificativo y en el que se reduzcan nuestras diferencias y caminemos juntos hacia una sociedad más justa, tolerante y ética.

Grabado del siglo XVIII en el que se representa a Confucio
Grabado del siglo XVIII en el que se representa a Confucio

Afortunadamente, la historia, que a menudo nos deja el amargo regusto del enfrentamiento de los pueblos y la falta de entendimiento materializada en las más oscuros episodios, también nos aporta algunos ejemplos de personajes que quisieron cambiar y mejorar el mundo en el que les tocó vivir. Y para mayor esperanza de todos, lo cierto es que estos «revolucionarios de la concordia y la paz» han existido siempre, e incluso en los periodos más convulsos y agitados, como es el caso del pensador al que hoy dedico estas líneas.

No deja de resultar cuanto menos curioso que fuese en la China del siglo VI a.C., escenario de una gran fragmentación política y una constante tensión bélica, donde llevase a cabo su labor uno de los más importantes defensores de la transformación moral de la sociedad a través de la educación. Debemos matizar, sin embargo, que al mismo tiempo que una sociedad tendiente al belicismo, la China de la dinastía Zhou era protagonista de un notable desarrollo y esplendor cultural de las artes y las letras.

En este contexto vino al mundo, en el año 551 a.C., Kong Qiu, hijo de una familia de la baja nobleza del Estado de Lu venida a menos. Este joven, que años después se convertiría en el «maestro Kong» o Kong Fuzi, no es otro que aquel que los jesuitas del siglo XVII llamarían Confucio, un personaje cuya biografía se pierde entre la realidad y la leyenda. Todo cuanto sabemos de su obra y pensamiento procede, fundamentalmente, de aquellos testimonios y enseñanzas que sus discípulos recopilaron en la obra llamada Lunyu, que llegaría a nosotros como Analecta, y que a pesar de todo nos puede dar buena cuenta de su forma de entender el mundo y del proyecto de transformación social que quiso llevar a cabo.

Mapa de la China de la dinastía Zhou Oriental, periodo previo a la vida de Confucio y que éste admiraba
Mapa de la China de la dinastía Zhou Oriental, periodo previo a la vida de Confucio y que éste admiraba

Por lo que conocemos de su vida, esta estuvo marcada por un vaivén entre la adversidad, el afán de autosuperación y el reconocimiento de su labor. Huérfano de padre a la edad de tres años, se ve obligado a abandonar, junto a su madre, su ciudad natal para buscar una vida mejor en Chun Fu, donde desde bien temprano tuvo que desarrollar todo tipo de tareas domésticas y laborales con las que garantizar su subsistencia. Allí conoció de cerca la pobreza y la desigualdad que caracterizaba a una sociedad inmersa en gran cantidad de problemas, y fue a través de este contacto que empezó a fraguar sus ideas acerca de la necesidad de transformarla. A ello hay que añadir que siempre fue un ávido lector, cuyo empeño permitió que a los quince años dominara casi por completo el extenso alfabeto chino y pudiera acceder a todo tipo de obras de historia, música, poesía y literatura, cultivando su intelecto.

A través de esta formación autodidacta fue desarrollando las principales líneas ideológicas de su pensamiento y la creencia, cada vez más firme, de que el cambio social no podría llegar de otra forma que no fuera a través de la educación, a la que acabaría dedicándose el resto de su vida.

Pero con tan sólo diecisiete años, el destino le jugó otra mala pasada, arrebatándole a su madre, y sólo la oferta de un puesto de trabajo como inspector de graneros por parte del gobernador de Chun Fu, le permitió esquivar el fantasma de la pobreza y la precariedad. Desde la cómoda posición social y económica que durante los siguientes años ocuparía, pudo dedicar gran parte de su tiempo a sus lecturas y su formación. Sin embargo, se percató entonces de que todo este proceso de aprendizaje serviría de poco si no lo compartía con el resto de la sociedad.

Sería en esta época cuando fundase en dicha ciudad una escuela a la que tuviesen acceso todos los jóvenes de la ciudad, y no sólo los hijos de nobles y familias adineradas, ya que su concepto de «hombre noble» no se correspondía con aquel que lo era por nacimiento, sino quien obraba con rectitud y bondad. De este modo, su proyecto no era otro que hacer desaparecer las diferencias de clase en función del linaje y caminar hacia un sistema más justo en el que lo que diferenciase a los hombres fuese su buen obrar y sus principios, no sus orígenes y su ascendencia. Defendía una educación al alcance de todos y en la que no sólo se formase y transmitiesen conocimientos, sino también valores. Una propuesta que no deja de resultar revolucionaria en un contexto como el del siglo VI a.C. Digo más, incluso en nuestros días parece más desarrollada que muchos planes educativos, aunque eso, como se suele decir, es otra historia.

Estatua de Confucio en bronce
Estatua de Confucio en bronce

La cuestión es que Confucio, siempre concienciado con la causa que defendía, trató en todo momento de compaginar su labor educativa con el desempeño de cargos en la administración burocrática. Es decir, para cambiar la sociedad, habría que dar ejemplo, y nada mejor para ello que transformar el sistema desde dentro para introducir las medidas que permitiesen ver al ciudadano de a pie que el cambio era posible. A sus cincuenta años, fue nombrado consejero del duque de Lu, Ting, y tuvo la oportunidad de tomar decisiones encaminadas a garantizar el acceso de la mayoría de la población al sistema educativo así como la protección de sectores sociales más necesitados como los ancianos y niños, aquellos cuyas miserias conocía bien de su época de juventud.

Por desgracia para él, su proyecto nunca pudo consolidarse del todo, ya que poco después dimitiría de dicho cargo, decepcionado con la actitud hedonista del duque y su falta de compromiso, y buscaría el apoyo de otros príncipes y señores feudales para tratar de impulsar ese modelo de buen gobernante que sirviese de ejemplo a su pueblo. El problema es que ninguno de ellos estaba dispuesto a ceder un ápice de su poder ni a renunciar a su ostentoso y lujoso estilo de vida.

Resignado ante dicha situación, decidió dedicar el resto de su vida a sus estudios y enseñanzas, que transmitiría a su creciente séquito de discípulos, con la firme intención de tratar de llevar a cabo esa transformación moral de la sociedad. Allá por el año 479 a.C., Confucio dejó este mundo después de una vida dedicada a la enseñanza y a la búsqueda de ese ideal que no pudo ver materializado. Sin embargo, sus ideas no murieron con él, ya que su legado se transmitió a través de los muchos seguidores que tuvo, y la influencia de su pensamiento lo convirtió en un referente de la China posterior, en la que poco a poco se fue apagando la llama de la guerra. Puede que no consiguiera cambiar el mundo, pero llegó a convertirse en el ejemplo que, a su juicio, toda sociedad necesitaba. Tal vez, su ejemplo y el de muchos otros, puedan servir para que algún día emprendamos ese cambio como individuos y como sociedad a través de armas más poderosas que cualquier bala, como son la voluntad, la palabra o la educación.

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