¿Es el fracking la vía hacia la autosuficiencia energética?

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El fracking, o fractura hidráulica, es la técnica que se usa para extraer gas natural (metano) almacenado en esquisto, un tipo de roca de baja permeabilidad y que, por lo tanto, es más difícil de extraer que en las explotaciones de gas ‘convencional’. La técnica consiste en perforar el suelo hasta llegar entre 2000 y 5000 metros de profundidad, para luego girar 90º y perforar horizontalmente la capa del subsuelo de interés. En ese momento, se introduce una mezcla de agua, arena y compuestos químicos (de 0,5 a 2%) a presión, que fractura la roca y libera el gas.

Hasta aquí todo parece normal, pero este método de extracción fue inventado hace más de 50 años, y ha sufrido una gran expansión en Estados Unidos solo en las últimas dos décadas, pero ¿por qué no se ha traído a Europa antes? Hay algunos factores interesantes a tener en cuenta. En primer lugar, en nuestro continente las reservas de gas natural de esquisto son mucho inferiores de las que se encuentran en Estados Unidos. A pesar de todo, gracias a la subida del precio del petróleo que hubo en los últimos años, esta técnica se volvió rentable, y es por este motivo que tenemos a las empresas del sector interesadas en perforar media Europa (en concreto, Polonia, que es el país donde ya se han hecho más pozos de exploración). La Comisión Europea deja a consideración de cada Estado miembro la autorización o prohibición de dicha técnica, por lo que no hay una política común respecto al fracking (España es favorable, a pesar de que algunas Comunidades Autónomas lo hayan prohibido). De todos modos, el principal problema es que la densidad de población en Europa es más alta y en la mayoría de los casos, los recursos del subsuelo pertenecen al Estado y no al propietario de la finca. Por lo que movimientos tipo ‘not in my backyard’ son fáciles de surgir.

Algunos de los argumentos para estar a favor de la fractura hidráulica es que ayudará a la independencia energética (léase, independencia del gas ruso), siendo un recurso puente hacia una sociedad baja en carbono, puesto que sí que es cierto que la combustión de gas natural es más limpio -emite menos dióxido de carbono- que los combustibles derivados del petróleo, como el diésel o la gasolina. Otro argumento ‘de peso’ es la creación de miles de puestos de trabajo en el sector. Pero la cuestión es que no tenemos tiempo. ¿Por qué hay que perder el tiempo transitando por una sociedad basada en el gas cuando podemos ir directamente a una sociedad baja en carbono? ¿Por qué no invertir ese dinero directamente en la creación de plantas de producción renovable? ¿Acaso no producirán también puestos de trabajo?

Impactos y riesgos

Los impactos sobre el medio ambiente son varios y no se pueden ignorar. La mezcla que se inyecta a presión contiene entre un 0,5 y un 2% de sustancias químicas, que podrían contaminar otras capas del suelo, así como las aguas subterráneas. En Estados Unidos, por ejemplo, las empresas no están obligadas a decir cuáles sustancias son y en qué cantidad las están utilizando. Pero sin ir más lejos, la propia Comisión Europea tampoco sabe cuál es la composición de dicha mezcla.

Unos de los impactos más severos es la contaminación de acuíferos cercanos a la zona de extracción, no solo por la mezcla de componentes químicos que se inyecta a presión, sino por el propio gas que se libera. Así lo demuestra un estudio de la Duke University señalando la alta concentración de metano y etano en el agua potable de casas cercanos a pozos de extracción.

Otra historia interesante son las fugas de gas a la atmósfera que suceden a lo largo del proceso de extracción. Recordemos que el gas natural es metano (CH4), que a pesar de encontrarse en la atmósfera en una concentración mucho menor al dióxido de carbono (CO2), tiene una capacidad de retener calor de hasta 25 veces mayor que éste. Se cuestiona entonces la ventaja que tiene el gas natural de ser más limpio que el carbón, si estas fugas fueran importantes.

¿Qué sociedad queremos? ¿Hacia dónde vamos?

El caso del fracking no es solo un tema de “algo sucio que no quiero cerca de mi casa”. Va más allá. Se trata de qué sociedad queremos, aquí y ahora. Las reservas de petróleo y gas no son infinitas, algún día se acabarán. Lo que estamos haciendo es buscar estrategias para alargar esta sociedad basada en el consumo de combustibles fósiles, en vez de ponernos manos a la obra de verdad para construir una sociedad energéticamente eficiente y basada en energías renovables. Especialmente, cuando un estudio de la University College of London señaló que la mitad de las reservas de gas mundiales deberían permanecer en el suelo, si queremos evitar un aumento global de la temperatura por encima de 2ºC (límite a partir del cuál, los efectos del cambio climático serían más dramáticos). España podría generar suficiente energía a partir de recursos renovables en muy poco tiempo (no hace falta mencionar la cantidad de sol y viento que tenemos). De hecho, podría y debería ser líder europeo en energía solar (por cierto, Alemania va en cabeza, un país que no destaca por sus días soleados), seríamos energéticamente autosuficientes y crearíamos miles de puestos de trabajo en el sector verde.

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