Cuando nos olvidamos de las manos

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Me di cuenta de que algo fallaba cuando me empezaba a obsesionar sobre cuál era la herramienta informática (software) más adecuado para mí. Buscaba que fuera software libre, respetuoso con el usuario y que la empresa que lo programara tuviera políticas de respeto hacia el medio ambiente, especialmente cuando se trataba de servicios de almacenamiento web.

Evidentemente, apenas encontraba nada con esas características que no hiciera que tuviera que sacrificar ciertas comodidades como usuario. Pero me lo planteaba todo: desde qué sistema operativo emplear, la “nube” que utilizar, hasta el programa ofimático desde el que escribir. Me parecían decisiones importantísimas, ya que tenían que ir en consonancia con mis valores y mi forma de pensar.

Hace unos días, en uno de esos momentos de búsqueda en Google del tipo “Sustainable and open-source alternative to Dropbox” (Alternativa sostenible y de código abierto a Dropbox), mi cerebro dijo “basta”. La búsqueda la hacía en inglés porque ya conocía de sobra los resultados en español. El caso es que el primer síntoma que me hizo pensar en lo que estaba pasándome fue un agudo dolor de cabeza, seguido de dificultad para ver (incluso con las gafas puestas). Entonces me dije: ¿qué estoy haciendo?

¿Por qué tantas horas en el ordenador? Soy estudiante de doctorado, y la única herramienta que necesito sin falta son mis ojos para poder leer la documentación y examinar con detenimiento las fuentes que necesito para investigar. Además de los ojos, solo necesito un bolígrafo y papel para hacer anotaciones. Evidentemente el ordenador es una herramienta muy útil y casi imprescindible para buscar información y para redactarla ‘a limpio’.

Leí hace unos días que los españoles pasan casi ocho horas al día delante de una pantalla. Ya sea en el etrabajo, estudiando o en el tiempo de ocio. Eso sí, la pantalla no es solo la del ordenador, también cuenta la de las tablets, la televisión o los móviles. Sin embargo en el resto de Europa el tiempo se reduce prácticamente a la mitad. No voy a detenerme en explicar cómo puede evitar cada uno pasar tanto tiempo frente a pantallas, porque no corresponde a mí tomar esa decisión. Pero sí he llegado a la conclusión de que no quiero estar tanto tiempo delante de pantallas.

A partir del momento en que me sucedió eso he dedicado aproximadamente una hora y media al día a trabajar en el ordenador. Redacto todo a mano y, durante ese tiempo de trabajo, paso los textos a archivos digitales. No creo que esté tardando mucho más. La prueba está en que este artículo lo estoy escribiendo con bastante fluidez a papel y boli. Noto que las palabras salen con mayor facilidad. Y no solo es, sino que apenas me distraigo. Me he dado cuenta de que realmente estoy concentrado en esto.

He leído que cada cual tiene una conexión más fuerte con una forma de trabajar en función de sus costumbres o de cómo su cerebro se relaciona con los elementos que utiliza. En mi caso, he encontrado una mejor relación con el bolígrafo y el papel en blanco que con la página en blanco de un documento en el ordenador.

También, cuando escribía todo en el ordenador, continuamente estaba yendo a otras ventanas (a pesar de poner el editor en modo de pantalla completa). La única dificultad que he encontrado al escribir a mano ha sido que me canso pronto, pero es cuestión de ir acostumbrándome.

Por otra parte, he comprobado que los textos salen con menos errores al hacer la redacción en papel. Cuando escribía en el ordenador los textos directamente prestaba menos atención, y las manos volaban a gran velocidad. Ahora, mi mente va a un ritmo algo adelantado al del bolígrafo, y en el ordenador me pasaba al revés.

En otro sentido, antes también miraba muchas veces al día el correo electrónico y navegaba continuamente por Internet. Era multitarea. Al final acababa haciendo de todo pero sin centrarme en nada y, además, saturado de información que no podía procesar con su debida profundidad. Al estar despegado de la pantalla y de su luz brillante y absorbente, me doy cuenta de lo absurdo que eran todas aquellas búsquedas y obsesiones informáticas y técnicas. Basé, innecesariamente, casi toda mi vida profesional y estudiantil en el ordenador.

ManosDe cualquier forma no me he transformado en un opositor de la tecnología, y mucho menos de Internet. Sé cuál es su utilidad, pero no voy a dejarme absorber más. También sé que la informática no es humo, y que los ceros y unos tienen significado y materialidad. Pero diré, desde el respeto, que prefiero poder tocar y mantener vivos algunos modos de hacer de hace años. He descubierto el encanto de trabajar de manera ajena a lo digital, al menos por la mayor parte de horas del día. No digo que lo he redescubierto, porque he nacido con la tecnología y nunca he estado fuera de ella para tener que introducirme.

Este texto no implica que siga siendo el editor de una revista completamente digital como esta o coeditor de la web Descubrir la Historia, también viva gracias a Internet. Mi ámbito de actividad, al margen de mis estudios doctorales, son la comunicación e Internet, y seguirá siéndolo. Solo, en la medida de lo posible, voy a acordarme de las manos y de mi capacidad para trabajar con ellas y materiales tan sencillos como el papel y el bolígrafo.

2 Comentarios

  1. Me ha encantado el artículo. Y es cierto, yo cuando escribo algún relato siento, que con el ordenador es como si la pantalla fuera una barrera entre la idea y mis manos. Sin embargo, cuando las manos pueden tocar y sentir esas ideas que se transforman en palabras fluyen de otra forma, creando un vínculo distinto entre lo escrito y el escritor. Haciendo del relato algo mágico, alejado de la frialdad tecnológica.
    Que no se nos olviden nunca las manos, ni el corazón.
    Un saludo.
    Ana Pinel Benayas.

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