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La muerte de un hombre justo (IV)

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Fuera, en la calle, la afluencia de personas, tanto de la aristocracia, como del demos llano era incesante. Las mujeres penetraban en la morada a honrar al difunto, lavándose antes en los lebrillos con agua lustral que habían colocado en el umbral de la vivienda. Los hombres permanecían fuera. Se dirigían en primer lugar a un altar que habían improvisado los compañeros de armas de Arístides con las ‘hopla’, que llevara aquél en todas sus campañas. Allí oraban ante las gloriosas armas y honraban la figura de uno de sus más grandes estrategas.

Lisímaco contemplaba cabizbajo a algunos de los que acudían a honrar la memoria de su padre, sobre todo al tal Dioranto, de la Anfítrope, que recogió la cizaña de los calumniadores y acusó al probo anciano de haber recibido sobornos de los jonios. Consiguió que la Asamblea, voluble e ingrata, condenara a su padre a una multa de cincuenta minas. Que no tenía. El exilio se cernía de nuevo sobre su figura. Menos mal que la muerte vino a liberarlo de esta nueva ignominia.

Pero Arístides, el hijo de Lisímaco, había perdonado a los que lo habían condenado. Como ya hiciera con el infame Temístocles, que fue el inductor principal de que fuera condenado al ostracismo en la isla de Egina. Al verse injustamente desterrado, en vez de clamar a los dioses y pedir castigo para tan desagradecida polis, Arístides levantó los brazos al cielo y suplicó a los olímpicos que les pluguiese a Ellos que no llegara el tiempo en que los atenienses hubieran de acordarse de él.

Ostracón con el nombre de Arístides

Ostracón con el nombre de Arístides

Mas se acordaron. Bien que se acordaron. El maldito Temístocles no dudó en reclamar los servicios de su padre, cuando Atenas se las hubo de ver en las aguas de Salamina con la, hasta entonces, invicta escuadra asiática.

Su progenitor no era de temple mortal. Perdonó a su rival y no sólo no le guardó rencor, sino que no dudó en reconocer su superioridad y ponerse a sus órdenes, sin discutir la gloria de aquél, y aceptando una misión que parecía casi suicida: hacerse cargo del asalto al islote de Psitalea.

Fue el único que no se alegró cuando se volvieron las tornas en contra del otrora adorado Temístocles y éste fue, a su vez, condenado al destierro. Podía haber aprovechado para hacer leña del árbol caído y vaciar contra él toda su hiel. Pero no lo hizo: al contrario, lamentó su infortunio y le ofreció su casa en Falero, para que el condenado aguardara allí la llegada del navío que había de llevarlo al exilio.

Se acercó a darle las condolencias un grupo encabezado por el estadista Pericles, que se estaba perfilando como uno de los políticos más influyentes del momento por su firme compromiso con la democracia y su excelente oratoria, que cultivaba con esmero, auxiliado por sus ‘rhétores’. Pericles no era especialmente agraciado, decían, porque tenía una cabeza en forma de pepino. Por ello se presentaba siempre en público llevando sin calar un casco corintio, a fin de disimular su “tara”. Pero su rostro era muy agradable y tenía un cuerpo bien proporcionado y cuidado. A Lisímaco no le parecía, para nada, feo.

Al político lo acompañaban algunos filósofos, que se decía que la madre de aquél había contratado para que velaran por la educación de su vástago. Fue una conversación más que agradable. El padre del político había servido a las órdenes del estrategos difunto en varias campañas y siempre había dicho en casa que Arístides era el mejor hombre que había conocido. Había sido para él uno de los mayores honores el haberlo servido.

Se rieron de varias anécdotas cuarteleras. Libaron copas en su memoria. Antes de despedirse, Pericles anunció al deudo que él y los suyos habían arrancado de los del Pritaneo que se asignara una dote para poder bien casar a sus hermanas. A él mismo se le iban a dar cien minas de plata, más otras tantas yugadas de tierra plantada de árboles y cuatro dracmas al día. Atenas no podía consentir que los hijos de un hombre justo quedaran poco más que en la indigencia.

Lisímaco no pudo despedirse como hubiera gustado de sus huéspedes. La emoción le impidió hilvanar dos frases con sentido. Pericles se hizo cargo y se despidió con un abrazo. El huérfano agarró por los hombros a su primogénito. Según la tradición, debería haberse llamado como su abuelo, o sea, Arístides. Pero él lo tenía muy claro: en su familia sólo podía haber un solo Arístides: su padre. Por ello llamó a su hijo como él.

Contempló acercársele a  Estesilao de Ceo. Las malas lenguas decían que su padre y Temístocles se enemistaron para siempre porque ambos estaban enamorados antaño del efebo Estesilao. Éste, aun ya en la madurez y padre de tres hijos, conservaba el donaire y la hermosura que debieron enamorar a los dos políticos. Le dio un sentido abrazo. No pudo articular palabras. Se veía que el maduro Estesilao había rememorado con la muerte de su antiguo amante la llama que los mantuvo unidos en su efebía.

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