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La liga Delos (III)

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- Cuéntame otra vez lo de Salamina, te lo suplico- clamó Pericles con la ilusión de sus años adolescentes.

Sus maestros Anaxágoras de Clazómenes y Zenón de Elea asistían, divertidos, a la entrevista que su pupilo hacía con el dramaturgo Esquilo. Habían sembrado en él el amor por el conocimiento, el respeto por sus tradiciones. Avivaban con celo su curiosidad, conscientes de haber sido bendecidos por los dioses con tal discípulo. Con tal patrona como la señora Agarista.

Habían acudido a la casa de Esquilo para que el autor les ilustrara acerca de los sucesos de Salamina, que aquél viviera en primera persona. Jantipo, el padre de Pericles, comandó la escuadra ateniense en aquella legendaria batalla. Pero se mostraba tan distante con su hijo, que la comunicación entre ambos era casi inexistente.

Esquilo

Esquilo

Por eso habían acudido a hablar con Esquilo. No sólo había luchado en Salamina, sino también antes en Maratón y después en Platea, a las órdenes directas de los míticos Milcíades y Arístides. Más aún, toda la polis sabía que el autor estaba componiendo una tragedia colosal, Los Persas, que, entre otras cosas, glosaba la batalla naval en la que los helenos acabaron con la hegemonía persa.

Pericles, acompañado de su íntimo amigo Fidias, que acababa de entrar como aprendiz en el taller del más afamado escultor ateniense, asistió embelesado al relato del vate.

- ¿Sabes lo que te digo, venerable Esquilo? Los dioses hablan por tu boca. Juro que algún día seré corego. Te prometo que, entonces, pagaré de mi peculio al coro que dé vida a los ancianos de tus “Persas”. Concédeme tal honor.

Jantipo se encaramó a la quilla de la trirreme que capitaneaba. Se dejó acariciar por las aguas y el sol de aquel bendito mar de color zafiro. Del color de los ojos de su eromenos Lisipo. Ah, Lisipo, el de piel de ciruela y besos de almíbar. Lisipo, tan hermoso, tan perfecto, tan dulce. No como su hijo Pericles, con esa cabeza abombada en forma de pepino.

Sus preceptores insistían en que era ingenioso, brillante, que tenía una voz poderosa, fuertes convicciones. Que estaba llamado a ser un gran líder. Pero… no podía amarlo. Eran tan diferentes.

Era él, Jantipo, quien estaba llamado a ser un gran líder. Él había comandado el abordaje de las naves helenas en Salamina. Gran parte de la victoria aliada contra los persas en Micale se debía a su iniciativa.

Como su strategos Arístides, él había sido condenado al ostracismo y hecho volver del exilio cuando lo de Jerjes. Pero ahora estaba todo pasado, que no olvidado. Mandaba la escuadra más poderosa de la Liga de Delos. Quiotas, lesbios y áticos navegaban a sus órdenes.

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