Portada Cultura La batalla de Platea (III)

La batalla de Platea (III)

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Esquilo se ajustó las grebas con meticulosidad. Al fin se había acabado el tormento de la espera, de la incertidumbre. Habían sido muchos días jugando al gato y al ratón con los persas. Los helenos moviéndose de un lado a otro, buscando siempre crestas y terrenos escarpados para no ser arrasados por la temible caballería enemiga. Los medas siguiéndolos por la otra orilla del Asopo, sin atreverse a cruzarlo y enfrentarse a campo abierto.

Pero, llegado el duodécimo día tras que los griegos de la Liga abandonaran las estribaciones del Citerón, las cosas se habían puesto muy feas. Cuatro días antes, la caballería asiática, alertada por un tebano (los dioses los maldijeran por haberse vendido), había aniquilado a los arrieros y a los escoltas de un convoy de aprovisionamiento con más de 500 carros. Las líneas de abastecimiento aliadas estaban copadas. Los asiáticos habían ocupado los pasos del Citerón.

batalla de PlateaLos generales se habían reunido en la tienda de Pausanias, el regente espartano al que se le había encomendado el mando supremo. Habían discutido agriamente para acabar reconociendo que había sido un error abandonar el Citerón. Sin provisiones, sin agua (no podían beber en el Asopo, continuamente vigilado por los enemigos) sus hombres no aguantaban más. Sólo les quedaba retroceder, reconquistar el paso.

Habían ordenado recular de noche, tras el segundo turno de guardia, para no ser advertida su maniobra por los asiáticos. Nada sucedió según lo previsto. Un absoluto caos. Al rayar el alba ninguno de los contingentes ocupaba el lugar adecuado. El ejército aliado estaba totalmente roto, separados sus tres contingentes por distancias considerables. Los espartaos apenas habáis comenzado a descender de su primigenia posición. Un caos.

El general en jefe de los invasores, Mardonio, al ver a los lacedemonios aislados ordenó un ataque de la caballería contra ellos. La infantería los siguió alocadamente, saboreando ya la tan ansiada victoria. Una colina impidió a Mardonio ver que los 8000 atenienses estaban cerca.

Pausanias, acosado por tropas infinitamente más numerosas, solicitó ayuda a Arístides. Los atenienses no pudieron socorrerlos. Sobre ellos se habían arrojado cual furias las tropas griegas renegadas de tesalios y los odiados tebanos.

Esquilo se levantó tras ajustarse las grebas. El primer encontronazo con los tebanos había sido terrible. Demasiado odio, demasiadas rencillas solapadas entre ambas polis, que se suponía debían ser hermanas. Los tebanos y la caballería tesalia estaban reorganizándose para una segunda embestida brutal. Esquilo miró a su strategos Arístides, bañado en sangre, propia y enemiga. Había comandado su ejército y se había batido como si fuera la reencarnación del mismísimo Ares, el dios de la guerra. Gracias a su ejemplo seguían vivos, manteniendo la falange.

Los aliados que ocupaban el centro, junto a corintios y megarenses, estaban siendo acosados por efectivos iranios a las órdenes de Artabazo. No podían acudir en ayuda de sus compatriotas.

En el ala derecha las cosas andaban mucho peor. El grueso de los enemigos se concentraba en hostigar a espartanos y sus aliados de Tegea. Estos últimos, que no estaban tan disciplinados como sus vecinos, rompieron las líneas y se abalanzaron contra los iranios.

Pausanias estaba sacrificando un toro mirando hacia el templo de Hera, que se adivinaba a unos estadios, a las afueras de la ciudad de Platea. Al ver la reacción de sus aliados, ordenó la carga de sus espartanos. Fue la mayor carga que las fuentes lacedemonias habían visto hasta entonces: 5000 hoplitas contra un muro de escudos, lanzas, sables y arcos.

Igual que el mar se estrella contra los acantilados, así se arrojaron los espartanos contra los escollos bárbaros.

La batalla estuvo igualada en sus albores, pues, a pesar de la disciplina y la superioridad táctica y militar de los laconios, los asiáticos eran infinitamente más numerosos y sus líneas se renovaban continuamente.

Frustrado por no haber podido avanzar más que unos escasos pasos haciendo retroceder con sus lanzas y escudos a las líneas hostiles, el espartiata Arimnesto se retiró a segunda fila para tomar aliento. Vio, no muy lejos, al general en jefe enemigo, Mardonio, subido a su caballo blanco. El espartano lo miró con infinito desprecio: a diferencia de los diarcas de Esparta, que se batían como leones en primera línea, para dar ejemplo a sus Iguales, el asiático estaba lejos de sus hombres, protegido, además por una poderosa escolta.

Arimnesto agarró un guijarro del suelo, apuntó y, más por frustración que por verdadera intención, lo arrojó contra Mardonio. Los dioses debieron guiar el proyectil. Pese a la distancia, consiguió acertar en la cabeza del general y lo descabalgó, cayendo exánime a tierra.

La Columna de las Serpientes dedicada a los vencedores griegos en Platea.

Columna de Serpientes dedicada a los vencedores en Platea

Ante la caída de su comandante, cundió, primero el desánimo, después el pánico entre las tropas invasoras. Comenzaron una desorganizada retirada hacia su campamento fortificado. Los espartanos y tegeatas reorganizaron sus efectivos y comenzó la persecución, la caza del hombre, la carnicería.

En el ala izquierda corrió como un reguero de fuego la noticia de la muerte de Mardonio. Los tebanos y tesalios se retiraron ordenadamente hacia la seguridad de los muros de Tebas.

Los hoplitas de Arístides renunciaron a perseguirlos y se abalanzaron como lobos contra los bárbaros que intentaban refugiarse en su campamento. No hubo piedad. Los helenos descargaron su furia contra los iranios: éstos murieron a millares, como ratas sorprendidas en su ratonera por una jauría de gatos.

Sólo los medos que ocupaban la línea central consiguieron huir al mando de Artabazo, rumbo a Tesalia.

El botín que consiguieron los de la Liga Corintia compensó los daños que las bárbaros habían infringido a la Hélade entera. El nombre de Platea había sido escrito con oro y sangre en los anales de la Historia.

Hipias limpió en la hierba la sangre de su espada. Con ella había decapitado a Diodoro, el cabecilla de los ilotas traidores. Agarró con odio la cabeza de éste y la empaló en su lanza. Al llegar a Esparta, ésta, junto a las armas recuperadas de los 300, presidiría los juegos funerarios que celebrarían en su memoria y en la de Leónidas.

Esparta había vuelto a salir victoriosa.

2 comentarios

  1. […] Esquilo se ajustó las grebas con meticulosidad. Al fin se había acabado el tormento de la espera, de la incertidumbre. Habían sido muchos días jugando al gato y al ratón con los persas. Los helenos moviéndose de un lado a otro, buscando siempre crestas y terrenos escarpados para no ser arrasados por la temible caballería enemiga. Los medas siguiéndolos por la otra orilla del Asopo, sin atreverse a cruzarlo y enfrentarse a campo abierto.  […]

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