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La batalla de Platea (II)

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Sonrió con su risa de hiena Diodoro, el antiguo ilota, el siervo de los espartiatas, quien ahora se hacía llamar hegemón, el comandante de aquella tropa de renegados, vestidos con las armas que los persas habían despojado a los 300 Iguales de Leónidas, aniquilados en las Puertas Calientes.

Asistía, complacido, al incendio y saqueo de aquel pueblucho beocio, mientras se deleitaba con las maldiciones que los aldeanos enviaban a los que ellos tomaban por espartanos, antes de ser degollados. Siempre dejaban a algunos supervivientes, para que fueran pregonando los desmanes cometidos por las tropas de élite espartiatas. Contemplaba cómo germinaba por la Hélade toda el odio a Esparta. Esa sería su venganza contra los lacedemonios por haber sometido antaño a Mesenia y convertido en ilotas a sus pobladores.

Hacía ya casi diez días que el ejército heleno había cruzado el paso de Eleuteras. Al final de la llanura beocia, a escasos estadios del monte Citerón, en el cual al vate Hesíodo se le aparecieron las Musas, corría el río Asopo. A sus orillas, los medos de Mardonio habían construido un imponente campamento fortificado. Una empalizada cuadrada de casi kilómetro y medio de lado protegía a los más de 250.000 bárbaros, que amenazaban la libertad de la Hélade.

Movimientos de tropas griegas y persasLos griegos acamparon al pie del Eleuteras, sin decidirse a entrar a la llanura. La temible caballería persa los disuadía de ello. Los medos los provocaban a diario con disparos de flechas e insultos desde sus monturas. Los estrategos habían dado órdenes de no responder a las provocaciones.

Un gigantón de seis pies de alto y cuatro talentos de peso, Masistio, capitaneaba la caballería asiática. Ordenó atacar con más intensidad la zona defendida por los megarenses, al considerarla la más vulnerable.

Arístides se puso al frente de los 300 hoplitas de élite atenienses que acudió en auxilio de sus aliados. Masistio se dejó llevar por su fanfarronería y se acercó demasiado. Una flecha megarense alcanzó a su caballo y el coloso cayó a tierra.

Un puñado de atenienses con Arístides al frente se abalanzó sobre él. No consiguieron herirlo a pesar de alcanzarlo varias veces con sus lanzas. Parecía invulnerable como el divino Aquiles, el de pies ligeros. El gigante se defendía dando mandobles con su enorme espada de caballería.

Jinetes persas intentaban sacar a su señor del cerco ático, pero varios hoplitas se lo impedían. Al cabo, Melantio, el del alfarero, lo hirió con su hasta en un ojo. Masistio se desplomó bramando cual un oso.

Una feroz lucha se entabló en torno a su cadáver. Un centenar de infantes acudió en auxilio de los griegos y espantó a la caballería enemiga. Despojaron de sus hábitos al coloso y descubrieron, asombrados, que, bajo la túnica, llevaba una armadura de láminas de oro y bronce, la cual lo había hecho parecer invulnerable. Arístides juró consagrarla en el nuevo templo que se habría de erigir en la Acrópolis. Si los dioses le concedían la victoria. El cuerpo desnudo del caudillo fue subido a un carro y paseado por todo el campamento junto a su armadura. A su lado, ufano, Melantio.

Las cigarras atronaban con su canto monótono el llano. El calor era insoportable. Los hoplitas se cocían bajo sus yelmos corintios. Las corazas de bronce y los escudos pesaban horrores. Así como sus largas lanzas. No podían bajar la guardia en ningún momento.

Pausanias, el pariente del diarca Leónidas, caído en Termópilas, y que ostentaba la regencia durante la minoría de edad del nuevo rey, ordenó que las tropas de la Liga se acercaran a Platea. La polis había sido abandonada ante la cercanía del enemigo, a excepción de 600 hoplitas que se habían sumado a los aliados.

En el promontorio en el que manaba la fuente Gargafia se aposentaron los espartanos, sus periecos y los tegeos. Ocuparon el ala derecha. El resto se fue desplegando hacia el oeste, los peloponesios en el centro y los atenienses ocupando el ala izquierda. El contingente heleno formó un frente de varios kilómetros. Apenas 30.000 hombres frente a los 250.000 iranios.

Hipias, el segundogénito de Lisandro, lugarteniente del legendario Leónidas, oteaba oculto los muros de Tebas. Había llegado hasta allí siguiendo el rastro de sangre y fuego dejado por la pandilla de traidores ilotas, vestidos con las armas de los caídos en las Termópilas.

Hipias comandaba el pelotón de 100 espartiatas y 50 ilotas auxiliares que perseguía a los bandoleros. Tenía una cuenta pendiente con esos facinerosos: en el desfiladero habían perecido su padre y su hermano menor. No dejaría que esos canallas mancillaran su memoria vistiendo las armas de ambos y cometiendo barbaries bajo este disfraz.

Escupió observando los muros de Tebas. Esos malditos beocios habían traicionado a sus hermanos helenos, vendiéndose a los medos. ¡Tebas, la patria de Heracles, de Edipo humillada ante el Gran Rey!

Los saqueadores se refugiaban en la polis beocia y desde allí salían para cometer sus tropelías. Sólo tenían que aguardar. Le había informado un par de espías, que había conseguido introducir en la partida de criminales. Aparte de los 300 falsos espartiatas, a la horda se habían unido decenas de ilotas mesenios, que habían asesinado a sus amos. Como unos de ellos Hipias consiguió introducir a sus dos ilotas de confianza.

Le habían avisado de que al día siguiente los desertores tenían pensado salir rumbo a la Fócide para saquear los poblados vecinos a Delfos. En uno de los pasos de montaña, que comunicaban Beocia con el norte, los estaban esperando sus hombres.

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