Portada Cultura La batalla de Platea (I)

La batalla de Platea (I)

Por -
2 685
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on TumblrShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someone

Avivó el pábilo de la lucerna. La rellenó con más aceite. La noche iba a ser larga. Su Musa no tenía espera ni consideración a la fatigosa jornada de marcha, que había debido hacer el ejército de la liga panhelénica desde el istmo de Corinto. Si no ponía por escrito los versos que Melpómene le susurraba al alma, tal vez mañana no le acudieran.

Esquilo volvió al tablón que le hacía de mesa en su tienda de campaña. Rememoró lo que vivió en la divinal Salamina, casi un año atrás, cuando la escuadra persa de Jerjes fue batida por la armada helena, merced a la estrategia ideada por el genial Temístocles. Temístocles, que también comandó a los Maratonianos cuando humillaron a los medos de Darío. ¡Maratón! ¡Colosal Maratón! Una punzada de amargura le trajo a la memoria que allí entregó su vida por la libertad de Atenas su hermano.

Lo que estaba escribiendo iba a disgustar a más de uno. Intentaba empatizar con los persas y describir qué sintieron los que se quedaron en Susa mientras que el imponente efectivo, reunido por Jerjes, invadía la Hélade, para esclavizarla.

 Llanura de Platea desde el Monte Citerón (1829). Grabado de H. W. Williams encargado por William Miller.

Llanura de Platea desde el Monte Citerón (1829). Grabado de H. W. Williams encargado por William Miller.

Empezaba con un coro de ancianos, los Fieles, ante el palacio real. Haría intervenir a la Reina Madre viuda, Atosa, y pensaba, incluso, presentar el fantasma de Darío. Veía ante sí ya el desenlace de la tragedia con la entrada de un Jerjes humillado en Salamina, pero sin reconocer, todavía, que los dioses lo habían castigado por su hybris, su soberbia.

Ahora estaba de moda maldecir a los asiáticos, sobre todo tras que redujeran a escombros Atenas y otras tantas polis. Pero él necesitaba empatizar con ellos, calzar sus sandalias. Meterse en su piel y describir qué sintieron tras la amarga derrota.

No iba a gustar a muchos. Los persas habían sembrado muerte y destrucción a su paso. Aún quedaban más de 200.000 por Beocia saqueando y matando. Pero necesitaba escribir su obra. Sabía que le llevaría años. Antes había que arrojar a esos medos de la sagrada Hélade. A eso habían llegado a las cercanías de la polis de Platea.

Estaba furiosa. La hiel le subía a borbotones a la garganta. No sólo había perdido a Leónidas en las Termópilas, sino que ahora tenía que soportar que algunos malditos profanaran su memoria y la de su guardia, los 300 Hippeís, que habían caído por el honor de Esparta. Una cuadrilla de traidores, vestidos con las armaduras de los 300 y portando los escudos con la cabeza de la Gorgona, emblema reservado sólo a los Iguales del diarca Leónidas, se paseaba por el Ática y Beocia haciéndose pasar por los espartiatas, devastando cuanto encontraran al paso, para sembrar en sus víctimas el odio hacia Esparta al tomarlos, por sus armaduras, como espartanos.

No sólo había perdido a Leónidas en las Termópilas, sino que ahora tenía que soportar que algunos malditos profanaran su memoria y la de su guardia

A la reina viuda le habían informado varios de los ilotas supervivientes, a los que el rey dio la libertad antes de que los Inmortales cerraran la trampa. Le habían referido la estremecedora muerte de los héroes espartanos y la saña con la que los persas descuartizaron el cadáver de su esposo, lo crucificaron y dejaron sus restos para escarnio de cuantos por allí pasaran y pasto de carroñeros. No había derramado ni una sola lágrima. Por algo era una noble espartiata. Haría honor a su familia, a la de su esposo. Podrían estar bien orgullosos de ella. Aunque la tormenta estallara en su interior.

La reina Gorgo se había desplazado al campamento de la Liga Panhelénica para entrevistarse con Leotiquidas, el otro soberano superviviente de la diarquía. Su hijo era aún demasiado joven para ceñir la corona y su pariente Pausanias actuaba como regente. Fue hecha pasar inmediatamente a presencia del compañero de su esposo. Tratada como se merecía la esposa del héroe más grande que había parido Esparta en las últimas décadas. Ella también, a su modo, una heroína. Con rabia instó a Leotiquidas a acabar con los malditos que infamaban el sagrado nombre de Esparta. Estaba segura de que se trataban de algunos ilotas mesenios y metecos renegados.

El rey ordenó a 100 de sus mejores hombres que emprendieran la persecución de la pandilla de bandoleros. Aunque los renegados los superaban en tres a uno, no eran espartiatas de pura cepa. Nada tenían que hacer ante 100 de los Iguales. Gorgo asintió y volvió a su polis. Había de educar a un diarca.

2 comentarios

  1. […] Avivó el pábilo de la lucerna. La rellenó con más aceite. La noche iba a ser larga. Su Musa no tenía espera ni consideración a la fatigosa jornada de marcha, que había debido hacer el ejército de la liga panhelénica desde el istmo de Corinto. Si no ponía por escrito los versos que Melpómene le susurraba al alma, tal vez mañana no le acudieran.  […]

Responder

(Spamcheck Enabled)