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Temístocles de Salamina (III)

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El pabellón del Gran Rey ocupaba casi lo que dos grandes casas espartanas. Todo en él era lujo: candelabros de oro y plata parecían traer el sol al interior de la tienda, incensarios quemaban fragancias que no había olido jamás. Al fondo, subido a un descomunal trono dorado, se oteaba al Gran Jerjes, custodiado por un centenar largo de Inmortales. A varios pasos de él estaban reunidos sus generales. Sólo el general en jefe, Mardonio, tenía permiso para dirigirse al Gran Rey.

Diodoro se postró ante el Gran Rey, como lo habían instruido a golpe de bastonazos en las corvas la primera vez, y se dirigió hacia Mardonio. Éste le hizo saber que estaban muy satisfechos con las fechorías que cometía su cuadrilla de desertores vestidos con las armaduras de los espartiatas caídos en las Termópilas. Estaban consiguiendo extender, cual plaga de langosta, el odio hacia Esparta por toda la Hélade. Le instó a dirigirse a Beocia de nuevo y seguir saqueando y matando sin piedad. Pero, antes, quería que los informara de cómo estaban las cosas ahora en la capital de Lacedemonia, una vez muerto su diarca Leónidas.

El antiguo ilota informó de que el rey caído en el desfiladero tenía un hijo, nacido de la indómita Gorgo, al que llamaban Plistarco. Él no tenía aún edad para reinar, por lo que suponía que algún pariente suyo ocuparía la regencia. Estaba casi seguro de que sería Pausanias, primo del rey. Y ése era un personaje a tener muy en cuenta.

trirremeEl otro diarca, Leotíquidas II, también era un guerrero más que notable y se había hecho cargo de fortificar personalmente el istmo de Corinto con un muro. Se había puesto al frente de la Liga con sus, hasta ahora, invencibles hoplitas. Sería una roca en el camino persa bastante difícil de allanar.

La conferencia fue interrumpida al entrar un oficial de guardia arrastrando de una cadena a un fugitivo, al que habían atrapado las patrullas. Se trataba un esclavo persa, huido del campamento heleno de Salamina. Decía llamarse Sicino y servir al mismísimo Temístocles. Tenía un mensaje de vital importancia para el Gran Rey. Se había negado a decir nada más, a pesar de que lo habían golpeado para que desvelara su misión.

Mardonio agradeció su celo al oficial e interrogó al fugitivo. Sicino dijo que su amo Temístocles se había hartado de la división que reinaba entre las tropas aliadas y que había decidido pasarse al bando del Gran Rey. Había comprendido demasiado tarde, tras asistir a la devastación de su amada polis, que el poder de éste era infinito. Como infinita esperaba que fuera su misericordia y fuera capaz de perdonar a los atenienses por las afrentas que de ellos había recibido.

Como símbolo de buena voluntad, Temístocles advertía al gran señor de Asia y, ahora, de la Hélade de que los helenos estaban tan enfrentados, que planeaban sacar sus navíos de Salamina y concentrarlos en otro lugar. Era el momento de que los persas lanzaran su ataque. Los griegos estaban desmoralizados y divididos. Los mismos atenienses no dudarían en traicionar a sus aliados y ayudar con sus trirremes a la flota asiática en el momento crucial de la batalla.

El semblante de Mardonio se fue encendiendo según escuchaba el relato del esclavo. Jerjes mantuvo, no obstante, su hieratismo. Se inició entonces un acalorado debate sobre cómo proceder a continuación. Los más se mostraron de acuerdo en ordenar el ataque de inmediato.

Sólo se opuso una mujer: Artemisia, tirana de Halicarnaso, puesto que había obtenido al suceder a su fallecido esposo. Artemisia era una líder nata, aparte de una brava guerrera. A diferencia del Gran Rey y de Mardonio, ella misma combatía con sus hombres a bordo de una de sus trirremes. La tirana defendía que era una locura combatir en aguas del estrecho, donde quedaba amortizada la superioridad de la escuadra persa.

No fueron escuchadas sus advertencias. Mardonio, a instancias de Jerjes, ordenó a los almirantes que aprestaran sus navíos y a los generales de infantería que cubrieran toda la costa con sus hombres para rematar a los náufragos helenos que llegaran a ella. No habría cuartel.

Jerjes ordenó que se levantara un trono en una colina cercana para asistir a la debacle de la odiada escuadra enemiga.

El alto mando asiático envió a la flor y nata de su armada, los escuadrones egipcios, a bloquear la salida del canal por el oeste, por Mégara, para privar a los aliados de toda vía de huida. El resto de la flota persa comenzó a infiltrarse poco a poco en el canal, cerrando la trampa.

– ¡Estamos rodeados!- advirtió Arístides a su superior.

– Eso es lo que queríamos, ¿no? Arístides, olvidemos viejas rencillas: te encomiendo el mando sobre nuestros hoplitas de tierra. No quiero que tengáis piedad con ninguno de los bárbaros que lleguen a nado a nuestras costas, tras haberse hundido sus naves. Y te insto a reconquistar personalmente el islote de Psitalea. Quiero que nuestros náufragos tengan un puerto seguro en el que refugiarse. Si dejamos allí a los medos, los sacrificarán como ovejas conforme vayan llegando.

– Descuida. Tú comanda a nuestras trirremes. La diosa de ojos garzos nos guarde a ambos.

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