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Temístocles de Salamina (II)

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En lo alto de la Acrópolis, a escasos pies de donde estuviera el olivo que hizo brotar Atenea al clavar su lanza, que ahora se consumía incendiado, el sacerdote ateniense Aristágoras sufría su martirio. Los persas lo habían empalado, tras obligarlo a asistir a la violación y degollación de las pocas sacerdotisas y fieles que habían permanecido junto a él y a la profanación de las estatuas sagradas, que no habían podido ser evacuadas.

El aguijón del madero, al que lo habían encaramado se abrió camino en su ano desgarrando todo a su paso.

– ¡Te…, so…, ro!- Consiguió gritar en su agonía.

El traidor oficial lacedemonio, el cual había capitaneado el asalto final a la roca, hizo una señal a sus hombres para que sostuvieran los pies del sacerdote y frenaran su tormento. Se acercó al ateniense.

Éste hizo entender que conocía el emplazamiento de un tesoro de joyas, que había escondido en un lugar secreto.

El renegado ordenó que lo desempalaran. Hizo venir a un cirujano para que contuviera la hemorragia y ordenó que llevaran al sacerdote en unas parihuelas hasta donde él indicara. Los condujo a una capilla lateral del templo, aún no alcanzada por las llamas. Señaló su estatua dilecta, la del Moscóforo, el joven que sobre sus hombros portaba un ternero para sacrificar. Un nubio gigantesco se acercó a ella con un mazo para destruirla. El sacerdote gritó con un hilo de voz: sólo tenían que moverla, con su pedestal. Bajo una losa encontrarían un compartimento.

Así hicieron. Su cara se llenó de lujuria al ver el brillo de las joyas y monedas que se escondían. Diodoro, el oficial al mando, ordenó llenar dos sacos con el botín. Se guardó sólo para él un torques de plata repujada. Dispuso que los dos sacos fueran entregados como presente al Gran Rey.

Miró con una sonrisa de hiena al sufriente cautivo. Sin dejar de sonreír dictaminó que volviera a ser empalado.

Ajeno a los gritos de súplica y a las maldiciones del ático mientras era conducido hacia su muerte, miró fijamente aquella estatua, que ocultaba el tesoro. Esa sonrisa idiota de aquel joven. La mansedumbre con la que la ternera se acercaba a su sacrificio…

Sin dejar de sonreir dictaminó que volviera a ser empalado

Empuñó con rabia el mazo. Miró con desprecio la escultura y se aprestó a golpearla. Estos atenienses eran unos afeminados. Gastar sus energías en esculpir estatuas, levantar templos, dictar leyes, escribir y ver teatro,… Con razón y toda justicia su polis había sido borrada de la faz de la tierra. Por él, un esparta… Sonrió, divertido: él, un antiguo ilota, un siervo de los verdaderos espartanos, los espartiatas, un renegado, un traidor a Esparta, comenzaba a sentirse uno de los Iguales.

Tenía lágrimas en los ojos al ver desde el altozano, en Salamina, cómo su polis, su sacrosanta Roca era reducida a cenizas. Esos bastardos de los persas, a los que él mismo había contribuido a derrotar diez años atrás en la inolvidable hazaña de Maratón, se cobraban, al fin, venganza sobre la humillación que les habían causado entonces.

Batalla de Salamina, Wilhelm von Kaulbach

Batalla de Salamina, Wilhelm von Kaulbach

Pero, aún así, Esquilo sentía pena por esos bárbaros. Tanto odio, tanto ensañamiento con personas y posesiones era síntoma de un alma enferma, podrida. Así la había de tener el tal Jerjes, al que llamaban Gran Rey, pero, sin saberlo, era el más miserable de los mortales. Un hombre no podía confiar todo a su ira. Los dioses castigarían, antes o después, su hybris, su soberbia.

Esquilo sentía a su musa susurrarle en el hígado una idea para componer otra tragedia. Decidió dirigirse a su tienda para tomar notas. A Melpómene no había que hacerla esperar. Mañana o pasado o al otro, seguro, llegaría la hora de Ares: la impiedad de los medas había de ser castigada por las armas helenas. A sus espaldas veía a Temístocles y a los demás líderes de La Liga. Seguía teniendo confianza ciega en ellos, sobre todo en el primero, que los había llevado a la victoria en Maratón.

– ¡Hay que retirarse, abandonar Salamina y llevar la flota a buen resguardo en el Peloponeso o al Istmo de Corinto, antes de que nos encierren en esta ratonera! Sus navíos nos superan en una proporción de tres a uno. Sus tripulaciones, sobre todo las egipcias y las fenicias, son infinitamente más disciplinadas y marineras que las nuestras.- Gritó Euribíades, el almirante de los espartanos, al que se le había confiado el mando supremo, a pesar de que Esparta sólo aportaba 20 trirremes frente a las 100 que traía Atenas. Golpeó con un puño el mapa que Temístocles había extendido ante él.

– ¿Pero es que no ves que, precisamente, esa abrumadora superioridad suya nos impele a no enfrentarnos a ellos en mar abierto? Si tenemos alguna posibilidad es aprovechar estos estrechos, donde no pueden desplegar al mismo tiempo a todos sus navíos. – Replicó el estratega ateniense, intentando mantener la calma para ser más convincente.

Sus argumentaciones parecieron convencer al resto del estado mayor. Euribíades hubo de resignarse. Por ahora.

Temístocles tenía claro que debía azuzar a Jerjes para que apresurara el ataque y cayera en la trampa. Ordenó llamar a un esclavo persa de su máxima confianza. Tenía una misión para él.

Tenía lágrimas en los ojos al ver desde el altozano, en Salamina, cómo su polis, su sacrosanta Roca era reducida a cenizas

Los iranios habían tomado posiciones frente a la isla, ocupando toda la franja costera hasta llegar a la sagrada Eleusis. Inclusive habían ocupado el islote de Psitalea, para evitar toda esperanza de salvación a los atrincherados en Salamina.

Fue informado de que se había presentado su otrora odiado Arístides, al que había ordenado volver del destierro. Su experiencia conduciendo hoplitas, de sobra mostrada en Maratón, era un lujo al que Atenas no podía renunciar en momentos tan críticos. Había que olvidar viejas rencillas políticas.

4 comentarios

  1. […] En lo alto de la Acrópolis, a escasos pies de donde estuviera el olivo que hizo brotar Atenea al clavar su lanza, que ahora se consumía incendiado, el sacerdote ateniense Aristágoras sufría su martirio. Los persas lo habían empalado, tras obligarlo a asistir a la violación y degollación de las pocas sacerdotisas y fieles que habían permanecido junto a él y a la profanación de las estatuas sagradas, que no habían podido ser evacuadas.  […]

  2. […] En lo alto de la Acrópolis, a escasos pies de donde estuviera el olivo que hizo brotar Atenea al clavar su lanza, que ahora se consumía incendiado, el sacerdote ateniense Aristágoras sufría su martirio. Los persas lo habían empalado, tras obligarlo a asistir a la violación y degollación de las pocas sacerdotisas y fieles que habían permanecido junto a él y a la profanación de las estatuas sagradas, que no habían podido ser evacuadas.  […]

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