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Temístocles de Salamina (I)

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¡Oh divina Salamina! Tú aniquilarás a los hijos de las mujeres, bien sea cuando se siembra Deméter, bien cuando se cosecha1.

Así rezaba el segundo oráculo que habían tenido que comprar de los sacerdotes de Delfos, para que lo ayudaran a convencer a la Asamblea de que tenían que abandonar Atenas a la furia de los enjambres iranios. Y buscar la salvación en el mar. En su poderosa flota de trirremes, construidas bajo sus auspicio: el de Temístocles, hijo del perieco, un extranjero, Neocles y de otra foránea. Gracias a su talento, a su tenacidad, a las oportunidades que le brindaba la Democracia consiguió, primero, obtener la ciudadanía y luego, apoyándose en las clases más humildes, ir ascendiendo en la escala social, hasta llegar a ser nombrado varias veces strategos e, incluso, arconte.

Él fue el ideador de la estrategia que acabaría por desbaratar la invasión persa diez años atrás en la legendaria Maratón. Había impuesto su criterio sobre el resto de sus compañeros estrategas (callando a su odiado rival Arístides con la brillantez de su táctica) y, lo más meritorio, sobre su superior el polemarca. Atenas le debía a él su supervivencia.

Se había quitado de encima al engreído aristócrata Arístides, al que, para su desagrado, todos se empecinaban en llamar “El Justo” por su contrastada probidad y honestidad. Consiguió que lo condenaran al ostracismo. Ahora estaba desterrado del Ática por diez años. Pudriéndose en Egina.

Durante su arcontado persuadió a sus conciudadanos de que construyeran en los astilleros de Falero y del Pireo doscientas trirremes de guerra. Su mayor orgullo. La esperanza del Ática.

Ante la amenaza suscitada por la nueva invasión médica, colosal por su incontables infantería y caballería, amén de su formidable escuadra, los aliados enviaron mensajeros a Delfos para saber de la Pitia qué habían de hacer. El oráculo fue desolador: los invitó a entregarse a los persas o a huir a los confines del mundo. La libertad de la Hélade estaba sentenciada.

Temístocles tenía claro que los persas habían comprado a los sacerdotes délficos, por lo que tomó la determinación de enviar otros embajadores con las órdenes de presentarse como suplicantes y no moverse del santuario hasta no recibir un oráculo más esperanzador. Fue así como obtuvo el segundo oráculo, que les proporcionó un resquicio de esperanza y los instaba a abandonar Atenas, ya amortizada tras que los medos se impusieran en las Termópilas y en Artemisio, y a buscar la salvación en un muro de madera: sus trirremes.

Allí estaban ahora, en la isla de Salamina, a la vista de Atenas y del istmo de Corinto, a unos 11,5 estadios (2.000 metros) de tierra firme, aunque en algunos pasajes el canal se cerraba hasta distar la mitad del continente.

Se habían reunido en la isla unas 100.000 almas, entre las dotaciones de las trirremes, hoplitas y refugiados del Ática y de la cercana Mégara. Juntos contemplaban la devastación de Atenas por las hordas bárbaras.

¡Están quemando la Acrópolis! ¡Hasta la diosa Atenea nos ha abandonado! – graznó una de las mujeres, que se había ofrecido para atender a los heridos de las futuras batallas.

  1. Para este artículo y los anteriores me he inspirado en la recomendable lectura de “La aventura de Los Griegos”, de Javier Negrete, La Esfera de Los Libros []

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