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Atenas devastada (III)

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Fidipo se batió como una furia contra los primeros medos que consiguieron encaramarse a la muralla. Consiguió abatir a dos de ellos, bramando de júbilo e invocando el nombre de su hijo para que allá, en el Hades, bebiera la sangre de sus víctimas.

Un canijo iranio paró con su escudo de mimbre uno de sus lanzazos y le devolvió con su espada un tajo dirigido a su garganta. Fidipo, debilitado por la edad, había bajado la guardia y se supo perdido. Se resignó a ver venir la muerte. Filodemo se interpuso en la trayectoria de la espada y paró con su pecho el letal tajo. No llevaba armadura. La herida le abrió una enorme brecha que casi dejó al descubierto sus pulmones.

Fidipo remató con saña al meda que lo había abatido. Arrojó su lanza y su escudo y se arrodilló para abrazar el cuerpo de su compadre. Filodemo boqueaba cual pez fuera del agua, inspirando con avaricia sus postreras bocanadas. Fidipo lo acunaba hablándole de las jarras de vino que habían compartido los tres, cuando Fidípides aún vivía, a la sombra de su parra. De las juergas que se habían corrido los tres juntos… Recogió con un beso en los labios el último suspiro de su amigo. Sus lágrimas le impidieron ver al espartano que se acercaba con su espada desenvainada.

Diodoro rebanó de un solo tajo la cabeza de aquel viejo chocho que se abrazaba al cadáver de otro. Miró satisfecho a su alrededor. La lucha en la muralla había acabado. Abajo, en el recinto sagrado, un grupúsculo de mujerzuelas, sacerdotisas o beatas de alguna divinidad, gritaban como gallinas al ver acercarse a ellas a los bárbaros. Media docena de sacerdotes intentaba espantar con sus rezos y sortilegios a los iranios que se avecinaban hambrientos de botín a los templos. ¡Estúpidos! Sus hombres no tenían ya ni dioses ni ley.

El sacerdote Aristágoras contuvo un grito de dolor. Todo su empeño era morir con dignidad. No dar motivos de chufla y regocijo a aquellos diabólicos persas y a los canallas espartanos que habían traicionado a la Hélade. Sobre todo a aquella mala bestia que los mandaba: un tal Diodoro.

Lo ultrajaron de mil maneras: obligado a ver las violaciones de las sacerdotisas y acólitas que habían decidido permanecer en Atenas, la destrucción de las estatuas de mármol, la profanación de las cámaras sagradas de los templos. Habían orinado en el olivo sagrado y, ¡dioses del Averno!, le habían prendido fuego tras arrojarle ánforas de aceite, que les sirviera de combustible. Habían arrojado a la sima de Poseidón a las sacerdotisas vejadas.

Ahora estaban intentando derribar las columnas del templo de las doncellas, tras prenderle fuego. Ataron unas cuantas maromas a las columnas y de ellas tiraban docenas de bueyes, jaleados por los gritos embriagados de los invasores.

Se cansaron de pasearlo de aquí para allá obligándolo a asistir a sus desmanes. Lo forzaron a contemplar cómo afilaban el leño en el que iba a ser empalado. Cuando consideraron que su punta ya estaba lo suficientemente afilada, lo izaron con una polea y lo situaron, totalmente desnudo, sobre ésta. Para prolongar la diversión de su verdugos, pusieron entre su ano y la mortífera punta un pequeño cojín de alcornoque.

El sacerdote Aristágoras contuvo un grito de dolor. Todo su empeño era morir con dignidad. No dar motivos de chufla y regocijo a aquellos diabólicos persas y a los canallas espartanos que habían traicionado a la Hélade

Fueron atándole bolsas cargadas de piedra y arena a sus piernas. A cada una de ellas notaba cómo el filo de la estaca se abría camino entre el cojín de corcho, apuntando siempre hacia sus entrañas. Entre lágrimas rogó a la diosa, que aún resistía en el centro del frontón, que no le hiciera perder su dignidad ante aquellos canallas.

Notó que la punta había traspasado al fin el corcho. Sintió cómo se abría camino entre su bajo vientre. Entonces abrió por fin su propio Tártaro y sintió correr el fuego de los ríos infernales…

A escasos pies de donde ardía el olivo que plantara Atenea, un retoño, hijo del mismo, alejado de las llamas y a salvo de las ansias devastadoras de los enemigos, por estar protegido por un montón de rocas, saludaba a los rayos de Helios.

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