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Atenas devastada (II)

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El sacerdote no concebía su vida sin saludar todas las mañanas a la estatua de su diosa, allá en lo alto, que vestía su égida, tan majestuosa, y sujetaba en su mano una serpiente. No se imaginaba sin pararse a charlar con aquella maravillosa estatua policromada del moscóforo, ese joven barbado, de hermosos tirabuzones y enigmática sonrisa, que cargaba sobre sus hombros un ternero, que sería entregado como ofrenda a la diosa.

Busto de Atenea

Busto de Atenea

Sabía que iba a morir. No era un héroe. Temía a la muerte más que nadie. Pero no podía dejar desvalidas a sus reliquias, a sus estatuas.

Otro puñado de locos, como él, aguardaban la llegada de la Parca fortificados en los únicos baluartes que podían brindarles algo de protección: los ciclópeos muros de la vieja acrópolis. Algunos, incluso, se habían armado dispuestos a vender cara su libertad.

A éstos los comandaba un viejo decrépito de más de sesenta años, un tal Fidipo de Acarnas, padre del joven guerrero que dio su vida para avisar a la polis de que habían vencido en Maratón y que no se rindieran a los persas. Eso fue diez años atrás. Fidipo no había podido superar la muerte de su único vástago. Su mujer, tampoco: se había dejado morir de congoja e inanición.

Fidipo, tras enterrar al lado de su hijo a su compañera, había decidido dejarse morir también. Su compadre Filodemo se lo había impedido: lo obligaba a levantarse de la cama, a atender su pequeño huerto; lo acompañaba a las tumbas de su familia a llevarles higos, uvas o granadas y a libar junto a ellos una jarra de vino; lo sacaba de caza con Atalanta, la cachorro a la que había enseñado su hijo Fidípides y que se había descubierto una excepcional rastreadora de conejos y perdices. Filodemo, que había permanecido soltero, se mudó a casa de su amigo para no dejarlo solo, pues temía que en los momentos de máxima congoja, cuando éste se abandonaba en manos del vino de Dionisos, intentara colgarse.

Fidipo seguía vivo. A su pesar. Los dioses, no obstante, habían sido misericordiosos con él. Lo mantuvieron vivo para vengar la muerte de su niño del alma. Allá abajo estaban los bastardos que lo habían hecho morir. Se llevaría alguno por delante antes de reunirse con los suyos. Lo entristecía que su amigo Filodemo se había negado a dejarlo solo y a refugiarse en Salamina con los demás de Acarnas. Él era un hombre libre y como tal había elegido morir junto a su compadre.

– ¡Los espartanos nos han traicionado! ¡Hay espartanos entre los bárbaros!

Una vieja histérica gritó, al ver cómo entre las hordas extranjeras, que saqueaban e incendiaban la parte baja de la ciudad, matando a todo ser vivo que se encontraran a su paso, incluyendo a algunos desdichados que se habían negado a abandonar sus hogares o negocios, se adelantó hacia las rampas que conducían hasta la acrópolis un destacamento, a cuyo frente iban una veintena de espartanos, imposibles de no reconocer: en sus escudos lucían la lambda lacedemonia.

Didodoro se caló el yelmo y miró hacia la acrópolis evaluando sus defensas y buscando sus puntos débiles. ¡Cómo habían cambiado las cosas para él, el otrora ilota subyugado por los espartiatas! Tras la aniquilación de la guardia de Leónidas y sus aliados en las Termópilas, se presentó ante el general Mardonio, segundo en el mando después de Jerjes. Relató ante éste sus credenciales, lo dejó admirado por su conocimiento de las tácticas de guerra lacedemonias y se ofreció para comandar un batallón capaz de frenar a la hasta ahora imparable falange espartana. Mardonio evaluó con ojos expertos al descarado ilota y descubrió en él algo que le agradó en extremo: un odio exacerbado hacia sus antiguos señores espartanos. Odio que antepondría a la seguridad de sus propios familiares y a su misma vida.

Diodoro le sugirió despojar de sus armaduras y equipos a los escoltas de Leónidas y vestirse él y alguno de sus ilotas y periecos desertores con las armas de éstos: harían creer a los demás helenos que los espartanos jugaban con dos barajas y que se habían pasado a los persas, mientras que el otro diarca fingía defender los intereses de la liga corintia en el Istmo. Prometió que él y sus hombres, vestidos como los espartiatas, actuarían como hienas en el saqueo de las polis helenas que no se hubieran sometido al Gran Rey, matando y violando sin piedad, a fin de que se extendiera como una mancha de aceite por toda la Hélade el odio a Esparta.

Había cumplido su palabra. Ya no llevaba la cuenta de los griegos a los que había destripado, niños incluidos, o de las mujeres a las que había violentado. Disfrutó incendiando poblados y aldeas, sin respetar templos ni santuarios, a excepción del de Delfos: sus sacerdotes, comprados por el oro del Rey, habían profetizado en contra de la resistencia griega y les habían instado, sin éxito por ahora, a someterse a los persas.

El mismo Mardonio le encomendó la toma y la devastación de la roca más sagrada para los atenienses: la Acrópolis. Ésta parecía formidable, casi inconquistable si hubiera estado protegida por soldados disciplinados. Pero sólo un puñado de ancianos, mutilados y pordioseros defendía sus baluartes. Un bocado demasiado fácil para una hiena ávida de sangre.

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