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Atenas devastada (I)

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Diodoro se refugió, junto con algunos compañeros, en un abrigo que había a un centenar de pasos del muro focidio. El resto de sus conmilitones, también ilotas, los había despreciado por abandonar a sus antiguos señores espartiatas en la muralla, que protegía el desfiladero de las Termópilas. Algunos, incluso, les habían escupido.

Cretinos: preferir morir acompañando en su bajada al Hades a aquellos engreídos espartanos, que ignoraban la presencia de los ilotas y sólo reparaban en ellos, cuando querían ser servidos o los necesitaban como combatientes auxiliares. Además, los protervos laconios habían acabado con la libertad de la sagrada patria de muchos de los ilotas, Mesenia, y los habían reducido a ser simples siervos de la gleba. Allá y se las compusieran ellos con Caronte. Desde luego, él no iba a morir a su lado.

Le daba igual que en Esparta lo tomaran por un abominable cobarde. No pensaba volver. Nada lo retenía en la capital lacedemonia. Ni siquiera su mujer y sus cinco hijos: estaban condenados de por vida a servir a sus señores. Él, ahora, era libre. Nunca volvería a someterse a nadie.

Diodoro combatía como arquero y también con la honda. Sus flechas y sus glandes habían acabado con varios medos y algún que otro Inmortal, cuando cargaron contra la falange lacedemonia. Pero aquellos engreídos de cuidadas trenzas los despreciaban por luchar con armas “afeminadas”. ¡Infelices! ¿A cuántos de esos ufanos habrían matado los enemigos a los que abatió con sus proyectiles?

Ahora le daba igual. El diarca Leónidas les había dado la libertad para salir de aquel desfiladero antes de que los Inmortales cerraran la tenaza y pillaran por vanguardia y retaguardia a aquellos mil insensatos, que se habían quedado para batirse contra los más de 250.000 bárbaros. Los cuales, como lobos hambrientos, se aprestaban a devorar la Hélade entera.

Él y sus compañeros querían asistir al desenlace de aquella batalla. Ver morir a los que tanto los habían humillado, a ellos y al resto de ilotas. Por eso se escondieron en aquel abrigo, para contemplar cómo los Inmortales vengaban las afrentas que los mesenios venían sufriendo desde tiempo inmemorial de manos espartanas. Luego, una vez acabada la masacre, se presentarían ante cualquier general del Gran Rey y se ofrecerían como mercenarios. Seguro que los iranios pagaban bien los servicios de guerreros tan entrenados. Capaces de conducir a los invasores ante las puertas de Esparta. Los dioses le habían concedido la posibilidad de vengarse.

¡Ya han llegado a Colono!

¡Están incendiando el demos de Colono!

Los gritos de desolación rasgaron como un relámpago la mañana de aquel día veraniego.

Aristágoras se encaramó, junto a los demás, al baluarte oriental de la Acrópolis. Los vigías no mentían: los bárbaros habían llegado. Todo estaba perdido. Los dioses los habían, también, abandonado.

Dos semanas atrás se presentó un heraldo anunciando que los medos habían sobrepasado las Termópilas, en las que un contingente espartano al mando de Leónidas contuvo durante dos días el avance del océano asiático. Casi al mismo tiempo, en el cabo Artemisio, a la entrada del canal que separa la isla de Eubea del continente, las trirremes helenas de la Liga de Corinto lucharon contra la flota del Gran Rey. Tampoco habían conseguido frenarla. La Hélade central estaba perdida, abandonada a la rapiña de los iranios. Atenas, sentenciada.

Al estratega Temístocles le costó convencer a los ciudadanos con derecho a voto para que evacuaran la polis. Había necesitado de toda su oratoria y de tres asambleas para hacerlo. Hubo de echar mano de los oráculos que la Pitia les había revelado en Delfos. Silenció, astuto, la parte en la que ésta les instaba a no enfrentarse a los medas y someterse a ellos.

Templo de Apolo en el monte Parnaso

Templo de Apolo en el monte Parnaso

Con voz tonante expuso a sus conciudadanos que el mismo Apolo les instaba a huir al fin del mundo, a abandonar su polis, sus demoi y a buscar refugio en la muralla de madera (los barcos de guerra, que previsoramente había mandado construir en los últimos años). Les dijo que, huyendo, podían perder su hogar, pero no su libertad, su eleutheria.

Las mujeres, ancianos y niños fueron llevados a Trecén y a las islas de Egina y de Salamina. Los hombres en edad de combatir fueron enrolados en las dotaciones de las trirremes. El único arma a la que los atenienses confiaron su libertad. Incluso, muchos esclavos fueron liberados para que pudieran bogar como remeros.

Atenas, sus demoi fueron despoblados por sus habitantes, que se aferraban a los quicios de las puertas, abrazaban sus olivos, resistiéndose a abandonar sus casas, las tumbas de sus muertos y las de sus héroes.

Aunque algunos se resistieron a abandonar sus ancestrales hogares. Varios insensatos. Como él: Aristágoras, hijo de Demócrito, sumo sacerdote del Templo de las Vírgenes, en el que se custodiaba el sacrosanto xoanon , la arcaica estatua de madera que, según la leyenda, el mítico Dédalo había construido representando a la diosa Atenea antes de ser desterrado de Atenas.

El xoanon y el resto de los tesoros habían sido puestos a buen recaudo en los templos de la isla de Delos, a la que los persas no osaban atacar pues pensaban que Apolo era la encarnación griega de su dios Ahura Mazda. Allí se habían guarecido también todas las sacerdotisas, sacerdotes y acólitos de los templos del Ática.

Pero él se había negado a abandonar las reliquias sagradas que se custodiaban en la Acrópolis y no podían trasladarse: el olivo, que había brotado de la lanza de la casta Palas Atenea, cuando ésta clavó su arma en ese mismo lugar, en su disputa con Poseidón para obtener el patronazgo sobre Atenas; la sima que horadó el poderoso Poseidón al clavar su tridente en la roca; el recoveco en el que se guarecía el dios serpiente Erecteo,… Tampoco podía abandonar a las estatuas que coronaban los frontones de los templos o adornaban el interior de los mismos y que, por su peso, no habían podido ser cargadas en las carretas de bueyes, que trasladaron los tesoros al puerto de Falero, antes de que se avistaran las proas bárbaras.

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