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Leónidas de Esparta (II)

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Allí estaba él ahora: Leónidas, diarca de Esparta, al frente de sus 300 Hippeís, sus Iguales, su guardia personal, auxiliados por dos centenares de ilotas, para encargarse de toda la intendencia e impedimenta. Protegida su retaguardia por siete mil hoplitas de la Liga Corintia, más otros mil que custodiaban la senda Anopea, el talón de Aquiles de aquel punto en el que habían decidido frenar el paso de la marabunta persa.

Malditos bárbaros, que arrasaban todo a su paso cual plaga de langosta. Habían tardado cuatro días en agruparse ante el llano, que daba acceso al desfiladero de Las Termópilas: 300.000 enemigos, de razas y naciones diferentes, ávidos de sangre y de rapiña, apoyados por la escuadra más formidable que hubieran visto esas aguas bendecidas por los dioses.

Los éforos de Esparta habían decidido enviarlo a él, el Hijo del León, al mando sólo de su guardia de honor, para que se pusiera al frente del contingente heleno, a fin de ganar tiempo y hacer, así, que los griegos pudieran abandonar las polis que no se habían vendido al Gran Rey (malditos fueran por siempre tebanos, tesalios y, sobre todo, sus vecinos los argivos, que o bien no se habían unido con efectivos a la Liga Helénica, o bien se habían aliado con los medos). La Liga había decidido abandonar toda la Hélade continental, refugiar a la población en las islas y hacerse fuertes en la península del Peloponeso. Para tal fin estaban levantando un muro en el istmo de Corinto. Allá aguardaban el grueso de las tropas lacedemonias, mandadas por su colega en la diarquía, y el ejército aliado.

Aquel desfiladero, el de las Termópilas, era, sin duda, el mejor lugar para frenar el avance de las hordas extranjeras. Sólo una lengua de tierra era transitable entre las montañas y las aguas del mar. Por ella apenas podían marchar alineados doce hombres armados. Y, ni mucho menos, podían maniobrar los temibles carros de guerra, armados con sus mortíferas guadañas, capaces de partir a un hombre por la mitad.

La vanguardia meda se había quedado pasmada al ver cerrado el paso por un muro, que habían refortificado los ilotas, guardado por la crema de la infantería espartana comandada por su diarca. Habían lanzado varios ataques para disuadir a los laconios de lo vano de su empeño de obstaculizarles el paso. Todos habían acabado en baño de sangre. Bárbara. Ni los mercenarios egipcios, ni los hititas de afeminadas barbas habían podido franquear el muro que los hoplitas espartiatas construían con sus escudos y lanzas. Varios centenares de enemigos habían dejado la vida o recibido graves heridas antes de que sus generales tomaran la sabia decisión de esperar la llegada de Jerjes, aunque más de uno fuera castigado por haber sido incapaz de salvar el obstáculo puesto por esos 300 locos. Entre los espartanos, ninguna baja en esos días de tanteo, a excepción de algunos heridos que, una vez cosidos por los cirujanos, estaban otra vez prestos a vestir su armadura.

Cuatro días habían tardado los iranios en reagruparse. Había visto de lejos cómo aquel petimetre, que se hacía llamar Gran Rey, mandaba azotar o ejecutar a algunos de sus oficiales por no haber sabido superar el muro levantado por los espartanos. Bonito inútil aquel Jerjes, que se hacía rodear de un oropel de lujo y enviaba a sus hombres a morir, sin ser él en primero en lanzarse al ataque dando ejemplo, como hacían los reyes espartiatas.

La tarde de ayer, previendo que su hora se acercaba, Leónidas había ordenado que sus 300 fueran sustituidos en la muralla por mil aliados y se había marchado con ellos a disfrutar de un baño en uno de los manantiales de aguas calientes que daban nombre a aquel lugar. Habían retozado como niños, salpicándose entre sí o dormitando sobre las cálidas aguas. Lisandro, su segundo, un veterano que había servido fielmente a su padre y a su hermanastro, lo había atendido en persona en su aseo, haciendo ver que era un honor para él. Bendito Lisandro: aun rondando la sesentena como él, se conservaba en una magnífica forma física. Sólo su cabellera y barba canosas delataban su edad. Nadie mejor para proteger su costado.

– Mi señor, – uno de sus hoplitas de la avanzadilla de guardia lo sacó de sus ensoñaciones- se acerca un embajador con el báculo sagrado y una fuerte escolta.

El rey siguió a su hombre hasta la empalizada. El embajador, un obeso más emperifollado que una mujerzuela, se detuvo lejos del alcance de las lanzas espartanas. Levantando el báculo de heraldo, para que se supiera que su figura era inviolable, pidió licencia para acercarse.

Leónidas se la concedió con un gesto. El heraldo no las tenía todas consigo (llevaba bien presente lo que esos salvajes laconios hicieron con otros emisarios diez años atrás, cuando se presentaron en Esparta a solicitar la sumisión de ésta al Gran Rey: los arrojaron a un pozo). Se acercó con paso trémulo, escoltado por cuatro colosos.

– Mi soberano, el Gran Rey Jerjes II, se…

– ¡Déjate de palabrerías! ¡Di qué te trae por aquí o daré órdenes de que te atraviesen la garganta con un venablo!

– Mi amo promete que os respetará la vida si entregáis vuestras armas y dejáis franco el paso. ¡Entregad las armas y…!

– Mólon. Láve.- “Ven. Cógelas” Fueron las únicas palabras del diarca.

El noble persa quedó estupefacto ante la respuesta. Miró cómo aquellos guerreros se peinaban entre ellos y pulían sus armas con parsimonia. Querían que la Parca los encontrara bellos en su muerte.

Monumento a Leónidas en las Termópilas

Monumento a Leónidas en las Termópilas

Desde luego, valor no les faltaba a esos insensatos. Volvió sobre sus pasos a fin de informar a su soberano. La cólera de éste sería funesta, devastadora. Se volcaría contra aquellos engreídos espartanos, sus aliados y todos cuantos helenos estuvieran lo suficientemente locos como para oponerse al mayor ejército nunca visto.

El heraldo no erraba: en los dos siguientes días se sucedieron los ataques contra la muralla protegida por los espartanos. Cada cual más mortífero. Todos se habían estrellado ante la titánica resistencia lacedemonia. Un millar largo de iranios se habían dejado la vida en ellos. Otros tantos habían quedado mutilados o heridos. En cambio, los espartanos sumaban como mucho 90 bajas. Aún quedaban más de 200 de aquellos leones dispuestos a vender cara su vida. Detrás los aguardaban miles de aliados.

La cólera de Jerjes aumentaba, incontrolable. Varios de sus generales habían sido decapitados por ser incapaces de tomar el muro. Incluso se atrevió a ordenar un ataque con dos de sus carros de guerra armados de guadañas. Un pelotón espartano acabó con facilidad pasmosa con ellos.

Furibundo, el monarca persa ordenó un ataque masivo de sus Inmortales, cubiertos por más de 5000 arqueros. Ninguno de sus nobles se atrevió, ni siquiera, a sugerir que aquello era una temeridad: por mucho que sus tropas de élite superaran abrumadoramente a los espartanos, al llegar al estrecho sólo podrían avanzar en filas de a 10. Y allí los esperaba la, hasta ahora, invencible falange lacedemonia: un muro de doce escudos, con un temible aguijón de más de dos metros, y de ocho filas de fondo. Cuando una fila estaba exhausta o era diezmada, se abría y al instante era reemplazada por otra. Los de la segunda y tercera fila protegían a sus compañeros con los escudos de las flechas lanzadas por los enemigos, mientras que en la retaguardia, sobre la muralla un escuadrón de ilotas y periecos lanzaba una lluvia de flechas o jabalinas sobre los atacantes.

Al ver los preparativos de los arqueros medos, Menón, el hijo menor de Lisandro, que combatía en segunda línea y era el encargado de proteger de los dardos con su escudo al rey, se dirigió a Leónidas:

– Mi señor, son tantos los arqueros que están tensando sus arcos que, en cuanto lancen sus flechas, éstas oscurecerán el sol.

– Mejor:- respondió, lacónico – combatiremos a la sombra.

Una gran risotada secundó sus palabras. Lisandro, que velaba por el costado derecho de su rey, el más expuesto por ser el que quedaba desprotegido al llevar con la diestra la lanza, se volvió hacia su hijo y le propinó una afectuosa palmada, que hubiera hecho trastabillar a un oso. Pero Menón era un lacedemonio de pura cepa. El joven sonrió avergonzado por haber dejado entrever su miedo: se ajustó las grebas dispuesto a borrar su vergüenza. Él era un Igual: uno de los 300 hombres de Leónidas. Haría que tanto éste como su padre estuvieran orgullosos de su valor.

Las trompas persas dieron la señal de ataque. Los hoplitas se calaron los yelmos, formaron una barrera con sus escudos ornados con la Lambda de su patria, Lacedemonia, y se aprestaron a vender caro cada palmo de terreno de su sagrada tierra helena, profanada por aquellos bárbaros.

Más de 500 Inmortales fueron enviados al Hades, o donde quiera que fueran los persas, por la falange. Quince Iguales los acompañaron en su postrer viaje para seguir hostigándolos en ultratumba.

Un heraldo solicitó una tregua a fin de poder retirar los cadáveres e incinerarlos. Leónidas asintió. Sus leones necesitaban un descanso. Sus muertos se merecían unos juegos fúnebres para honrarlos por haber dado la vida por su polis: la mejor muerte con la que todo espartiata soñaba.

Así acababa el segundo día de combate en las Termópilas.

Un centinela lo despertó en lo mejor de su sueño.

– Mi señor, un mensajero de los que custodian la senda Anopea solicita ser recibido. Insiste en que es un asunto de vida o muerte.

El rey se puso su manto y salió al exterior. Un oficial focidio, acompañado por un pastor, aguardaba nervioso.

– Disculpa que te moleste, diarca de los espartanos: hemos sido traicionados. Este hombre nos ha avisado y te lo explicará.

El pastor, un joven casi desdentado, relató, escupiendo sus palabras, que un mal nacido vecino suyo, un tal Efialtes, también pastor, se había presentado ante Jerjes y se había ofrecido a guiar a sus hombres por la senda Anopea, cuya existencia desconocían hasta ahora los enemigos, y pillar las espaldas a las tropas helenas. Su intención era atrapar a los helenos en una implacable tenaza.

El oficial focidio desveló, abochornado, que sus 1000 compatriotas habían abandonado sus posiciones, al escuchar aproximarse a los más de 10.000 Inmortales. Él y unos cuantos de sus hombres habían decidido bajar a prevenir al polemarca y a combatir junto a él hasta la muerte.

Leónidas agradeció el gesto del oficial y mandó avisar a los estrategos de los aliados. Les informó de que la situación estaba perdida. Les ordenó replegarse con sus tropas antes de que los Inmortales bloquearan la salida del desfiladero. Les instó a presentarse ante las tropas de la Liga Corintia y reforzar el istmo. Habían de dar por perdida la Grecia continental.

El estratego de los tespios lo interpeló acerca de qué pensaba hacer él.

– Lo que me han ordenado: resistir en Las Termópilas.

Intentaron disuadirlo de que era una futilidad perder la vida obstinándose en defender una posición ya amortizada, que sería más de utilidad a la Hélade libre, a Esparta si se reunía con el resto de lacedemonios y…

– Un espartano nunca retrocede ante un enemigo: sería una deshonra para él, su familia y su ciudad. Ahora, obedeced mis órdenes y poned a salvo a vuestros hombres. La Hélade os necesita.

Los estrategos obedecieron a regañadientes. Menos algunos: el de los tespios pidió licencia para combatir a su lado hasta el final. Sabía que su polis sería la próxima en ser devastada por las hordas bárbaras. Ni él ni sus hombres querían asistir a tal desolación. Preferían viajar al Hades antes que sus desvalidos familiares. Llevándose por delante a un buen puñado de persas. Lo mismo hicieron un grupo de rebeldes tebanos, deseosos de lavar la infamia cometida por los oligarcas de su polis, que la habían vendido al Gran Rey. Y otros bravos, hasta sumar unos mil.

Si no hubiera sido un desdoro el rey, habría llorado de emoción. Se limitó a ordenar a los aliados que formaran para intentar contener el inminente ataque de los Inmortales por la retaguardia. Llamó también a Cleón, el comandante de los ilotas que combatían como auxiliares y servían a sus señores espartiatas. Le hizo saber que los hacía libres. Podían retirarse con el resto de las tropas aliadas.

– Mi rey, ¿tan mal os he servido en estos treinta años? ¿Por qué me ofendéis así, llenándome de ignonimia al pretender convertirme en un trésante, un despreciable “tembloroso” que abandona el combate?

– Pero, Cleón, ya no eres un ilota, un siervo de la tierra. Eres libre como tus hombres. Ya nada os encadena a Esparta…

– Permitidnos, pues, morir como espartanos libres: dejad que vistamos las armaduras de vuestros hoplitas muertos y combatamos codo con codo con el Hijo del León…

– Sea: combatiréis a mi izquierda, como uno más de mis Iguales.

Sólo una docena escasa de ilotas y periecos o extranjeros de Esparta abandonaron la posición. Sus compañeros no se dignaron ni a mirarlos.

Aún no había rayado el sol del todo, cuando Leónidas, tras ver cómo sus hombres se habían peinado y acicalado, dio la señal de que sonaran las flautas de guerra. Bajaron de la muralla, formaron la falange de ocho filas de fondo, contando con los supervivientes de sus 300 y los nuevos ilotas que habían tomado las armas de los caídos. Comenzaron a avanzar pausada pero imparablemente, al agudo compás marcado por las flautas.

Los iranios quedaron perplejos al ver cómo esos locos abandonaban la salvaguarda del muro y se dirigían a ellos: apenas medio millar contra más de 250.000.

La vanguardia meda no pudo resistir la acometida espartana y se desmoronó ante su letal empuje. El diarca, entonces, dio una señal. Todos sus hombres rompieron al unísono las lanzas: llegado era el tiempo de las espadas. Del cuerpo a cuerpo.

Justo en ese momento aparecieron los 10.000 Inmortales, comandados por el general Hidarnes. Chocaron, como el mar que se estrella contra los acantilados, con las tropas tebanas y focidias, que cubrían la retaguardia. La lucha, aun desigual, pues los persas superaban en una proporción de 10 a 1 a los griegos y aquéllos eran profesionales, mientras los helenos, no, fue sangrienta: los hijos de la Hélade vendieron bien cara cada vida que se cobraba la furia asiática.

Estatua de Leónidas de Esparta

Estatua de Leónidas de Esparta

En la vanguardia, los iranios se concentraron en abatir a Leónidas. Sus leones se batieron como furias, protegiendo con su propio cuerpo a su señor. Menón, el hijo de Lisandro, paró con su garganta un venablo que iba dirigido al pecho de su señor. Precedió en la bajada al Hades a su progenitor. Éste no se dejó llevar ni por la furia ni por el dolor. Apretó los dientes, regurgitó su dolor y se concentró en proteger a su rey con el escudo, indiferente a las dos flechas que llevaba clavadas en el pecho y la herida en la corva que le había inflingido un egipcio, al que había rematado con la contera de su lanza, antes de romperla.

Era como un río luchando contra la furia desatada de un océano. Leónidas acabó atravesado por varias jabalinas y rematado por una estocada de un sable de caballería. Lisandro y el otrora ilota Cleón comandaron el escuadrón que se abalanzó sobre sus asesinos y protegieron con sus cuerpos el cadáver, para que no fuera despojado ni mancillado.

Los generales iranios, furiosos por la tenaz resistencia, ordenaron replegarse a su infantería, que los arqueros rodearan al medio centenar de espartanos supervivientes y que los asaetaran sin piedad. Una tormenta de flechas y proyectiles de hondas esparció la muerte entre los vástagos de Esparta.

Sólo cuando se percataron de que no quedaba en pie ninguno, los Inmortales, que habían acabado con los tespios y tebanos, se arrojaron como perros sobre los espartanos, degollando a los heridos y despojando de sus armas a los muertos.

El cadáver de Leónidas fue ultrajado: tras orinar en él, le arrancaron los ojos, se los dieron a comer a los perros de Jerjes, y lo descuartizaron, exponiendo sus restos en una cruz. Para escarnio de los que osaran plantar cara a la cólera del Gran Rey.

En las Termópilas murieron casi mil helenos. Nació una leyenda.

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