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Filípides de Maratón (VI)

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Llanura de Maratón en la actualidad

Llanura de Maratón en la actualidad

Filípides, en el sector central de la falange, al mando directo de Arístides, clamó con todas sus fuerzas invocando a su diosa patrona, a la vez que los 11.000 griegos allí presentes. A su izquierda estaba su primo Lisandro, al que debía proteger con su escudo. A su vez, a él lo guarnecía un eleusino, Esquilo, un poeta de cierto renombre ya, sobre todo escribiendo tragedias, que había dedicado un par de epinicios a las victorias del corredor en la arena de los estadios.

Un suave toque de flautas dio comienzo al peán, que las 11000 gargantas helenas corearon al unísono. Sin parar de cantar se dio la señal y se lanzaron a una carrera suicida para salvar los poco más de 100 metros que los separaban de las tropas medas. Los medos, sorprendidos por esta carrera, insólita hasta la época, intentaron neutralizar la avalancha que se les venía encima con una tormenta de flechas. Pero los atenienses, sin perder en ningún momento la formación cerrada, neutralizaron ésta con sus escudos o con su recia armadura. Cruzaron en línea cerrada el riachuelo y se abalanzaron sobre la vanguardia enemiga. El choque fue brutal.

Artafernes, un sobrino del rey Darío, que estaba al mando de las tropas de tierra, dio órdenes para que entraran en acción los catafractos y desmenuzaran a los áticos por los flancos. Mas las ramas y árboles cortadas y desperdigadas por la salida de la bahía impidieron esta maniobra. Neutralizaron al arma más mortífera de los asiáticos. El nerviosismo comenzó a cundir entre su estado mayor.

Fue pasajero. Pronto advirtieron que la zona central de la falange comenzaba a retroceder, aún ordenadamente, ante el inmisericorde ataque de Los Inmortales, las tropas de élite.

Filípides se batía como alma perseguida por Cerbero. Había abatido ya a dos enemigos y herido a otros tantos. Su primo lo superaba en enemigos aniquilados, pero él lo había salvado dos veces de ser traspasado por un persa con su escudo. Esquilo también combatía como un león de montaña y no había descuidado en ningún momento la defensa del atleta.

Se miraron, sorprendidos, al escuchar las órdenes de Arístides para que retrocedieran sin romper la columna. No lo comprendían: aquellos Inmortales eran formidables, sí, pero acarnienses y eleusinos les habían tomado las medidas y defendían sus posiciones a pie firme. No obstante, estaban instruidos para obedecer. Lo hicieron.

Los persas, al ver que la falange abría un hueco y que el centro comenzaba a recular, cobraron inusitados ánimos. Rompieron la formación que habían mantenido hasta entonces y se abalanzaron todos hacia la brecha que habían dejado abierta los griegos.

Filípides recibió una herida en el costado izquierdo de un persa, al que había cometido el error de no rematar en el suelo. Esquilo degolló al medo e instó a su amigo a que fuera a retaguardia a ser atendido por los cirujanos. El hijo de Fidipo no era hombre de retaguardia. Apretó los dientes y se concentró en no romper la formación, abatir a su contrincante y proteger a su primo. Ni el dolor punzante ni la sangre que sentía correr hacia su pierna lo iban a apartar de su deber.

Los medos entraron como posesos en el hueco central, empujando al sector heleno que había retrocedido. Los hombres de Arístides no podían aguantar por mucho más tiempo. Justo cuando todo parecía perdido, Milcíades dio la señal y los flancos de la falange, que se habían mantenido en sus posiciones hicieron la maniobra de la tenaza y se abalanzaron sobre los desorganizados persas, atrapándolos en un embudo mortal.

A partir de ahí ya no fue una batalla: se convirtió en una escabechina, en una caza inmisericorde del asiático. Los medos, al darse cuenta de que estaban atrapados, iniciaron una huida más o menos organizada hacia sus naves.

Justo en ese momento cuentan que, en la zona central de la falange, a escasos pasos de donde pugnaban Esquilo y Filípides, se vio a una extraña criatura con patas de macho cabrío y torso humano. Llevaba sujeta a una espantosa criatura de una cadena. La dejó libre y se abalanzó sobre las tropas bárbaras: fue entonces cuando éstas cayeron presas del Pánico. Pan había cumplido su promesa.

Lo que antes era una huida más o menos organizada, se convirtió en un caos mortífero para los extranjeros. Miles murieron heridos por la espalda; otros tantos, ahogados en una ciénaga; los hombres de Milcíades dieron muerte al traidor Hipias y pasearon su cabeza ensartada en una lanza a modo de trofeo.

Artafernes y su almirante Datis dieron órdenes desesperadas de volver a embarcar en las barcazas, que los llevarían hacia la protección de los navíos. Los hoplitas no les dieron tregua.

Filípides llegó hasta la misma orilla del mar aniquilando contrincantes, sin perder la formación junto a eleusinos y acarnienses. Asistieron a la hazaña de un tal Cinegiro, que se salió de la formación y agarró con su mano derecha una barcaza enemiga que se estaba alejando de la orilla. El brazo le fue seccionado de un hachazo por un egipcio barbudo. Sin amilanarse, el hoplita agarró la barcaza con su brazo izquierdo. También le fue seccionado. Aun escapándosele la vida por los dos muñones, mordió un cabo de la lancha apretándolo con todas sus fuerzas e impidiendo que ésta se alejara. Les dio tiempo a sus compañeros para llegar hasta la barcaza y aniquilar a todos los pasajeros. Cinegiro murió desangrado sin soltar la maroma, con un rictus de felicidad.

Los persas habían conseguido, a pesar de todo, embarcar a la caballería y a gran parte de la infantería. Datis dio órdenes a los navíos, que ya estaban cargados y con los aparejos dispuestos, de que se dirigieran a Atenas. Debían desembarcar en una playa cercana, bordeando el cabo Sunion, y tomar la polis que sabían desguarnecida.

Milcíades y Temístocles se apercibieron del peligro que eso implicaba. Dieron órdenes de parar la masacre y reorganizar el ejército para marchar a marchas forzadas hacia la polis madre. Dudaban de que todo el ejército pudiera llegar antes de que los habitantes de Atenas vieran los navíos persas, pensaran que sus tropas habían sido devastadas y decidieran entregar la polis sin resistencia. Sólo había una posibilidad.

Ordenaron llamar a Filípides. Lo encontraron exhausto por el gran esfuerzo cometido. Había perdido mucha sangre. Un cirujano estaba cosiéndole la herida en el costado. Mientras Esquilo y Lisandro le daban a beber negro vino, para soportar el dolor.

Milcíades le dijo que se hacía cargo de su agotamiento, de su dolor, pero no tenían otra salida: debía volver corriendo con toda su alma a Atenas, advertir a los arcontes de la victoria, comunicarles que el ejército se apresuraba hacia allí e instarles a no abrir las puertas a los persas.

El hijo de Fidipo se despojó de las grebas y del pectoral, le confió las armas a su primo, abrazó a éste y a Esquilo y, sin dejar de terminar la cura al cirujano, comenzó a correr.

Otra vez la inmensidad del mundo frente a él.

Cuando faltaban menos de dos estadios para llegar, un insoportable dolor en el brazo izquierdo y una opresión a la altura del lado siniestro del pecho lo hicieron detenerse en seco. La herida no había parado de sangrar. Tenía deseos, inmensos, de dejarse caer y recuperar el aliento… Siguió corriendo.

La fatiga. El dolor iban en aumento. Apenas podía respirar. Sufrimiento. Asfixia. Atravesó las puertas de la polis y corrió hacia el ágora. Divisó a su padre. Apenas pudo levantar la mano para enviarle un beso. El postrero.

Llegó a trompicones hacia la sede de los arcontes. Un nuevo rayo de dolor, ahora en el corazón, lo fulminó. Aun así, se arrastró hasta los arcontes, que, conmovidos, se habían puesto en pie para acercarse al joven.

– NE…NIKÉ…KA…MEN! – “Hemos vencido” susurró, mientras intentaba señalar hacia detrás, advirtiendo que el socorro estaba en camino.

No hubo más palabras. Su corazón le había estallado. Su padre lo acunó susurrándole una nana.

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