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Filípides de Maratón (V)

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Trirreme

Trirreme griego

No aguantaba más tras casi cinco días sin parar de correr. Más de 2823 estadios (520 Kms.) trotando. Sin apenas pausa. Por veredas o sendas. Atravesando bosques, ríos y montañas. De Atenas a Esparta. De Esparta a Atenas. De ésta a Maratón. Sobreponiéndose a calambres, a la sed, al hambre, a la fatiga.

Pero, al fin, allí estaba. Ante él, el azul infinito de aquel mar color de cielo, al que, como todo griego, había aprendido a amar. Mas ahora, su mar, sus playas estaban profanadas: 600 navíos de los odiados medos colmataban casi los cuatro kilómetros de la bahía. A su izquierda, a lo lejos, los persas habían comenzado tendiendo una cabeza de puente. Lo que les había permitido construir un campamento fortificado, para facilitar el desembarco del enorme contingente de hombres y animales que venían en los 200 trirremes de guerra y 400 de transporte. Más de 200.000 bárbaros, frente a 10.000 entre atenienses y aliados de Platea.

Acongojado, se detuvo. Observó el enorme despliegue enemigo. Aún no habían terminado de desembarcar a todos sus efectivos. Grandes barcazas se acercaban a las panzudas naves onerarias y regresaban preñadas de hombres, pertrechos o animales. Parecían una colonia de hormigas prestas a abalanzarse sobre el cadáver de una minúscula abeja: los atenienses. Pero la abeja aún tenía su aguijón. Y Filípides tenía claro que sus conciudadanos estaban prestos a morir matando, vendiendo cara su vida y su libertad. Y la de los que habían quedado guarnecidos tras las murallas.

Hizo un nuevo esfuerzo y corrió a informar a los strategoi de su fallida misión. Una patrulla lo detuvo al verlo vestido con ropajes espartanos. Al reconocerlo, lo recibieron con alborozo, aunque pronto quedaron consternados, constatando que venía sin la ansiada ayuda de los hoplitas lacedemonios.

Lo condujeron a primera línea, donde los estrategos estaban preparando el plan de batalla. Que tendría lugar en un día o dos, parecía ser, antes de que los medos pudieran desembarcar todas sus tropas y desplegar su temible caballería de catafractos, aquellos jinetes cubiertos, junto con sus monturas, de armadura y que nunca habían sido frenados por infantería alguna.

Encontraron a la mayor parte del ejército heleno cortando y acarreando ramas de árbol o árboles enteros, para disponerlos en un espacio indicado por el polemarca Calímaco. El corredor no comprendía bien qué estaban haciendo sus compatriotas. Tampoco le importaba: la estrategia era cosa de los estrategos. Para eso los habían elegido en la Asamblea de la Pnix.

Halló a Milcíades, el estratego en jefe, y a Arístides absortos en un plano, rodeados de varios oficiales. A un centenar de pasos, en la orilla derecha del arroyo divisó a Temístocles al mando de las líneas, que vigilaban los movimientos persas.

Se presentó ante ellos y preguntó si querían ser informados en un aparte. Milcíades les dijo que todos los allí presentes eran hombres de su entera confianza y lo instó a emitir sus noticias.

Una ominosa roca pareció caer sobre el estado mayor al saber que los espartiatas no llegarían a tiempo. Milcíades no les dio tiempo a que se hundieran en el desánimo y se ratificó en su estrategia. No había más remedio que adelantar los planes: el ataque habría de hacerse al amanecer del día siguiente. Mandó a llamar a Temístocles y a Calímaco.

Arístides le indicó a Filípides que se dirigiera al campamento, se aseara y repusiera sus fuerzas. Debía estar fresco para la mañana siguiente.

- Te has comportado como un digno hijo de Atenas.

- Sólo he cumplido con mi deber. No sabes lo que siento haberos fallado.

- No ha sido culpa tuya, amigo. Los dioses así lo han querido. No tenemos tiempo para esperar la llegada laconia. Por cierto, sería para mí un honor el que combatieras a mi lado mañana.

- Me debo a mi demos de Acarnas. Con ellos está mi sitio.

- No hay problema: asignaré a los acarnienses a mi batallón. Tendréis el privilegio de combatir en primera línea, en el frente central, junto a los eleusinos. Ahora, retírate a descansar. Que los dioses velen tu sueño. Al menos, los que aún no nos han abandonado.

- La garza Atenea jamás abandonaría a sus pupilos más amados y, además, contamos con la promesa de Pan- y le contó el episodio de su encuentro, real o soñado, con el Dios.

Faltaban poco más de dos horas para la salida del sol. El ejército heleno ya estaba en perfecta formación de batalla. Una larga falange de hoplitas, con lanzas de dos metros, grandes escudos de madera forrados de bronce (el famoso hoplon, que daba nombre al guerrero que lo portaba), yelmos pulidos con esmero a fin de deslumbrar a su oponente e impresionarlo con sus crines, protegidos con grebas y una armadura de unos veinte kilos.

Los flancos estaban guarnecidos por una infantería ligera, compuesta por esclavos liberados para la ocasión. Adelantado a la falange, un destacamento de honderos y lanzadores de jabalina, también antiguos esclavos, sería el que iniciara el combate al recibir la señal. La retaguardia estaba encomendada a un pequeño contingente de caballería, que no perdía de vista al sector del campamento persa, en el que se acuartelaban los invencibles catafractos.

Arístides, al que ya conocían como el Justo por su contrastada honestidad y probidad, había sido el strategos encargado de dar la arenga, con la que intentar elevar la alicaída moral de los atenienses y platenses ante un enemigo que los superaba en una proporción de 20 a 1. Había comenzado diciendo que tenían una oportunidad que no podían desaprovechar: los odiados medos no habían podido terminar de desembarcar y organizar a todos sus efectivos. Les aseguraba que Milcíades, dando muestras de su gran conocimiento militar, había ideado una estrategia infalible para neutralizar a los temibles catafractos y sus caballos blindados. Que los dioses estaban con ellos y que el mismo Pan les había prometido que acudiría a auxiliarlos.

- Frente a vosotros, la tiranía y la esclavitud, encarnada en el traidor a su propia sangre, el abominable Hipias, y los persas. A vuestras espaldas, la libertad, el poder del pueblo, la democracia, la libertad, para vosotros y vuestras familias. ¡Por Atenas! ¡Por Palas Atenea!

4 comentarios

  1. […] No aguantaba más tras casi cinco días sin parar de correr. Más de 2823 estadios (520 Kms.) trotando. Sin apenas pausa. Por veredas o sendas. Atravesando bosques, ríos y montañas. De Atenas a Esparta. De Esparta a Atenas. De ésta a Maratón. Sobreponiéndose a calambres, a la sed, al hambre, a la fatiga.Pero, al fin, allí estaba. Ante él, el azul infinito de aquel mar color de cielo, al que, como todo griego, había aprendido a amar. Mas ahora, su mar, sus playas estaban profanadas: 600 navíos de los odiados medos colmataban casi los cuatro kilómetros de la bahía. A su izquierda, a lo lejos, los persas habían comenzado tendiendo una cabeza de puente. Lo que les había permitido construir un campamento fortificado, para facilitar el desembarco del enorme contingente de hombres y animales que venían en los 200 trirremes de guerra y 400 de transporte. Más de 200.000 bárbaros, frente a 10.000 entre atenienses y aliados de Platea.  […]

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