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Fílipides de Maratón (IV)

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Acrópolis AtenasCuatro días y medio sin parar apenas de correr. Cuatro días y medio dejándose el alma en cada repecho, en cada barranco. Para volver con las manos vacías. Ante sí, al fin la Acrópolis, la montaña sagrada donde Atenea se impusiera a Poseidón en el certamen para ver quién era elegido como el patrón de Atenas.

El ejército ya no estaba. Todos los demos que se había encontrado a su paso (supuso que el suyo también), estaban desiertos. La población entera de ellos había acudido a la polis madre a buscar refugio bajo sus murallas.

Éstas estaban guardadas por ancianos o adolescentes. Todos los hombres en edad de combatir habían partido con el ejército.

Preguntó dónde estaban los arcontes y se dirigió al Ágora en su busca. Ante ellos presentó un sucinto informe de su fallida misión. No omitió el pasaje de su encuentro con el semidiós Pan y la petición de éste para que se le elevara una capilla al pie de la Acrópolis, a cambio de su ayuda en la próxima batalla.

Los arcontes le informaron de que el ejército estaba acampado en las playas de Maratón, donde el traidor Hipias había conducido a unos 600 navíos persas entre trirremes de guerra y navíos de carga. Más de 200.000 bárbaros contra 10.000 atenienses y unos mil aliados de Platea. Le ordenaron que acudiera de inmediato a informar a los estrategos y a ponerse a sus órdenes. Con la no venida de los espartanos, los dioses parecían haber abandonado a su suerte a la polis dilecta de Palas Atenea. Ellos ya sólo podrían rezar y ofrecer sacrificios a todas las divinidades.

Fidípides saludó y se dirigió hacia la puerta que conducía a las playas de Maratón, a 67 estadios de allí (unos 40 Kms.). Comenzó a correr. A sus espaldas oyó un grito que lo llamaba: era su anciano padre. Éste lo abrazó con lágrimas en los ojos. Le informó que su madre estaba bien, refugiada con todas las ancianas y niños en lo más inaccesible de la acrópolis. Que él mismo se encargaba de defender las murallas de ésta. Lo había visto de lejos llegar corriendo y había solicitado permiso para bajar a saludarlo.

El joven cubrió de besos las manos de su padre y le informó de su misión y de las órdenes que había recibido. El anciano no quiso retenerle más.

Eres un buen hijo, el mejor hijo que los dioses hubieran podido concederme. Sólo te pido que no sucumbas a tu ardor juvenil y no te expongas en vano en el combate. Que regreses vivo: aún nos aguardan muchas veladas al pie de nuestra parra, saboreando las aceitunas que tu madre adoba mejor que nadie y bebiendo el vino que tú yo hemos cosechado con tanto amor. Prométeme, hijo mío, que volverás con vida.

Fidípides sólo pudo asentir con lágrimas en el espíritu, mientras su padre se despedía de él besándole con devoción los ojos. Y, de nuevo, el camino, la carrera ante él.

4 comentarios

  1. […] Cuatro días y medio sin parar apenas de correr. Cuatro días y medio dejándose el alma en cada repecho, en cada barranco. Para volver con las manos vacías. Ante sí, al fin la Acrópolis, la montaña sagrada donde Atenea se impusiera a Poseidón en el certamen para ver quién era elegido como el patrón de Atenas…  […]

  2. […] Cuatro días y medio sin parar apenas de correr. Cuatro días y medio dejándose el alma en cada repecho, en cada barranco. Para volver con las manos vacías. Ante sí, al fin la Acrópolis, la montaña sagrada donde Atenea se impusiera a Poseidón en el certamen para ver quién era elegido como el patrón de Atenas…  […]

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